Interpretación Textual e Identidad Religiosa
El ejercicio interpretativo del texto sagrado en el
judaísmo, es el mecanismo por el cual la santidad de la palabra revelada puede
transferirse a textos generados ulteriormente por autoridades religiosas a partir
los cuales, la comunidad de Israel puede ordenar sus vidas.
La implementación para este propósito de
principios hermenéuticos fijos, establecidos por nuestros sabios desde los
orígenes del rabinismo es, en definitiva, la que otorga legitimidad confesional
a estas obras. La puesta en práctica de manera dinámica y cotidiana de este
ejercicio es imprescindible, sobre todo, para quienes adhieren, desde lo
espiritual, a una tradición normativa. Para ellos, la pauta central que guía
sus experiencias vitales, tanto desde lo mundano como desde lo cultico, es la
observancia religiosa, la cual a su vez, se fundamenta en la autoridad del
precepto.
La relevancia de este proceso es además pivotal
para mantener la vigencia de las leyes a través del tiempo. Sólo aquella
tradición religiosa que pueda proveer de respuestas pertinentes a quienes
buscan esclarecimiento e inspiración a sus interrogantes existenciales más
profundos, logrará mantenerse vital y permanente en el corazón de
sus adherentes. Siendo que, por un lado, los cambios generacionales
presentan sus propios desafíos inherentes a la trashumancia de los tiempos y
que, por el otro, el concepto “tradición” mesorá es, desde lo
etimológico, “transmisión” de normas y valores ancestrales, la obligada síntesis
entre ambos sólo se puede sostener a partir del acto interpretativo. Éste
operará a partir del mensaje de antaño recibido y de su adecuación a las
demandas vitales de aquella generación a la cual se busque servir. Este
delicado proceso se debe realizar sin violentar demasiado las consignas
rectoras que fueran transmitidas del pasado, a la vez que se intente evitar el
desatino del anquilosamiento de las eventuales leyes que este ejercicio
teológico e intelectual produzca.
Esta gimnasia interpretativa milenaria, generadora
de riqueza cultural, sabiduría, espiritualidad y práctica religiosa, cuya
trascendencia cubre decenas de siglos hasta nuestros días, fue llevada a cabo
por hombres, cargados de fe o inspiración divina tal vez, pero por hombres. En
este sentido, sus pensamientos, sesgos ideológicos, prejuicios y creencias,
muchas veces hoy ya superadas pero las cuales pudieron haber estado en boga en
sus generaciones, hicieron su camino hacia el trabajo final que llevaran a
cabo, con tanta devoción y con la tenaz intención de hacérnoslo llegar a
nosotros. De aquí, que el bagaje espiritual-literario que nos han legado
es, no solamente rico y diverso, sino también, debemos conceder, muchas veces
contradictorio. Si bien los principios hermenéuticos que guiaban sus
deducciones, conclusiones y razonamientos fueron preestablecidos y respetados,
esta realidad no impedía que a veces filosos contrastes entre las opiniones de
los maestros se encontraran entre sus escritos. Según la tradición
rabínica, todas las interpretaciones válidas de la Torá escrita se revelaron a
Moisés en el Sinaí en forma oral las cuales luego fueron transmitidas de
maestro a alumno. La revelación oral es, en efecto, extensiva al propio Talmud.
