Al terminar su visita a Tierra Santa, el Papa Francisco celebró la Eucaristía en el Cenáculo de Jerusalén –lugar de litigio entre Judíos y Cristianos- En la homilía, recuerda a los cristianos lo que representa este lugar para ellos y a su vez, nuestros hermanos judíos conocerán los acontecimientos que allí tuvieron lugar.
“Queridos
hermanos:
Es
un gran don del Señor estar aquí reunidos, en el Cenáculo, para
celebrar la Eucaristía. Mientras los saludo con fraterna alegría,
deseo agradecerles su significativa presencia. Les aseguro que tienen
un lugar especial en mi corazón, en mi oración. Aquí, donde Jesús
consumó la Última Cena con los Apóstoles; donde, resucitado, se
apareció en medio de ellos; donde el Espíritu Santo descendió
abundantemente sobre María y los discípulos. Aquí nació la
Iglesia, y nació en salida. Desde aquí salió, con el Pan partido
entre las manos, las llagas de Jesús en los ojos, y el Espíritu de
amor en el corazón.En el Cenáculo, Jesús resucitado, enviado por
el Padre, comunicó su mismo Espíritu a los Apóstoles y con esta
fuerza los envió a renovar la faz de la tierra.Salir, marchar, no
quiere decir olvidar. La Iglesia en salida guarda la memoria de lo
que sucedió aquí; el Espíritu Paráclito le recuerda cada palabra,
cada gesto, y le revela su sentido. El Cenáculo nos recuerda el
servicio, el lavatorio de los pies, que Jesús realizó, como ejemplo
para sus discípulos. Lavarse los pies los unos a los otros significa
acogerse, aceptarse, amarse, servirse mutuamente. Quiere decir servir
al pobre, al enfermo, al excluido, al que resulta antipático, al que
me fastidia.El Cenáculo nos recuerda, con la Eucaristía, el
sacrificio. En cada celebración eucarística, Jesús se ofrece por
nosotros al Padre, para que también nosotros podamos unirnos a Él,
ofreciendo a Dios nuestra vida, nuestro trabajo, nuestras alegrías y
nuestras penas…, ofrecer todo en sacrificio espiritual.El Cenáculo
nos recuerda la amistad. «Ya no les llamo siervos –dijo Jesús a
los Doce-… a ustedes les llamo amigos». El Señor nos hace sus
amigos, nos confía la voluntad del Padre y se nos da Él mismo. Ésta
es la experiencia más hermosa del cristiano, y especialmente del
sacerdote: hacerse amigo del Señor Jesús. Descubrir en su corazón
que Él es amigo.El Cenáculo nos recuerda la despedida del Maestro y
la promesa de volver a encontrarse con sus amigos. «Cuando vaya…,
volveré y les llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén
también ustedes». Jesús no nos deja, no nos abandona nunca, nos
precede en la casa del Padre y allá nos quiere llevar con Él.
Pero
el Cenáculo recuerda también la mezquindad, la curiosidad –»¿quién
es el traidor?»-, la traición. Y cualquiera de nosotros, y no sólo
siempre los demás, puede encarnar estas actitudes, cuando miramos
con suficiencia al hermano, lo juzgamos; cuando traicionamos a Jesús
con nuestros pecados.El Cenáculo nos recuerda la comunión, la
fraternidad, la armonía, la paz entre nosotros. ¡Cuánto amor,
cuánto bien ha brotado del Cenáculo! ¡Cuánta caridad ha salido de
aquí, como un río de su fuente, que al principio es un arroyo y
después crece y se hace grande… Todos los santos han bebido de
aquí; el gran río de la santidad de la Iglesia siempre encuentra su
origen aquí, siempre de nuevo, del Corazón de Cristo, de la
Eucaristía, de su Espíritu Santo.El Cenáculo, finalmente, nos
recuerda el nacimiento de la nueva familia, la Iglesia, nuestra Santa
Madre Iglesia, constituida por Cristo resucitado. Una familia que
tiene una Madre, la Virgen María. Las familias cristianas pertenecen
a esta gran familia, y en ella encuentran luz y fuerza para caminar y
renovarse, mediante las fatigas y las pruebas de la vida. A esta gran
familia están invitados y llamados todos los hijos de Dios de
cualquier pueblo y lengua, todos hermanos e hijos de un único Padre
que está en los cielos.Éste es el horizonte del Cenáculo: el
horizonte del Resucitado y de la Iglesia.De aquí parte la Iglesia en
salida, animada por el soplo vital del Espíritu. Recogida en oración
con la Madre de Jesús, revive siempre la esperanza de una renovada
efusión del Espíritu Santo: Envía, Señor, tu Espíritu, y renueva
la faz de la tierra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario