reflexión
acerca de esta festividad,
Judíos y
cristianos, en nuestras “Pascua ritual”, propia de los dos Testamentos.
Por Aldo
Ranieri
Quisiera compartir con Uds una
interpretación del sentido de la
Pascua que, a mi parecer, es válida para todos “los hombres
de buena voluntad”. Lo haremos partiendo de textos bíblicos de la Primera y de la Segunda Alianza. En efecto
celebramos dos fiestas de Pascua: la primera es la del Libro del Éxodo 12, en
donde la Pascua
está definida como un “precepto permanente”, y entendemos esta expresión como
que no será ni va a ser nunca derogado. Es la Pascua celebrada aún hoy por el Judaísmo, la Pascua de la liberación. Dice el Éxodo: “El
Señor pasará para castigar a Egipto, pero al ver la sangre en el dintel… pasará
de largo por aquella puerta… y no permitirá que el Exterminador entre en sus
casas para castigarlos.” (12, 23). Aparece en este texto la forma verbal pasaj que significa “pasar de largo” y
que en su forma nominal pᵉsaj significa
también “víctima pascual”. Entendemos con esto que la celebración pascual de la Primera Alianza es un rito
perpetuo, que celebrará para siempre que el Señor defenderá a los más débiles
contra toda clase de opresor. Este rito tiene dos acontecimientos que subrayan
su sentido de liberación del débil de parte del Señor.
El primero es cuando el Señor revela su
nombre a Moisés: “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14). En realidad no le hace conocer
su nombre con una forma de cualificación de identidad, como podría ser un
substantivo, sino que le revela su nombre mediante una forma verbal: hawwah que se podría traducir como el que lleva a la existencia, o el ser
existente en si mismo. El asunto es
que lo que hace este Ser y el sentido de Su existencia hay que deducirlo del
contexto. En efecto, lo encontramos poco antes. Dios le dice a Moisés: “… Yo he
visto como son oprimidos por los egipcios. Ahora ve, yo te envío al Faraón para
que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas.” (Ex 3, 9 – 10). Dios a
Moisés se identifica a sí mismo como el que está allí para liberar a los
oprimidos que no tienen salvación y hacer de ellos un pueblo de reyes y
sacerdotes.
El
segundo acontecimiento es el paso del Mar de las Cañas, más conocido como Mar
Rojo. Cuando las aguas volvieron, cubrieron (Ex 14, 28) al faraón y su
ejército, es decir que los envolvieron, los escondieron, como que éstos
quedaron identificados con ellas. En otras palabras esto significa que el
faraón, transformado ahora en símbolo de todos los poderes opresores del ser
humano, quedó al acecho, se camufló, pero no desapareció. Tanto es así que
volveremos a encontrarlo bajo otros nombres: el imperio asirio, persa, romano
etc. Hoy diríamos: narcotráfico, trata de personas, esclavitud, explotación económica etc.
Entonces, cuando hoy en día el Judaísmo celebra su Pascua, celebra esta
presencia liberadora del Señor: es el testigo de que Dios sigue fiel a la
revelación de su Nombre. En otras palabras, la Pascua israelita tiene
plena vigencia, sus ritos no son obsoletos, no son superados, sino que son un
“precepto permanente”.