Cuando los diferentes rabinos producían interpretaciones contradictorias entre
sí, a veces apelaban a los principios de hermenéutica para legitimar sus
argumentos. Hay quienes afirman que estos principios fueron revelados por
Dios a Moisés en el Sinaí. Así, Hilel llamó la atención sobre siete de ellos,
los cuales consideró de uso común en la interpretación de las leyes (braita a
principios de Sifra). Esta obra es, en gran medida una ampliación de la
de Hilel. Eliezer b. José ha-Gelili produjo una lista de 32 reglas, muy
utilizada para la exégesis de los elementos narrativos de la Torá. Todas las
reglas de la hermenéutica dispersos a través de los Talmudim y Midrashim
han sido recopilados en Ayyelet-haShachar, la introducción al
comentario sobre sifrá escrito por Meir Leibush ben Yehiel Michel Weiser
(haMalbim, 1809-1879). Sin embargo, los 13 principios de Rabi Ishmael son,
quizás, los más conocidos. Ellos constituyen una obra importante y una de las
contribuciones más tempranas del judaísmo a la lógica, la hermenéutica y la a
jurisprudencia universales. Hoy los 13 principios de Rabi Ishamel son
parte de la liturgia del sidur, libro de oraciones judío, para ser leído
diariamente por los hijos de Israel en una suerte de reafirmación constante
respecto de la legitimidad que sostienen a las enseñanzas y deducciones
de nuestros maestros.
Por este motivo, es menester que los líderes
religiosos en nuestro tiempo hagan sus propias elecciones respecto de qué
narrativas ancestrales los representarán en sus discursos. Con que
cosmovisiones se identificarán entre las ofrecidas por sus fuentes
escritas y cuáles serán las lecturas que efectuarán de los textos sagrados que
se presenten frente a sus ojos.
En rigor de verdad, la pauta central que siempre
aglutinó a quienes se sentían comprometidos con el principio de la autoridad de
la ley fue y es, fundamentalmente - aunque no exclusivamente - el acto
revelatorio. La necesidad de sostener esta visión se observa, a lo
largo del tiempo en todos los estadios fundantes de la tradición judía. Así lo
observamos en Tratado de lo Principios 1:1:
"Moshé recibió la Torá de Sinai y la
transmitió a Iehoshúa, Iehoshua a los Ancianos; los Ancianos a los Profetas; y
los Profetas la transmitieron a los Hombres de la Magna Asamblea"
Aquí el concepto de transmisión de lo recibido en
Sinai hasta las generaciones postreras se mantuvo inalterable. Inclusive en el
propio Talmud este principio fundante se manifiesta de manera clara. Es más, el
cuestionamiento del mismo, es causal de castigo, incluyendo el ostracismo para
quienes incurriere en ello:
Nuestros rabinos enseñaron: "Porque ha
despreciado la palabra del Señor y ha roto su mandamiento, esa alma será
totalmente talada" (Num 15:31), esto se refiere a quien
sostiene que la Torá no deviene del cielo. Otra versión: “Porque ha despreciado
la palabra del Señor…”, se refiere a un epikoros. Otra versión: “Porque
ha despreciado la palabra del Señor…”, se refiere a uno que da una
interpretación de la Torah [no según la Halajá- La Ley judía]. “…Y ha roto
su mandamiento”: esto significa que quien suprime el Pacto de carne (berit
milá), su alma será totalmente talada [hikkareth tikkareth]: 'hikkareth' [a
cortar] implica en este mundo; 'tikkareth' [se deberá cortar], en el mundo
venidero. Por lo tanto, Rabí Eliézer de Modi'im ha enseñado que, el que
contamina el alimento sagrado, desprecia a los festivales, suprime el Pacto de
nuestro padre Abraham, da una interpretación de la Torá no según la Halajá
y avergüenza públicamente a su vecino, aunque él posea estudio y buenas obras a
su favor, no tendrá lugar en el mundo venidero. Otra [Baraitha] enseñó: “Porque
ha despreciado la palabra del señor…” — esto se refiere a quien sostiene
que la Torá no es del cielo. Y aunque él afirme que toda la Torá fue concebida
en el cielo, con la excepción de un verso particular y [mantiene] que
éste no se pronunció por Dios sino por Moisés, él mismo, está incluido en
las generales de 'Porque ha despreciado la palabra del señor. Y aunque
