Como integrantes del
Diálogo Ciudadano, y desde los Credos, la
CAJC , hace conocer la siguiente Declaración
ECOSCEA-Equipo de Prensa y Comunicación de la Conferencia Episcopal
Argentina
Declaración
"Felices
los que trabajan por la paz"
Los
obispos argentinos
Pilar - 107 Asamblea plenaria
8 de mayo de 2014, Solemnidad de Nuestra Señora de Luján
1. Como pastores del pueblo de Dios -del que provenimos y al que queremos
servir- nos dirigimos a todos los miembros de la Iglesia y a los hombres y mujeres
de buena voluntad, para compartir nuestra mirada sobre un aspecto inquietante
de la realidad nacional. Constatamos con dolor y preocupación que la Argentina está enferma
de violencia. Algunos de los síntomas son evidentes, otros más sutiles, pero de
una forma o de otra todos nos sentimos afectados. Queremos detenernos a
reflexionar sobre este drama porque creemos que el amor vence al odio y que
nuestro pueblo anhela la paz.
2. Son numerosas las formas de violencia que la sociedad padece a diario. Muchos
viven con miedo al entrar o salir de casa, o temen dejarla sola, o están
intranquilos esperando el regreso de los hijos de estudiar o trabajar. Los
hechos delictivos no solamente han aumentado en cantidad sino también en
agresividad. Una violencia cada vez más feroz y despiadada provoca lesiones
graves y llega en muchos casos al homicidio. Es evidente la incidencia de la
droga en algunas conductas violentas y en el descontrol de los que delinquen,
en quienes se percibe escasa y casi nula valoración de la vida propia y ajena.
La reiteración de estas situaciones alimenta en la población el enojo y la
indignación, que de ninguna manera justifican respuestas de venganza o de la
mal llamada “justicia por mano propia”. La creciente ola de delitos ha ganado espacio
en los diversos medios de comunicación, que no siempre informan con objetividad
y respeto a la privacidad y al dolor. Con frecuencia en nuestro país se
promueve una dialéctica que alienta las divisiones y la agresividad.
3. No se puede responsabilizar y estigmatizar a los pobres por ser tales.
Ellos sufren de manera particular la violencia y son víctimas de robos y
asesinatos, aunque no aparezcan de modo destacado en las noticias. Conviene
ampliar la mirada y reconocer que también son violencia las situaciones de
exclusión social, de privación de oportunidades, de hambre y de marginación, de
precariedad laboral, de empobrecimiento estructural de muchos, que contrasta
con la insultante ostentación de riqueza de parte de otros. A estos escenarios
violentos corremos el riesgo de habituarnos sin que nos duela el sufrimiento de
los hermanos. Todo lo que atenta contra la dignidad de la vida humana es
violación al proyecto de amor de Dios: la desnutrición infantil, gente
durmiendo en la calle, hacinamiento y abuso, violencia doméstica, abandono del
sistema educativo, peleas entre “barrabravas” a veces ligadas a dirigentes
políticos y sociales, niños limpiando parabrisas de los autos, migrantes no
acogidos e, incluso, la destrucción de la naturaleza. Hemos endurecido el
corazón incorporando estas desgracias como parte de la normalidad de la vida
social, acostumbrándonos a la injusticia y relativizando el bien y el mal. Es
creciente la tendencia al individualismo y egoísmo, de los cuales despertamos
sobresaltados cuando el delito nos afecta o toca cerca. El Papa Francisco
señala que “se ha desarrollado una globalización de la indiferencia...”
(Evangelii Gaudium 54).
4. Pero no nos ayuda culpar a los demás. Para lograr una sociedad en paz
cada uno está llamado a sanar sus propias violencias. Es necesario reconocer
las diversas crisis por las que atraviesa la familia, que es la primera escuela
de paz. En ella aprendemos la buena noticia del amor humano y la alegría de
convivir. Muchos niños y adolescentes crecen solos y en la calle provocando el
debilitamiento de los vínculos sociales. Esto también repercute en la escuela.
Episodios de violencia escolar se desarrollan ante la mirada pasiva de algunos
hasta que es demasiado tarde. Muchos jóvenes ni estudian ni trabajan, quedando
expuestos a diversas formas de violencia.
5. La corrupción, tanto pública como privada, es un verdadero “cáncer
social” (EG 60), causante de injusticia y muerte. Desviar dineros que deberían
destinarse al bien del pueblo provoca ineficiencia en servicios elementales de
salud, educación, transporte. Estos delitos habitualmente prescriben o su
persecución penal es abandonada, garantizando y afianzando la impunidad. Son
estafas económicas y morales que corroen la confianza del pueblo en las instituciones
de la República ,
y sientan las bases de un estilo de vida caracterizado por la falta de respeto
a la ley. A ello se agregan mafias del crimen organizado sin freno dedicadas a
la trata de personas para la esclavitud laboral o sexual, el tráfico de drogas
y armas, los desarmaderos de autos robados, etc.
