Jean Massonet | 01.06.2018
El ICCJ (Consejo Internacional de Cristianos y Judíos) se
ocupa de la coordinación entre 38 organizaciones nacionales dedicadas al
diálogo judeo-cristiano. La Amistad Judeo-Cristiana de Francia forma parte de
él. En su edición del 4 de abril de 2018 de su Newsletter, el
ICCJ ofrece en su sección en francés, un artículo del Rev. S. Wesley Ariarajah.
Este autor es “ministro metodista de Sri Lanka […] profesor emérito de teología
ecuménica en la Facultad de Teología de la Universidad Drew, donde ha enseñado
durante 17 años. Antes, trabajó en el Consejo Mundial de Iglesias (World
Council of Churches: WCC), en Ginebra, durante 16 años, como director del
programa de diálogo interconfesional y secretario general adjunto del Consejo”.
Estamos en presencia entonces de un representante reconocido del WCC.
El artículo se titula: “Reorientar las relaciones y el diálogo
entre judíos y cristianos”. “Apareció inicialmente en Current Dialogue No. 58, 2016, publicado por el WCC y
reproducido con su amable autorización”. Según este autor, es conveniente darle
una nueva orientación a las relaciones judeo-cristianas. Concretamente, y para
resumir, el cristianismo debería desprenderse de una relación especial con el
judaísmo y abordar con él una relación como la que tiene con las demás grandes
religiones.
S. Wesley Ariarajah empieza por hablar de la importancia de Nostra Ætate, cuyo 50º aniversario se festejó hace poco. En general, reconoce la validez de muchos esfuerzos que “se han realizado para luchar contra las lecturas antijudías, antisemitas de las Escrituras, que favorecen la teología de la sustitución y los prejuicios hacia la comunidad judía en la lectura y la interpretación de las Escrituras cristianas”. Sin embargo, continúa, “Tengo reservas, como cristiano asiático, en cuanto a privilegiar ese diálogo en relación con otras religiones y particularmente en lo concerniente a las ‘zonas prohibidas’ del diálogo judeo-cristiano”. Esas zonas prohibidas se concentran en el conflicto palestino-israelí. Volveremos sobre esto.
S. Wesley Ariarajah empieza por hablar de la importancia de Nostra Ætate, cuyo 50º aniversario se festejó hace poco. En general, reconoce la validez de muchos esfuerzos que “se han realizado para luchar contra las lecturas antijudías, antisemitas de las Escrituras, que favorecen la teología de la sustitución y los prejuicios hacia la comunidad judía en la lectura y la interpretación de las Escrituras cristianas”. Sin embargo, continúa, “Tengo reservas, como cristiano asiático, en cuanto a privilegiar ese diálogo en relación con otras religiones y particularmente en lo concerniente a las ‘zonas prohibidas’ del diálogo judeo-cristiano”. Esas zonas prohibidas se concentran en el conflicto palestino-israelí. Volveremos sobre esto.
El autor no niega la posibilidad de destacar las “afinidades”
teológicas, y por lo tanto, afirmar una “relación especial” del cristianismo
con el judaísmo. “Jesús siguió siendo judío hasta el final” y los cristianos
adoptaron “las Escrituras hebreas como parte integrante de las Escrituras
cristianas”. Esta “relación especial” es afirmada por sus partidarios “a pesar
de la helenización de la teología cristiana en el mundo greco-romano”.
Pero precisamente sobre este último punto se apoya el autor
para argumentar en favor del abandono de una relación especial del cristianismo
con el judaísmo. Por supuesto, reconoce que existían afinidades profundas “en
las primeras etapas de formación del cristianismo”. Pero con el tiempo, las
interpretaciones cristianas de la personalidad de Jesús se volvieron totalmente
ajenas al judaísmo: el dogma de la Trinidad es un excelente ejemplo de ello. Se
abandonaron el shabbat y la circuncisión. Al apropiarse de las Escrituras
judías, los cristianos se atribuyeron la lectura exclusiva auténtica del
mensaje divino, descalificando al mismo tiempo la lectura judía.