admita que la Torá toda deviene toda del cielo, con excepción de un único
punto, una deducción particular o una simple, guezerá shavá,
analogía, — él todavía estará incluido en las generales de 'porque ha
despreciado la palabra del señor' (TB San 99ª)
Lo mismo observamos en el Mishné Torá de Maimónides:
Hay tres tipos de personas que niegan la Torá: (1)
Quien dice que la Torá no es divina (aunque que se refiera a una frase o
palabra) y sostiene que Moisés escribió la Torá por sí mismo; (2) Quien niega
las explicaciones de la Torá, es decir, la ley Oral, y refuta a sus
predicadores, y (3) Quien dice que Dios sustituyó un precepto por otro
invalidando, de este modo, la Torá. (Leyes de Arrepentimiento)
El hecho de que se haya construido una valla
respecto de esta creencia sobre la “celestialidad” de la Torá y, a su vez, se
haya dejado en claro la ilegitimidad de cualquier interpretación que contradiga
radicalmente los principios del espíritu rabínico clásico, tuvo un gran impacto
en el desarrollo ulterior de la práctica judía. Por un lado, se preservó, de
algún modo, la continuidad y coherencia de la Ley pero, por el otro, el limitó
el florecimiento de miradas alternativas a las que eran aceptadas. Si bien,
eventualmente, muchas de ellas igual prosperaron, como fue el caso de las de
Spinoza entre otros, éstas encontraron su espacio formal, fundamentalmente,
después de la emancipación europea. La necesidad de dejar claro este principio
de autoridad emerge también, y como ya mencionamos, de las aparentes
contradicciones que invariablemente se percibían en el texto sagrado. Es
interesante que el propio Rashi aluda a esta situación cuando, explicando su
rol en tanto exégeta, nos manifiesta en Génisis 3:8:
“Y han oído: Hay muchos midrashim agádicos
y nuestros sabios ya los han dispuestos en el orden correcto en Génesis Rabá y
otros midrashim, por ello yo he venido sólo [a enseñar] el
significado simple de la Escritura y de la Agadá que busca asentar y
fluidificar las palabras de los versos, cada palabra en su forma correcta”.
Esta situación de tensión insoslayable entre las
diversas lecturas, todas con pretendida raigambre revelatoria, llevó a los
movimientos religiosos que se constituyeron después de la Revolución Francesa a
replantearse este axioma. De esta forma el Movimiento Conservador en su
“Declaración de Principios” Emet veEmuna expone:
“La naturaleza de la revelación y su significado
para el pueblo judío han sido interpretados de varias maneras para la Comunidad
Conservadora. Creemos que las fuentes clásicas del judaísmo, proveen
amplios precedentes para estas perspectivas de la Revelación. El único y mayor
hecho de historia de la Revelación Divina, tuvo lugar en el Sinaí, pero no se
limitó a eso. La comunicación de Dios, continuó en las enseñanzas de los
Profetas y de los Sabios bíblicos, así como en las actividades de los Rabinos,
de la Mishná y del Talmud, hecha carne en la Halajá y la Agadá (Ley y
Sabiduría). El proceso de la Revelación tampoco concluyó allí; se mantiene vivo
en los Códigos y Responsas hasta hoy en día.
Algunos conciben la Revelación como el encuentro
personal entre Dios y los seres humanos. Entre ellos hay quienes creen que este
encuentro personal tiene un contenido proposicional, que Dios se comunicó con
nosotros mediante palabras reales. Para ellos, el contenido de la
Revelación, es directamente normativo, definido por la interpretación
rabínica. Los mandamientos de la Torá mismos emanan directamente de Dios.
Otros, sin embargo, piensan que la Revelación consiste en un inefable encuentro
humano con Dios. La experiencia de la Revelación inspira la formulación verbal
de normas e ideas por el ser humano continuando así la influencia histórica de
este encuentro revelacional.
Otros, conciben a la Revelación como el continuo
descubrimiento a través de la naturaleza y la historia, de verdades
acerca de Dios y del mundo…Los que proponen este punto de vista tienden a
considerar a la Revelación más como un proceso en marcha que como un
acontecimiento específico.”
