Consciente de que no se pueden denunciar
delitos en la sociedad si no se lucha contra éstos en la propia comunidad, el
Papa ha dado muestras de su determinación para poner fin a complicidades que
ofenden a Dios y lastiman a los más débiles
PARA LA NACION
VIERNES 22 DE JULIO DE 2016
La decisión del arzobispo de Mercedes-Luján de formar una comisión
canónica para investigar lo sucedido en General Rodríguez muestra la
envergadura del caso y replantea la cuestión sobre la posición de la Iglesia
ante la corrupción estructural. Cabe la pregunta: ¿qué dice y qué hace
Francisco contra la corrupción? Aquí sólo señalo algunos dichos y hechos.
En junio de 1996 recibí una carta y un libro de Jorge Mario Bergoglio.
Él había leído mi ensayo "La corrupción como pecado social" publicado
en la obra colectivaArgentina: tiempo de
cambios. Ese estudio fue reeditado en 2008 por las semejanzas que yo ya
notaba entre las dos décadas. Junto con sus comentarios, Bergoglio me envió un
texto suyo titulado Corrupción y pecado,
escrito en 1991, luego editado como libro en 2005. Allí presenta la
descomposición del "estado de corrupción" como una situación en la
cual una persona o una sociedad se acostumbra a vivir.
El autor distingue entre pecado y corrupción
porque ésta designa una situación consolidada. Traza un agudo perfil
psicológico y moral de quien va corrompiéndose y desenmascara al que piensa que
"el que no afana es un gil," pero al ser descubierto pone cara de
"yo no fui", cual experto en cosmetología social. Discierne el
corazón de quien parece un "sepulcro blanqueado" y ensucia a otros
porque la corrupción es proselitista. Analiza corrupciones y corruptelas de la
vida religiosa. Algunas de estas ideas reaparecen en las homilías de los
tedeums que pronunció siendo arzobispo de Buenos Aires, recopiladas en el libro
La patria es un don y en los
discursos que, ya como papa, dio en países de la región, reunidos Desde 2013 Francisco limpia su casa. Se conocen
sus esfuerzos por sanear el Instituto
para las Obras de Religión (IOR), el banco vaticano. En la Iglesia todavía
resuena su discurso acerca de los quince males curiales dirigido a la curia
romana en diciembre de 2014. Hace semanas publicó un motu proprio sobre el ordenamiento económico de la Santa Sede. Con
él y su predecesor, bastantes obispos debieron dejar sus diócesis por hechos
oscuros. Se divulgó el caso de un prelado alemán. En la Argentina debieron irse
dos obispos y otro en Paraguay. Porque no se podría hablar de la corrupción en
la sociedad si no se luchara contra ese fenómeno en la propia comunidad.
Soy ciudadano argentino y sacerdote católico. Siento pena y vergüenza
por hechos conocidos en nuestro país y los asumo con una actitud penitente
porque todos somos pecadores y pedimos perdón. Pero rechazo cualquier
complicidad corporativa con corruptos. Hubo instituciones eclesiales que
recibieron plata manchada con sangre por parte de dictaduras y mafias. En
febrero el Papa lo volvió a denunciar ante el episcopado mexicano. Hubo
obispos, sacerdotes y religiosos privilegiados por el menemismo y otros, por el
kirchnerismo. Si los "curas" tomamos plata sucia, violamos leyes
morales y penales, robamos a los pobres, nos burlamos de los honestos,
desfiguramos el rostro de Cristo, herimos la confianza en la Iglesia. En un
comunicado reciente, la Comisión Ejecutiva del Episcopado argentino rechazó
cualquier acto de corrupción público o privado, "de manera particular los
que involucren a miembros de la Iglesia que, por su misión y servicio, debieran
ser testigos íntegros del Evangelio que predicamos". Duele ver que hechos
cometidos por algunos amigos del poder y el dinero afecten la credibilidad de todos
nosotros.