¿Y
qué sentido tiene la Pascua
cristiana? Para que sea posible la hermandad universal del ser humano, tiene
que desaparecer toda violencia y opresión entre nosotros. En otras palabras, el
faraón tiene que desaparecer del todo de en medio de la humanidad. Pero esta
vez se trata del faraón escondido en el corazón de cada hombre, como el deseo
de poder, la insaciable codicia y ambición, en fin esa corrupción que aparece
en miles de maneras cotidianamente y de la cual todos tenemos experiencia. El
autor del libro del Apocalipsis dice: “Luego
vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera
tierra desaparecieron y el Mar ya no existe más.” (Ap 21, 1). Aquí el Mar es otra vez el faraón, en el
sentido que dijimos antes. El profeta anuncia así el resultado de la Pascua cristiana, que no
elimina la pascua judía, sino que la asume y la lleva a un cumplimiento
perfecto. El texto del Nuevo Testamento que nos explica esto es la Carta a los Hebreos. Esta carta no es de
Pablo, sino de un Judeocristiano desconocido de origen farisea y eximio
conocedor de las Escrituras, que la escribe para las comunidades judías que
habían aceptado el mensaje de Jesús. El planteo que le hicieron estas comunidades
era el siguiente: a Jesús lo mataron no todo el pueblo judío, sino los
Saduceos, el partido de los Sumos Sacerdotes, utilizando a los romanos; y sin
embargo Jesús fue resucitado por Dios, claro signo de que lo que Jesús fue dijo
y enseñó, Le era agradable. Pero esto también quería decir que Dios rechazaba la clase sacerdotal judía. La
dificultad nacía del hecho de que Jesús no era un sacerdote, era un laico de la
tribu de Judá. La pregunta de esos primitivos cristianos era entonces: ¿Quién
pudo haberlo declarado Sacerdote? Y si así fuere, ¿Quién sería ahora el
sacerdote, dado que Jesús ascendió a los cielos? El autor inspirado nos revela
que Jesús es ahora el único sacerdote, porque fue declarado tal por su mismo
Padre en el Getsemaní, pero no según el orden de Aarón, un sacerdocio terrenal,
sino según el orden de Melquisedec, un sacerdocio eterno, es decir una
mediación efectiva y eterna entre Dios y los hombres. Se da así un cambio de
calidad en el sacerdocio. Nosotros entendemos que en el Getsemaní hubo la Pascua real, cósmica, que abarca todo lo
creado y lo libera definitivamente del mal. Esto fue obra sólo de Jesús y se desarrolló en el ámbito interior de su
persona divino-humana. En el Getsemaní se jugó el sentido de todo: del Padre en
su poder creador; del Mal y la
Muerte como rebelión inevitable contra el Padre de todo lo
que Él crea; del Espíritu Santo amor que une a Jesús a su Padre y a toda
creatura; y de Jesús hombre a merced de todo lo tenebroso y mortal del creado.
Nadie fue testigo de eso, porque Jesús se hizo cargo de la enorme cantidad de
pecados de toda la humanidad, habida y por haber, como si hubiera sido él el
que los cometió, y se hizo cargo por el gran amor con que nos amaba. Fue
realmente nuestro hermano. Por un momento esto lo puso en poder de la Muerte , del Mal cósmico y
metafísico que nos corrompe a todos, nos hace rebeldes a Dios y destructores de
los hermanos y nos supera sin límite, como lo atestigua el hecho que todos morimos. Desde esta situación, Jesús se
presentó al Padre y, por el infinito amor con que él amaba a su Padre y a
nosotros, Le pidió que perdonara a todos gratuitamente, aceptando él, en su
cuerpo, la sanción que les tocaba a nosotros los rebeldes. Como Hijo de Dios y
ser humano, se sometió absolutamente a la voluntad del Padre. Es cierto que
llevaba nuestros pecados, pero nunca había sido cómplice con nosotros en la
rebelión a Dios, y Dios aceptó el pedido de su Hijo. Este enorme acto de amor y
de humildad de Jesús en su aspecto humano, se opuso con una fuerza infinita
contra toda soberbia y rebelión creatural y aniquiló el Mal y la Muerte. Por primera vez,
una creatura como nosotros, Jesús dijo “No!” a toda tentación de
auto-divinizarse, sustituyéndose a Dios, a expensas de los hermanos. Así,
limpió definitivamente toda creación de la Corrupción y del Pecado, pero su cuerpo registró
la violencia del combate sudando sangre. El texto de la Carta insiste sobre la
eficacia de una acción transformadora del Padre en la humanidad de Jesús que
purificó absolutamente de toda corrupción, y para siempre, a todo ser creado,
humano o de cualquier otra creación, y que sea libre y consciente. Esta acción
mediadora de Jesús consistió así en dos momentos: una súplica de perdón
gratuito y una ofrenda de su cuerpo para
recibir él la sanción que nos tocaba. Nosotros éramos los rebeldes, no él.
Jesús, cuando salió del Getsemaní, sabía que había vencido. Entonces la
narrativa de su pasión, muerte y resurrección que encontramos en los
evangelios, la podríamos denominar la Pascua histórica, acontecimientos crueles y
sangrientos sobre su cuerpo para que nosotros pudiéramos ver los que de otra
manera nos hubiera sido oculto para siempre: la lucha cósmica del Getsemaní.
Por último, todo esto lo celebramos, judíos
y cristianos, en nuestras “Pascua
ritual”, propia de los dos
Testamentos. Ésta es el memorial, la celebración litúrgica, repetida todos los
años, en la que reafirmamos constantemente nuestra fe de que los
acontecimientos del Mar de las Cañas y del Getsemaní – Monte Calvario siguen
siendo reales, construyendo incansablemente seres humanos libres y solidarios
en todas las generaciones que se van
subsiguiendo a lo largo de los tiempos.

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