Nuestro autor critica vigorosamente la lectura cristiana que
trata de apoyar sus convicciones en la interpretación de los textos judíos:
“Cualquier profesor de un curso de religión razonablemente informado conoce
bien la gimnasia que debe efectuar para tomar los relatos, la historia y los
hechos de la Biblia hebrea – que tienen un significado enorme para los judíos
pero tienen poco que ver con el cristianismo – y acondicionarlos para que
tengan relación con la historia cristiana”. El evangelista Mateo sería un
especialista de esas adaptaciones: su evangelio “muestra un uso casi absurdo de
las Escrituras hebreas (almost
preposterous use of the Hebrew scriptures), que cita completamente
fuera de su contexto original para demostrar que casi todos los gestos de Jesús
y todas las cosas que le suceden se producen “para que se cumplan las Escrituras”.
¿Comprendió realmente el Rev. S. Wesley Ariarajah qué
significa la relación del cristianismo con las Escrituras judías? Los
redactores de los evangelios tenían tres objetivos principales: presentar el
ministerio de Jesús como un hecho histórico, mostrar que su mensaje se enraíza
en la tradición judía y por último, invitar a los lectores a ajustarse a las
exigencias de ese mensaje. El segundo punto se ilustra con esta pequeña frase
que se repite como un estribillo en Mateo: “Para que se cumplan las
Escrituras”. Los apoyos exegéticos de los evangelistas quieren responder a una
exigencia fundamental: el mensaje cristiano debe enraizarse de un modo
permanente en la tradición judía. Es una cuestión de existencia que es válida
tanto para la actualidad como para el pasado.
En el Nuevo Testamento, esa lectura se apoya a menudo en citas
bíblicas, pero no según el método de una exégesis histórico-crítica que trata
de definir lo que quiso decir el autor, lo que tenía en mente al escribir su
texto. Como si el profeta Oseas hubiera querido anunciar el regreso de Egipto a
la Tierra de Israel del niño Jesús y sus padres cuando escribió: “[…] de Egipto
llamé a mi hijo” (Mt 2,15; Os 11,1). Los maestros judíos saben encontrar en la
Escritura indicios y apoyos de las convicciones que poseen. La Torá oral
precede y contiene a la Torá escrita, y sabe extraer de ella una profusión de
nuevos significados. “Busca y revisa en (la Torá) porque todo está en ella”
(Avot 5, 22). A veces una simple asonancia o la modificación de una vocal
ofrecen un sentido nuevo. La repetición de la segunda consonante de la palabra
“corazón (levav)”
significa que uno debe amar a Dios con sus dos tendencias, la buena y la mala
(Berajot 9, 5). Es muy evidente que hay allí un apoyo, y no una prueba. La
repetición de una consonante no prueba nada. Lo importante es la convicción
previa que uno posee: a partir de allí, se podrán encontrar indicios en la
Escritura, ya que todo está en ella. El evangelista Mateo funciona así: a
partir de la conciencia que tiene de la persona de Cristo, se siente autorizado
a encontrar en la Escritura diversos apoyos para sus convicciones. Esto es algo
completamente distinto a un “uso absurdo de las Escrituras”.
Un argumento del Rev. S. Wesley Ariarajah en favor del abandono
de una “relación especial” es la evolución del cristianismo: con el tiempo, el
cristianismo se ha vuelto cada vez más ajeno al judaísmo. El dogma trinitario
sería un ejemplo que lo demuestra. Está muy claro que las notas transcendentes
con las que la reflexión cristiana ha investido a la persona de Cristo marcan,
más que una toma de distancia con el judaísmo, una verdadera separación que
simplemente hay que reconocer, sin tratar de superarla. Nuestros caminos son
“irreductiblemente singulares”, escribieron cinco personalidades judías en
2015, en “Una nueva perspectiva judía de las relaciones judeo-cristianas” (http://www.jcrelations.net/Una_nueva_perspectiva_jud__a_de_las_relaciones_judeo-cristianas.5237.0.html?L=5).
Pero agregan de inmediato que esos caminos “son complementarios y
convergentes”. Nosotros, en cuanto cristianos, solo podemos comprender nuestro
cristianismo como un cumplimiento infinito del designio de Dios en Cristo, un
cumplimiento que nos supera, pero hacia el que se supone que debemos
dirigirnos. Cumplimiento no significa negación de lo anterior, sino su
prolongación en el infinito. Las declaraciones repetidas de Jesús en Mt 5–7,
“habeís oído… pero yo os digo”, no constituyen en absoluto una descalificación
de la Torá, sino su prolongación en dirección a una plenitud hacia la cual
estamos invitados a orientarnos. Todos nuestros dogmas cristianos merecen ser revisitados
en función de su necesario enraizamiento en la revelación que transmite Israel.