El Papa anima a cambiar las estructuras sociales corruptas. Así hizo en
2014 ante políticos italianos. En la bula de convocatoria al Año de la
Misericordia, escribió: "La violencia usada para amasar fortunas manchadas
de sangre no convierte a nadie en poderoso ni en inmortal. Que el llamado a la
conversión llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de
corrupción. Esta llaga putrefacta en la casa común de la sociedad es un grave
pecado que grita hacia el cielo, pues mina desde sus fundamentos la vida
personal y social. La corrupción es una obstinación en el pecado que pretende
sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder".
El 3 de junio, en la cumbre mundial de jueces y fiscales contra la trata
de personas y el crimen organizado, el obispo de Roma volvió a denunciar las
nuevas esclavitudes como crímenes de lesa humanidad. En su discurso llama a los
magistrados a ser libres de las presiones de los gobiernos, las instituciones
privadas y el crimen organizado. Alienta a los honestos, cuestiona a los que
prestan protección a los corruptos e interpela: "Sin esta libertad, el
Poder Judicial de una nación se corrompe y siembra corrupción. Todos conocemos
la caricatura de la justicia, para estos casos. La justicia con los ojos
vendados a la cual se le va cayendo la venda y ésta le tapa la boca".
Francisco llama estructuras de pecado a esas telarañas de corrupciones.
Emplea una frase nacida en la Iglesia latinoamericana para designar la
injusticia. En el ensayo que publiqué hace veinte años analizo la corrupción
como un pecado social. Es un gravísimo crimen ético con enormes consecuencias
políticas y económicas porque roba, miente y mata, en especial a los más
vulnerables. Se dio en negociados de todas las épocas, en privatizaciones dadas
al amparo del neoliberalismo y en estatizaciones hechas al calor del
neopopulismo. Hubo funcionarios y empresarios que bailaron el tango de la
corrupción e intelectuales que quisieron tapar el sol con las manos.
En 2012 la tragedia ferroviaria de Once desnudó el nexo causal entre la
corrupción y la muerte. El sistema de subsidios desvió fondos para el
enriquecimiento ilícito de funcionarios, empresarios y sindicalistas. Al
cumplirse su primer mes, junto a las familias de las víctimas, Bergoglio se
refirió a los responsables irresponsables y llamó a reclamar justicia. En
varios países, Francisco denunció las idolatrías del dinero y el poder que
sacrifican vidas y esperanzas. En 2015 denunció el peligro de narco-Estado en
la Argentina cuando se hablaba sólo de un país de tránsito.
Muchas situaciones antiguas son pecados estructurales: avaricia
económica, soberbia política, mentira sistemática, egoísmo sectorial,
desigualdad sistémica, discriminación racial, crimen organizado, administración
fraudulenta, fraude impositivo. También realidades agravadas en los últimos
años: exclusión estructural, violencia familiar o escolar, esclavitud sexual o
laboral; abuso ambiental, manipulación informativa, impunidad penal. Si el
sustantivo condensa un desequilibrio moral, el adjetivo señala su
estructuración social.
Con el término pecado se advierte la infinita gravedad de la corrupción
porque aquél designa un acto o una situación que ofende el amor de Dios en los
seres humanos o se opone a su voluntad en leyes morales universales. No matar,
no robar, no mentir. O sea, cultivar la vida, la justicia y la verdad. La
corrupción daña por medio de acciones que realizan personas libres mediadas por
lazos estructurales, como las redes de la criminalidad financiera, política y
social que sustentan el narcotráfico, la trata, la guerra y el terrorismo.
En su documento "El Bicentenario", los obispos argentinos
dicen que la corrupción no es sólo un problema personal que atañe al corrupto,
sino que alcanza a toda la sociedad. Este signo del tiempo nos desafía a sanear
todas las instituciones -también los credos e iglesias- y formar un gran
consenso plural para promover una ética social justa y solidaria. Si la
corrupción daña la vida en común, entonces la equidad y la transparencia hacen
a la salud del cuerpo social. Ésta reclama responsabilidad de los ciudadanos,
honesto servicio de los gobernantes, valores sociales compartidos, reglas
públicas claras, organismos eficaces de control, magistrados que hagan
justicia.
Profesor ordinario en la Facultad de Teología de la UCA y miembro de la
Comisión Teológica Internacional

No hay comentarios:
Publicar un comentario