En este sentido, la contribución más trascendental de
este proceso fue, quizás, el redimensionamiento del componente humano en la
confección de los textos del Pentateuco. En palabras: la participación del
hombre en la transmisión del proyecto Divino. El Movimiento Conservador
incorporó esta premisa teológica como una de las bases esenciales de su
discurso. El texto bíblico sería, a la luz de esta idea, algo así como el
testimonio humano del encuentro entre el hombre y Dios.
Esta concepción de la narrativa bíblica, llevó
necesariamente a una revisión de la idea fundamental que existía sobre “la
Revelación” y de las metodologías literalistas para la comprensión de los
textos. En sintonía con lo mencionado, Abraham J. Heschel sostiene que quien
recibe la “Revelación” juega un rol particularmente activo en la formulación
posterior de su contenido, ya que este es, en definitiva, moldeado de acuerdo a
su propia y particular personalidad (EJ vol 14 pág. 125). Por ello sugiere que:
“La forma más segura de malentender la “Revelación”
es tomarla literalmente” (Dios en busca del hombre, p. 230)
Distinguiendo entre palabras que él denomina
“descriptivas” y otras “indicativas” dentro del conjunto redaccional del
mensaje bíblico, estableció:
“La función de las palabras ‘descriptivas’ es la de
evocar una idea que nuestra mente ya posee, evocar significados preconcebidos.
Las palabras ‘indicativas’ tienen otra función. Lo que ellas originan no es un
recuerdo sino una respuesta, ideas desconocidas, significados hasta entonces no
cabalmente comprendidos” (op. cit. pág. 234).
La construcción de una ética basada en un
literalismo a ultranza genera, en nuestra opinión, algunas situaciones que
podrían eventualmente atentar contra el objetivo para el cual dicha ética fue
establecida. Si partimos de la base de que el mensaje “revelatorio”
registrado en la Torá tiene como objetivo fundamental el producir una normativa
a partir de la cual el hombre pueda dignificar y mejorar cada vez más su
conducta, entonces, el considerar que lo que quiere Dios de nosotros es
exactamente lo que la letra del Texto indica, llevaría prácticamente a la
anulación del margen participativo del hombre en el diseño de su vida
cotidiana.
Nuestros sabios eran conscientes de la necesidad de
interpretar el texto para mantener el mensaje vigente a través de los tiempos.
Pero a la vez, también se sentían comprometidos con una doctrina a partir de la
cual la Divinidad estaba en la propia letra del texto. Por ello, buscaron
resolver esta contradicción afirmando que las “lecturas” que efectuaran
respecto de dicha letra santa, al igual que todas aquellas que hicieran sus
discípulos en el futuro, constituían una parte integral de lo revelado a Moisés
en el monte Sinaí.
En función de lo expuesto, queda claro que el hecho
de que los preceptos sean ordenanzas que llegan a nosotros por voluntad de
Dios, y de que sus contenidos como las interpretaciones que se hayan hecho de
ellos a través de los siglos, también lo sean, no nos exoneran necesariamente
de la mirada crítica y constructiva con la que debemos munirnos al encarar lo
que se nos enseña. Al igual que nuestros antepasados, nosotros también, como
hijos de nuestro tiempo, no debemos olvidar el objetivo final por el cual
se nos hizo llegar este tesoro de valores. Se trata de que sepamos construir
una comunidad humana donde el bien, el amor, la solidaridad, el respeto por el
otro y la dignidad, sean los basamentos fundantes donde ésta se asiente.
El Dr. Felipe C. Yafe es Rabino de la Comunidad de Bet-Hilel, en Buenos
Aires, Argentina.
Es graduado del Seminario Rabínico Latinoamericano, Ph.D, Doctor en
Biblia y M.A Master en Biblia por el Jewish Theological Seminary de Nueva York.
Esta exposición fue presentada en el marco de la Conferencia del ICCJ 2014 realizada en Buenos Aires, Argentina.
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