Con la presencia de Cristina C. de Lerner y Martha
de Antueno de Vergara V, en nombre de la Confraternidad Arg. Judeo
Cristiana, junto a los rabinos Abraham
Skorka, Arieh Sztockman, Graciela Grymberg, Sergio Bergman, representantes de AMIA, DAIA, CIRA, Centro Intercultural
Alba, diversos credos y cosmovisiones, se pudieron escuchar las palabras de
Monseñor Marco Aurelio Poli, Arzobispo de la
Arquidiócesis de Buenos Aires y Primado de Iglesia católica en Argentina,
que a continuación transcribimos,
Conferencia Episcopal Argentina. Oficina de Prensa
«Invocando la protección de
Dios, fuente de toda razón y justicia»1
En un nuevo aniversario de la Patria, nos congregamos para
dar gracias a Dios e invocamos su protección en esta hora de la Nación
Argentina. Lo haremos con la ceremonia del Te Deum.
En
varios pasajes de los Evangelios, existen muchos encuentros de Jesús con
hombres y mujeres de su tiempo como el que acabamos de proclamar: ocurrió cuando
el Señor y sus discípulos se dirigían a Jerusalén, donde debía cumplirse todo
lo que anunciaron los profetas acerca de Él (cfr. Lc 18,31b). En el camino,
entran a la milenaria ciudad de Jericó, y como la fama de Jesús corría delante
de Él, no tardó en verse rodeado por una multitud: querían conocerlo y escuchar
su palabra, pues «todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con
autoridad» (Lc 4,32). Los gritos y aclamaciones de la gente no impidieron que
el Señor reparase en una persona subida a un árbol, y a él se dirigió: «Zaqueo
baja pronto porque hoy tengo que alojarme en tu casa» (Lc 19,5).
El personaje aparece por única vez en los Evangelios y San
Lucas lo presenta como un hombre muy rico y jefe de los publicanos, lo cual
significaba un alto cargo entre los recaudadores de impuestos al servicio de
los romanos, que en ese tiempo habían invadido Judea, convirtiéndola en una
provincia del Imperio. Cuando Jesús se invita a la casa de Zaqueo, la gente
murmura con razón, porque era un oficio despreciable, pues el dinero que
recaudaban de sus conciudadanos iba a parar a las arcas romanas, no sin retener
una buena parte de los impuestos, de modo que se enriquecían notablemente. Sin
sentimientos religiosos, los publicanos eran indiferentes al patriotismo de sus
conciudadanos que luchaban por obtener la libertad de su pueblo humillado;
estas y otras actitudes les valieron el desprecio popular y eran considerados
grandes pecadores. Pero todo eso no detuvo al Señor, quien superando los
prejuicios humanos, fue en busca del hombre. Jesús entra en la casa del
publicano porque allí hay algo que salvar. Es decir, no porque ahí se
practiquen las buenas obras y haya que recompensarlas, sino porque «también
este hombre es un hijo de Abraham» (Lc 19, 8) y por lo tanto no está excluido
de la fidelidad y del amor de Dios.
Lo que llama la atención en el texto es que apenas entra el Señor, el dueño de
casa manifiesta una singular sensibilidad por los pobres con quienes compartía
la mitad de sus bienes. No había aislado su conciencia y tenía claro que su
oficio generaba excesos y era causa de injusticias, y eso lo llevaba a reparar
los perjuicios cometidos dando cuatro veces más a los damnificados. Zaqueo
sabía que tenía muy mala fama entre la gente a pesar de ser una persona
honesta. El encuentro personal con Jesús hizo que su deseo profundo de «ver
quién era» se cumpliera muy por encima de sus expectativas.
Pero ¿qué nos dice este encuentro hoy? Aquel cobrador de
impuestos parecía tenerlo todo, pero al recibir la inesperada visita de Jesús
le dio un nuevo horizonte a sus días. El evangelista San Lucas nos da una
advertencia con este ejemplo: la indiferencia y el egoísmo de los ricos frente
a la miseria de los pobres no pasan inadvertidos a los ojos del Dios que sí «se
acuerda de los pobres y no olvida su clamor» (Salmo 9,13). El caso de Zaqueo
nos muestra que siempre hay un camino de redención si abrimos la mano para
compartir lo que la vida nos ha dado, cuánto más sin con ello reparamos las
injusticias cometidas. Hay muchas personas que desean subirse al árbol de su
vida para ver quién es el Dios de la vida que pasa y siempre se deja encontrar.
