Ponencia de Monseñor Víctor Manuel Fernández en el marco del
Congreso del ICCJ- CAJC, agosto de 2014
Diferencias
que se convierten en punto de encuentro
Monseñor. Dr. Víctor Manuel Fernández
Arzobispo Rector de la Pontificia
Universidad Católica Argentina
Desde el punto de vista de la teología y la
exégesis bíblica, los últimos treinta años testimonian avances muy importantes
en la autocomprensión del cristianismo en relación con el judaísmo. Lo más destacable
es que la reflexión permitió superar diferencias que antes parecían
incompatibles. Es más, algunas cosas que eran percibidas como factor de
división se han transformado en una conciencia mayor del sustrato común.
1.
El caso paulino
En primer lugar me detendré en el caso de Pablo, porque en
la exégesis del siglo pasado, aun la posterior al Concilio Vaticano II, Pablo
era considerado el paladín de la novedad cristiana en ruptura con el judaísmo.
Así lo perciben también muchos judíos, que presentan a Pablo como aquel que ha
pretendido abolir los preceptos con su doctrina de la justificación por la fe y
no por las obras de la
Ley. Pero en las
últimas décadas hemos podido desarrollar otra línea de lectura más fiel al
fondo de la enseñanza paulina. Porque, si bien la expresión “por la fe y no por
las obras de la
Ley” parece hablar de una “sustitución”, sin embargo la
doctrina se sitúa claramente en la línea de las tradiciones judías que condenan
firmemente toda idolatría. Si se afirmara que la propia justificación se
alcanza por un cumplimiento de la Ley con las
propias fuerzas sin el auxilio divino, se estaría cayendo en la peor de las idolatrías, que consiste en adorarse a sí mismo,
a las propias fuerzas y a las propias obras, en lugar de adorar al único Dios.
Por eso, los textos paulinos tardíos ya no utilizaban aquella expresión
referida a la Ley,
sino que se concentran en el corazón de la enseñanza paulina:
“Ustedes han sido
salvados por su gracia mediante la fe. Y esto no proviene de ustedes, sino que
es don de Dios, y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe”
(Ef 2, 8-9).
Se trata de una renuncia
a convertirse a sí mismo en objeto de idolatría, de renunciar a adorarse a sí
mismo creyendo que uno se salva solo, sin necesitar al Señor. De este modo, lo
que hace Pablo es ahondar una antigua convicción antiidolátrica que provenía de
lo más precioso de su fe judía, a la que nunca renunció.