6. Para construir una sociedad saludable es imprescindible un compromiso de
todos en el respeto de la ley. Desde las reglas más importantes establecidas en
la Constitución
Nacional , hasta las leyes de tránsito y las normas que rigen
los aspectos más cotidianos de la vida. Sólo si las leyes justas son
respetadas, y quienes las violan son sancionados, podremos reconstruir los
lazos sociales dañados por el delito, la impunidad y la falta de ejemplaridad
de quienes tenemos alguna autoridad. La obediencia a la ley es algo virtuoso y
deseable, que ennoblece y dignifica a la persona. Esto vale también para los
reclamos por nuestros derechos, que deben ser firmes pero pacíficos, sin
amenazas ni restricciones injustas a los derechos de los demás. Frente al
delito, deseamos ver jueces y fiscales que actúen con diligencia, que tengan
los medios para cumplir su función, y que gocen de la independencia, la
estabilidad y la tranquilidad necesarias. La lentitud de la Justicia deteriora la
confianza de los ciudadanos en su eficacia. Algunos profesionales suelen
utilizar de modo inescrupuloso artilugios legales para burlar o esquivar la
justicia: también esto es inmoral.
7. La cárcel genera en la sociedad la falsa ilusión de encerrar el mal, pero
ofrece pocos resultados. El sistema carcelario debe cumplir su función sin
violar los derechos fundamentales de todos los presos, cuidando su salud,
promoviendo su reeducación y recuperación. Nos duele y preocupa que casi la
mitad de los presos no tenga sentencia. La mayoría de ellos son jóvenes pobres
y sin posibilidades para contratar abogados que defiendan sus causas. Ningún
delito justifica el maltrato o la falta de respeto a la dignidad de los
detenidos. Gracias a Dios algunos cumplen la palabra de Jesús: “Estuve preso y
me visitaron” (Mt 25,36).
8. Nos estamos acostumbrando a la violencia verbal, a las calumnias y a la
mentira, que “socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las
relaciones sociales” (Catecismo de la Iglesia Católica ,
2486). Urge en la Argentina
recuperar el compromiso con la verdad, en todas sus dimensiones. Sin ese paso
estamos condenados al desencuentro y a una falsa apariencia de diálogo.
9. Estos síntomas son graves. Sin embargo, en el cuerpo de nuestra sociedad
se encuentran también los recursos para afrontar el paciente camino de la
recuperación. Todos estamos involucrados en primera persona. Destacamos, ante
todo, el profundo anhelo de paz que sigue animando el compromiso de tantos
ciudadanos. No hay aquí distinción entre creyentes y quienes no lo son. Todos
estamos llamados a la tarea de educarnos para la paz.
10. Nosotros creemos que Dios es “fuente de toda razón y justicia” y que los
peores males brotan del propio corazón humano. El vínculo de amor con Jesús
vivo cura nuestra violencia más profunda y es el camino para avanzar en la
amistad social y en la cultura del encuentro. A esto se refiere el Papa
Francisco cuando nos invita a “cuidarnos unos a otros”. Jesús nos enseñó que
“Dios hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e
injustos” (Mt 5, 45). No hay persona que esté fuera de su corazón. En su
proyecto de amor la humanidad entera está llamada a la plenitud. No hay una
vida que valga más y otras menos: la del niño y el adulto, varón o mujer,
trabajador o empresario, rico o pobre. Toda vida debe ser cuidada y ayudada en
su desarrollo desde la concepción hasta la muerte natural, en todas sus etapas
y dimensiones. Jesús es nuestra Paz, en él encontramos Vida y Vida abundante. A
Él volvemos nuestra mirada y en Él ponemos nuestra esperanza para renovar
nuestro compromiso en favor de la vida, la paz y la salud integral de nuestra
querida Patria. Jesús nos dice: “Felices los que trabajan por la paz…” (Mt
5,9). Muchos ya lo están haciendo. Hay destacables iniciativas en escuelas,
parroquias, clubes, talleres artísticos y otras organizaciones de la sociedad.
Los alentamos a seguir siendo instrumentos de paz. Exhortamos particularmente a
la dirigencia a desarrollar un diálogo que genere consensos y políticas de
estado para superar la situación actual.
11. La Virgen
de Luján, presente en el corazón creyente de tantos argentinos y argentinas,
nos anima y acompaña en nuestro empeño “…porque cada vez que miramos a María
volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. En ella vemos
que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los
fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes…” (EG
288)

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