Publicado
en Valores Religiosos online,
el 8 de mayo de 2014
Autor: P. Ignacio Pérez del Viso *
Hace 40 años fue ametrallado
el P. Mugica. Lo conocí en el seminario y después en la universidad del
Salvador, donde él era profesor de teología y yo director del departamento.
Para los más tradicionales, era un cura conflictivo, amigo de guerrilleros. Para
los renovadores, era un sacerdote auténtico, comprometido con los marginados.
Yo lo veía como un hombre muy
consciente de su vocación, aunque pienso que debería haber guardado más
distancia del accionar político, entonces muy conflictivo. Las categorías de pueblo
y anti-pueblo que llevaban a opciones en favor de las "inmensas
mayorías", hoy han perdido vigencia. Quien vota por un partido minoritario
no es visto como integrante del “anti-pueblo” sino como constructor de la
democracia. Pero Cámpora y Perón emergen aún hoy como símbolos opuestos del pueblo.
Carlos trabajaba en la Villa pero era también un
profesor universitario que atrapaba a sus oyentes. En 1970 recibí un petitorio,
firmado por los alumnos de un curso de Derecho, pidiendo continuar con él como
profesor al año siguiente. No se limitaba a exponer ideas. Presentaba problemas,
que exigían compromisos. Sin embargo, ese estilo de sacudir las conciencias no
lo llevaba a tirar por la borda los esquemas tradicionales. En las reuniones mensuales
de profesores mostraba interés por rescatar los valores de personas alejadas de
la religión, sin sacrificar por ello los principios.
Mugica no perdía tiempo en
aclarar sus frases de combate. Yo discrepaba con él por eso. En una ocasión cedió
y firmó una declaración a los diarios, que yo le había redactado. En otra, un
juez lo encarceló por “apología del delito”, al ponderar a dos jóvenes guerrilleros
muertos en un enfrentamiento. Pero cuando el juez escuchó las grabaciones
hechas por la policía, vio que le atribuían algo que no había dicho y dispuso
su libertad.
En otra ocasión, Carlos fue
sancionado por el arzobispo de Buenos Aires por sus expresiones chocantes, con 30 días de
suspensión como sacerdote. Fui a pedirle al cardenal Aramburu que le redujera
la sanción, para evitar problemas con sus clases de teología. El arzobispo se
agarró la cabeza y me respondió: ¡Padre, no sabe Ud. lo que me han pedido! Con
todo, tuve la impresión de que el cardenal lo quería a Mugica y esperaba que
con esta “leve” sanción calmaría a los opositores. Al mismo tiempo me
sorprendió la serenidad interior de Carlos durante esos 30 días. No expresó
resentimiento contra el cardenal, a quien sentía como su padre en la fe.
Creo que Carlos tuvo un
presentimiento de cómo terminaría su vida. En esos momentos de confusión, su
figura resultaba molesta para muchos, de un lado y de otro. Pero no se ocultó,
no se expatrió. Su fe fue superior al miedo. Puso su vida en las manos de Dios.
Pastores como el padre Mugica y el obispo Angelelli nos recuerdan que debemos
ser libres al dar testimonio de nuestra fe en favor de la justicia.
*
Profesor en la Facultad
de Teología de San Miguel

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