Esto incluye al que es seguramente el más ajeno al judaísmo, el dogma
trinitario: en ningún caso puede contradecir la proclamación judía: “Escucha
Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es UNO”.
Como cristianos, no podemos eludir esa “relación especial” con
el judaísmo. Su tradición nos es transmitida por Cristo y, por él, nos lleva
hacia su cumplimiento. Compartimos con nuestros hermanos judíos el mismo
horizonte final: el de una redención más allá de la historia. En camino hacia
ese objetivo, podemos hacer nuestra, sin dudar, la invitación de “Una nueva
perspectiva judía de las relaciones judeo-cristianas”: “Alentamos la suprema
esperanza de que la historia de los hombres tenga un mismo horizonte: el de la
fraternidad universal de una humanidad reunida en torno al Dios Uno y Único.
Debemos trabajar juntos para ello, más que nunca, tomados de la mano”. “Tomados
de la mano”: eso significa que tenemos una “relación especial”.
Otro argumento de S. Wesley Ariarajah en favor del abandono de
una “relación especial” es comprobar las consecuencias que esa relación ha
tenido en el transcurso de la historia. La objeción es seria, en efecto, cuando
se observan las teorías de exclusión-sustitución aplicadas por el cristianismo
contra el judaísmo. Conocemos demasiado bien sus siniestras consecuencias: la
Shoah puede ser vista como su oscura apoteosis. Pero esta larga historia de
nuestras relaciones, aunque con frecuencia ha sido mal manejada, es la prueba
de que los cristianos no pueden desprenderse de una “relación especial”, con el
riesgo de reducirla a términos de exclusión. Las homilías de Agustín sobre los
Salmos están llenas de alusiones a los judíos, generalmente negativas (conté
aproximadamente 400). ¡Para valorizar al cristianismo, se desvalorizaba al
judaísmo! Y se redujo durante siglos a los judíos a una situación de oprobio.
Toda nuestra historia cristiana está marcada por esa “relación especial”. Que
haya sido mal manejada no significa que debamos renunciar a ella, sino que
debemos replantearla desde el principio, como se ha hecho en nuestra historia
reciente.
Finalmente, en las últimas líneas de su artículo, S. Wesley
Ariarajah aborda un punto muy sensible cuyo tratamiento merecería, a su juicio,
que se saliera “de la ‘relación especial’ tanto política como teológica que se
da por sentado […] en una gran parte de los cristianos conservadores de los
Estados Unidos y en algunas otras partes del mundo”: se trata del Estado de
Israel y del problema palestino vinculado con él. Abordar la cuestión del
Estado de Israel al nivel político, como un Estado igual que los demás, con las
implicancias de justicia social que conlleva, es completamente legítimo, e
incluso necesario. Pero ¿no deberían discernir los cristianos otra dimensión
subyacente? El Preámbulo del Acuerdo
Fundamental firmado en 1993 entre la Santa Sede y el Estado de
Israel contiene estas palabras introductorias: “La Santa Sede y el Estado de
Israel, considerando el singular
carácter y el significado universal de la Tierra Santa; conscientes
de la naturaleza singular (el
subrayado es nuestro) de las relaciones entre la Iglesia Católica y el pueblo
judío, del histórico proceso de reconciliación y del crecimiento de la comprensión
y de la amistad mutuas entre los católicos y los judíos ; etc. … Están de
acuerdo en los siguientes artículos: …”. Este Acuerdo Fundamental destaca que existe una
“relación especial” entre la Iglesia Católica y el pueblo judío, y coloca como
puerta de entrada a este texto el “carácter singular” de esta relación.
Por su parte, el Consejo Internacional de Cristianos y Judíos
(ICCJ) abordó esta cuestión en 2009 en los Doce puntos de Berlín”, editados como un eco de los “Diez
puntos de Seelisberg” de 1947, texto fundador de las relaciones
judeo-cristianas internacionales, publicado en momentos en que el impacto
reciente de la Shoah abría dolorosamente los ojos de los cristianos sobre el
pasado de sus relaciones con los judíos. Los autores de los “Doce puntos de
Berlín” lanzan un “Llamamiento a los cristianos y a las comunidades
cristianas”.