Dios está nombrado en el Preámbulo de la
Constitución Nacional, pero nos olvidamos que además existe y está siempre
dispuesto a escucharnos cuando lo invocamos y a protegernos cuando lo
necesitamos. Pero pareciera que lo dejamos al margen de nuestras
decisiones, confiamos solo en nuestra capacidad, en las estrategias, en las
ecuaciones sin que dominemos todas las variables, y aun nos afirmamos en
nuestra corta experiencia, sin tener en cuenta la memoria histórica del país
que también tiene algo que enseñarnos en las horas de prueba. La sabiduría
bíblica nos recuerda: «Fíjense en las generaciones pasadas y vean: ¿Quién
confió en el Señor y quedó defraudado? ¿Quién perseveró en su temor y fue
abandonado? ¿Quién lo invocó y no fue tenido en cuenta?» (Eclesiástico 2,10). Si hoy celebramos un nuevo aniversario de
la Revolución de Mayo, es porque en la trama de nuestra historia, nuestros
próceres y el mismo pueblo nos demostraron que Dios Padre acompañó el camino,
tanto en los momentos de gloria como el que conmemoramos, pero también en los
tiempos de crisis y desencuentros entre los argentinos.
Un sabio estudioso del pasado de la humanidad aseguraba que en la historia no
dominan las fuerzas económicas, sino las espirituales2. Y yo humildemente
adhiero a ese pensamiento. De no ser así nos costará mucho explicar cómo,
durante más de doscientos años, nuestro pueblo atravesó con paciencia y virtud
laboriosa los momentos oscuros: viviendo, conviviendo y no pocas veces
sobreviviendo a sostenidos períodos de confusión, a la carencia de medios
básicos y al flagelo de la desocupación, dando lugar a los inhumanos y
humillantes rostros de la indigencia, paradójicamente, en una tierra rica en
recursos naturales. Este pueblo que todo lo toleró sin perder la esperanza de
un mañana mejor, confiando en una justicia distributiva largamente anhelada. Su
lección nos alienta a pensar que nuestra Nación siempre tiene destino.
Nuestra historia nos enseña que hay un Dios de la Vida que nos acompaña en el
camino y no abandona, y por eso siempre habrá futuro para la Argentina si
confiamos en Él y también si levantamos la barrera de la desconfianza entre
nosotros, para que toda iniciativa en «promover el bienestar general» de los
ciudadanos, la emprendamos, al decir de san Ignacio de Loyola, «como si todo
dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios». Ahora bien, los cambios sociales y
culturales se dan en procesos que demandan tiempo que nos trascienden; se
extienden más allá de los períodos de un gobierno y hasta superan a
generaciones. Debemos desconfiar de los logros instantáneos y recetas
prometeicas; si algo hemos aprendido de nuestro derrotero, debemos
acostumbrarnos a decir: si comenzamos hoy, dentro de 10, 15 o 20 años se verán
los frutos. El tiempo no lo podemos someter, pero sí está en nuestras manos
perseverar unidos en los objetivos por el bien común. Mientras dura ese
proceso, el primer deber del Estado es cuidar la vida de sus habitantes,
especialmente de los débiles, los pequeños, los pobres y marginados, los
enfermos y los ancianos abandonados, porque son los más pobres de los pobres.
Cuidar la vida de punta a punta de la existencia es querer ser Nación.
El Dios
que confesamos en la Constitución es el Creador y remunerador de toda obra
buena que hacemos al semejante. Eso nos recuerda que en la Argentina
bicentenaria, no sobra nadie, todos son necesarios e importantes, por lo que
ninguna persona debe ser excluida de la fiesta de la vida, hasta el más humilde
y olvidado de la Patria profunda. El magisterio del Papa Francisco
nos anima a que «la defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe
ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida
humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su
desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido,
que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de
personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de
atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte» 3 .
Honrando los gestos de grandeza de los padres de la Patria, quienes pensando en
nosotros, nos legaron el honor de ser argentinos, decimos que: Vale Toda Vida,
y ante el bello e inefable don de la concepción, si la propuesta es optar por
una u otra, en esta bendita tierra austral, apostamos decididamente a que vivan
las dos. Para Dios no hay excluidos.
Padre nuestro, Padre de todos: te damos
gracias porque en los 208 años de nuestro camino como Nación libre y soberana
no nos soltaste de la mano. No sabemos si lo merecemos, pero igual, hoy,
conociendo tu misericordia y clemencia, te decimos: «Señor de la historia, te
necesitamos…».
Mario Aurelio Cardenal Poli