Las
palabras del Papa Francisco nos mueve a todos a una enorme
reflexión
Memorial
de Yad Vashem, Jerusalén
Lunes 26 de mayo de 2014
Lunes 26 de mayo de 2014
¿Adán, ¿dónde
estás?” (cf. Gn 3,9). ¿Dónde estás, hombre?
¿Dónde te has metido? En este lugar, memorial de la Shoah,
resuena esta pregunta de Dios: “Adán, ¿dónde estás?”. Esta
pregunta contiene todo el dolor del Padre que ha perdido a su hijo.
El Padre conocía el riesgo de la libertad; sabía que el hijo podría
perderse… pero quizás ni siquiera el Padre podía imaginar una
caída como ésta, un abismo tan grande. Ese grito: “¿Dónde
estás?”, aquí, ante la tragedia inconmensurable del Holocausto,
resuena como una voz que se pierde en un abismo sin fondo… Hombre,
¿quién eres? Ya no te reconozco. ¿Quién eres, hombre? ¿En qué
te has convertido? ¿Cómo has sido capaz de este horror? ¿Qué te
ha hecho caer tan bajo? No ha sido el polvo de la tierra, del que
estás hecho. El polvo de la tierra es bueno, obra de mis manos. No
ha sido el aliento de vida que soplé en tu nariz. Ese soplo viene de
mí; es muy bueno (cf. Gn 2,7). No, este abismo no
puede ser sólo obra tuya, de tus manos, de tu corazón… ¿Quién
te ha corrompido? ¿Quién te ha desfigurado? ¿Quién te ha
contagiado la presunción de apropiarte del bien y del mal? ¿Quién
te ha convencido de que eres Dios? No sólo has torturado y asesinado
a tus hermanos, sino que te los has ofrecido en sacrificio a ti
mismo, porque te has erigido en Dios. Hoy volvemos a escuchar aquí
la voz de Dios: “Adán, ¿dónde estás?”. De la tierra se
levanta un tímido gemido: Ten piedad de nosotros, Señor. A ti,
Señor Dios nuestro, la justicia; nosotros llevamos la deshonra en el
rostro, la vergüenza (cf. Ba 1,15). Se nos ha
venido encima un mal como jamás sucedió bajo el cielo (cf. Ba 2,2).
Señor, escucha nuestra oración, escucha nuestra súplica, sálvanos
por tu misericordia. Sálvanos de esta monstruosidad. Señor
omnipotente, un alma afligida clama a ti. Escucha, Señor, ten
piedad. Hemos pecado contra ti. Tú reinas por siempre
(cf. Ba 3,1-2). Acuérdate de nosotros en tu
misericordia. Danos la gracia de avergonzarnos de lo que, como
hombres, hemos sido capaces de hacer, de avergonzarnos de esta máxima
idolatría, de haber despreciado y destruido nuestra carne, esa carne
que tú modelaste del barro, que tú vivificaste con tu aliento de
vida. ¡Nunca más, Señor, nunca más!. “Adán, ¿dónde estás?”.
Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a
tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer. Acuérdate de nosotros
en tu misericordia.

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