En el “Llamamiento a los cristianos y a las comunidades
cristianas”, se encuentran estos puntos: “Orar por la paz en Jerusalén”:
- Promoviendo la idea de que existe un vínculo inherente entre
cristianos y judíos.
- Entendiendo más cabalmente el profundo apego del judaísmo a la Tierra de Israel como una perspectiva religiosa fundamental, y la conexión de muchos judíos con el Estado de Israel como una cuestión de supervivencia física y cultural.
- Reflexionando sobre las maneras en que la comprensión espiritual bíblica de la tierra puede ser mejor incorporada a las perspectivas de fe cristianas.
- Criticando las políticas de las instituciones gubernamentales y sociales israelíes y palestinas cuando esa crítica esté moralmente justificada, reconociendo al mismo tiempo el profundo apego de ambas comunidades a la tierra.
- Criticando los ataques al sionismo, especialmente cuando esos ataques se convierten en expresiones de antisemitismo.
- Entendiendo más cabalmente el profundo apego del judaísmo a la Tierra de Israel como una perspectiva religiosa fundamental, y la conexión de muchos judíos con el Estado de Israel como una cuestión de supervivencia física y cultural.
- Reflexionando sobre las maneras en que la comprensión espiritual bíblica de la tierra puede ser mejor incorporada a las perspectivas de fe cristianas.
- Criticando las políticas de las instituciones gubernamentales y sociales israelíes y palestinas cuando esa crítica esté moralmente justificada, reconociendo al mismo tiempo el profundo apego de ambas comunidades a la tierra.
- Criticando los ataques al sionismo, especialmente cuando esos ataques se convierten en expresiones de antisemitismo.
En “Llamamiento a los judíos y a las comunidades judías”, se
pide “Diferenciar entre una crítica imparcial a Israel y el antisemitismo”:
- Interpretando y difundiendo ejemplos
bíblicos de crítica justa como expresiones de lealtad y amor.
- Ayudando a los cristianos a entender que la identidad comunitaria y la conciencia de formar un pueblo son intrínsecas a la autoconciencia judía, además de la fe y la práctica religiosas, y que por eso, para la mayoría de los judíos, es muy importante el compromiso con la supervivencia y la seguridad del Estado de Israel.
- Ayudando a los cristianos a entender que la identidad comunitaria y la conciencia de formar un pueblo son intrínsecas a la autoconciencia judía, además de la fe y la práctica religiosas, y que por eso, para la mayoría de los judíos, es muy importante el compromiso con la supervivencia y la seguridad del Estado de Israel.
También se pide “Alentar al Estado de Israel en su trabajo de
cumplir con los ideales que figuran en sus documentos fundadores: una tarea que
Israel comparte con muchas naciones del mundo”.
- Garantizando iguales derechos para todas las minorías
religiosas y étnicas, incluyendo a los cristianos que viven en el Estado judío.
- Alcanzando una solución justa y pacífica para el conflicto palestino-israelí.
Todos estos llamamientos se emiten en el contexto de una relación especial conscientemente reconocida entre cristianos y judíos.
- Alcanzando una solución justa y pacífica para el conflicto palestino-israelí.
Todos estos llamamientos se emiten en el contexto de una relación especial conscientemente reconocida entre cristianos y judíos.
Para “Reorientar las relaciones y el diálogo entre judíos et
cristianos”, no se puede abandonar la “relación especial” que existe entre
ellos, sino que se debe renovar esa relación en el respeto profundo de cada una
de las confesiones con su propia vocación, reconociendo lo que las separa y
explotando lo que tienen en común, para ponerlo al servicio del mundo.
Jean MASSONET es sacerdote de
la diócesis de Lyon y diplomado del Pontificio Instituto Bíblico (1975). Ha
enseñado en el Seminario Interdiocesano Saint-Irénée de Lyon (1977-1996) y en
la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Lyon (1990-2005), donde
dirigió el Centro Cristiano para el Estudio del Judaísmo. Es el actual
presidente de la Amistad Judeo Cristiana de Lyon.
Traducción del francés: Silvia Kot.
Traducción del francés: Silvia Kot.

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