PORTALES AÑEJOS DE PESAJ
Y PASCUAS
Por el rabino Marcelo
Polakoff
rabino en Còrdoba que preside la Asamblea Rabìnica
Latinoamericana desde 2010
Algunos,
sin saberlo, suponen que son alarmas.
Parecen, pero no. En todo caso, es otro tipo de dispositivo pero con una
función similar: la de dar cuenta acerca de movimientos importantes a través de
las casas.
Es
que en la mayoría de los hogares de las familias judías, sobre el marco de la
puerta de entrada (tal vez en otras puertas internas también) es muy probable
que se encuentre una pequeña cajita de aproximadamente unos 10 cm de
largo por unos 3 cm de ancho, cuyo contenido principal está oculto en
su interior.
Allí
dentro, muy bien enrollado, descansa un diminuto pergamino de cuero animal que
contiene dos párrafos bíblicos (tomados de Deuteronomio 6 y 11) que comienzan
con una declaración de fe en la existencia de un único Dios.
Es
la llamada “mezuzá”, un objeto que -con más de tres mil años de tradición
encima-, persiste a través del tiempo y del espacio, más allá de todo estilo
arquitectónico.
Su
ubicación no tiene nada de fortuito, y está completamente entroncada con la
fiesta de Pesaj, la fiesta de Pascua.
Para
comprender su sentido es menester remontarnos a tierras egipcias bajo el
dominio de un tirano faraón que venía esclavizando por centurias al pueblo
hebreo. El libro del Éxodo nos relata en detalle cómo fue esta primera gesta
libertadora registrada por la historia y que -conducida por Moisés- tenía como
objetivo central la constitución de una nación enraizada bajo el imperio de la
ley divina, concentrada en la recepción de los Diez Mandamientos.
La
salida de la servidumbre se produjo recién después de las diez famosas plagas
que azotaron al imperio más poderoso de la época con todo tipo de calamidades.
La última de ellas -la muerte de los primogénitos- tenía como condición para
los hebreos marcar con sangre de cordero el borde de sus puertas a fin de que
la mortandad se “saltee” (“pasaj” en hebreo o “pascua” en griego ya latinizado)
a sus hogares.
¿Por
qué precisamente en la puerta? Porque es el límite exacto entre el dominio
privado y el dominio público. Porque es lo que conecta intimidad con comunidad.
Porque es la frontera entre lo que es puertas adentro y lo que se es puertas
afuera.
Toda
“mezuzá” de alguna manera recuerda aquel momento fundacional, un momento de
temor supremo ligado taxativamente a la idea de la muerte, y en el que la
puerta estaba indefectiblemente cerrada.
Sin
embargo, ya a partir del primer aniversario de este hecho en plena travesía por
el desierto, y de allí en más sin interrupción alguna hasta hoy, más de tres
milenios y tanto después, en las noches de Pesaj en medio del encuentro de la
cena familiar que re-actualiza en cada generación la salida de Egipto, las
puertas de los hogares paradójicamente requieren ser abiertas.
Al
iniciarse el ritual -y mientras se abre la puerta casa- se recita una
antiquísima plegaria en arameo que reza: “Este es el pan de la pobreza que comieron nuestros
antepasados. Quien tenga hambre que venga y que coma. Todo el que tenga
necesidad, que venga y celebre con nosotros”.
No se puede festejar en
plenitud la libertad a puertas cerradas. No se puede celebrar judaicamente
Pesaj (y me atrevo a decir que tampoco la Pascua cristiana) sin
compartir el alimento con quien le falta, y la compañía con quien está solo.
Casi al finalizar la
cena, el “seder”, la puerta debe volver a abrirse una segunda vez. En este caso
es para dejar entrar -simbólicamente- al profeta Elías, el responsable de
anunciar la redención final, cuando todos los hombres y mujeres del mundo
puedan convivir sin ningún tipo de opresión.
Portales añejos, cargados
de sentido, que nos invitan una vez más a asomarnos al prójimo, y a través del
prójimo, también asomarnos a Dios.

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