“Mis ojos han visto tu salvación,
luz para iluminar a las naciones.” (Lc 2, 30.32)
Gloria Ladislao
Jesús niño fue llevado al Templo de Jerusalén cumpliendo con los ritos
establecidos por la Ley. Esa fue la ocasión para que el anciano Simeón
reconociera en ese bebé al Mesías esperado. Y su oración surgió gozosa como
alabanza y acción de gracias.
Cómo no agradecer el poder contemplar la salvación. Cómo no celebrar que el
Espíritu Santo nos dé esta capacidad misteriosa de encontrar en lo débil y
vulnerable la potencia del amor de Dios presente. Capacidad de descubrimiento
que queremos tener también hoy, para poder decir ante cada milagro pequeño y
cotidiano: aquí está la salvación; reconozco en este acto, en este gesto
sencillo o en esta generosidad anónima, al Dios de la Vida que se sigue
haciendo presente en el mundo. Y que trae luz para que nuestros ojos, como los
de Simeón, puedan contemplar la salvación.
El Mesías fue anunciado como "luz para todas
las naciones". Cómo no mirar hoy el mundo todo, la humanidad toda, y
desear, desde lo más hondo del corazón, que esa luz llegue y se pose sobre cada
persona, cada comunidad, cada gobierno, con la claridad y la serenidad que sólo
la mansa luz logra provocar.
Dios es luz, y nos quiere iluminados, reflejo de su
santidad, señal de salvación también nosotros, unidos al Mesías, para tantos
desesperanzados. Quien anda en la luz no equivoca el camino, quien está bajo la
luz no se engaña en lo que ve.
Que en esta Navidad, el Mesías, luz de las
naciones, nos muestre su rostro radiante y encamine nuestros pasos.
¡Feliz Navidad!

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