Clarín
24/08/13
Me
dicen Lilo pero mi verdadero nombre es Liselotte Leiser de
Nesviginsky. Tengo 94 años, nací en Berlín, en una familia judía
que era dueña de una importante cadena de zapaterías y llegué a la
Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Soy viuda luego de
haber estado casada más de 50 años con un hombre extraordinario,
buen compañero de vida y aventuras. Mi único hijo se llama Jorge,
58 años.
Soy,
también, una
sobreviviente del nazismo.
Claro que ese calificativo no alcanzaría para definirme como
persona, pero creo que es una forma posible de empezar a presentarme.
Voy a ir por partes. La cadena de zapaterías de mi familia,
“Leiser”, llevaba nuestro apellido y tenía más de treinta y
cinco sucursales. Para el año 1933 aproximadamente estuvo
de visita en uno de nuestros negocios Alberto Enrique Grimoldi,
el conocido fabricante argentino de zapatos, hijo a su vez de quien
fundó esa empresa en 1895. Alberto había venido para aprender en
los negocios de mi familia todo lo relacionado con la atención al
cliente, la venta de calzado al público, la comercialización del
producto. Recuerdo como si fuera hoy que Alberto se sentó en
banquito de madera de esos que se usaban entonces para ver en
detalle, en vivo y en directo como se dice ahora, el procedimiento
que utilizaban los vendedores de la firma.
Ninguno
de nosotros podía imaginar la importancia que tendría ese
hombre que
de tal modo se cruzó con nuestras vidas para siempre.
Pasaron
los años y la oscura estrella de Hitler siguió ascendiendo en una
Alemania que se volvía cada vez más peligrosa y temible. En el año
33 la cadena Leiser, cuyas fotografías pueden verse hoy en el Centro
Conmemorativo del Holocausto de Montreal, fue “arianizada” y,
como consecuencia de ese despojo
cruel y racista,
mi familia fue obligada a “asociarse” en forma compulsiva con una
persona no judía y así pasar el negocio a manos “arias”. En
noviembre de 1938 se produjo la tristemente
célebre noche de los cristales rotos,
esa que quedó en la historia de Alemania con el nombre
de Kristallnacht .
A
partir de ese episodio vinieron ataques permanentes y cada vez más
duros contra los judíos con persecuciones de todo tipo. Sin ir más
lejos, ya unos años antes, yo asistía a un liceo de señoritas
hasta que a la edad de catorce años fui notificada por una profesora
diciéndome, con una sonrisa entre cínica y fría, pero también
como un alerta de lo que se venía, que debía buscar inmediatamente
otro lugar ya que por
ser judía no podría continuar estudiando en ese liceo.
Cuando
la situación se volvió intolerable para todos nosotros, mis padres
decidieron viajar conmigo desde Berlín a Holanda procurando buscar
un lugar más seguro y tranquilo. Recuerdo ese momento crítico y
angustiante con el mayor detalle que mi débil memoria permite.
Íbamos a embarcarnos, creo, en un avión de la línea Lufthansa.
En la
aduana los SS nos desnudaron por completo para
comprobar que no lleváramos joyas escondidas en el cuerpo… Así
era la vida entonces. En Amsterdam mi familia poseía también una
cadena de zapaterías conocida como Huff ,
no tan grande como la de Alemania, pero igualmente importante y
prestigiosa. En el nuevo destino no disfrutamos de la suerte
esperada.
En
mayo de 1940 también ese país fue invadido y ocupado por los nazis.
Ante el riesgo de perder también los negocios en Amsterdam se
produjo la segunda y milagrosa intervención de Grimoldi, quien se
hizo cargo de la cadena en Holanda mediante una operación comercial
obviamente ficticia y con la
promesa de devolver el patrimonio recibido no
bien terminara la Guerra. Un verdadero pacto de caballeros. También
–aunque yo era muy joven para conocer el detalle– sé que cuando
mi familia aún estaba en Alemania le
envió dinero a él con la sola promesa de palabra de
que luego lo devolvería. Y así fue. A veces me preguntan por qué
mi familia confió tanto en Grimoldi. La respuesta es mucho más
simple de lo que podría suponerse. Mis padres decidieron asumir el
riesgo y, así, aferrarse a la promesa de ese hombre que, en un mundo
que se les caía encima, les generaba confianza. A veces en la vida
hay que dar un espacio a los valores
permanentes de la condición humana.
Lo
que pasó después es algo muy triste de contar y evocar para mí. Un
día, a las seis de la mañana yo estaba parada y como perdida en la
puerta de nuestra casa en Amsterdam; en la noche anterior había
salido a bailar con unos amigos en un bar de las cercanías cuando
llegaron los de la Gestapo. Debo advertir que un poco antes de
eso, en
un último y desesperado intento de prevención y anticipo de la
tragedia inminente,
mi familia obtuvo a cambio de una fuerte suma de dinero pasaportes
costarricenses. Fueron otorgados por el conde Rautenberg, cónsul por
entonces de ese país centroamericano. Me animo a decir que la
posesión de esos documentos que nos brindaron la ciudadanía de un
país que jamás conocimos nos
salvó la vida.
Y no exagero. De no contar con ellos nuestro destino
seguro eran las cámaras de gas de Auschwitz.
Pero aún con esa ventaja adicional nos llevaron primero a un colegio
grandote donde dormíamos en el piso en condiciones muy precarias y
finalmente terminamos alojados en el campo de concentración de
Westerbork, un lugar de tránsito en realidad. Fue el mismo donde
estuvo Ana Frank, la autora del famoso diario íntimo, antes de ser
trasladada a Auschwitz para matarla
como ya lo habían hecho los nazis con una tía mía, su esposo y su
pequeña hija.
En
Westerbork dormíamos en barracas ruinosas y fuimos tratados como
animales o menos que eso. De un lado pusieron a los hombres y del
otro a las mujeres. Hacíamos nuestras necesidades en letrinas
asquerosas, simples agujeros cavados en el piso, y nos limpiábamos
con papel de diario cuando había. Las camas, de dos o tres pisos de
alto, eran de hierro y con colchones de paja.
Por
las mañanas nos lavábamos como podíamos en los mismos bebederos
que se usaban para el ganado. Tengo de esa época un recuerdo
insignificante pero, quién sabe por qué, muy importante para mí.
Secretamente me hice una almohadita
rellena con crines de caballo que llevé y usé en todos los
lugares por
donde anduve en la vida. Aún hoy la conservo… Dentro de todo, y en
comparación con los demás, tuve suerte porque una prima mía ya
estaba en el campo y se había hecho amiga de uno de los médicos que
trabajaban ahí. Si no me equivoco se trataba del doctor Spanier,
también judío y obligado a trabajar como todos en el hospital del
lugar. Yo, usando un brazalete que todavía conservo al igual que la
estrella amarilla que nos obligaban a llevar en todo momento, trabajé
en el hospital como cocinera. Para alimentar a mis padres y a otras
personas juntaba
a escondidas viejas cáscaras de papas, zanahorias o batatas y
con eso, más algunos huesos que encontraba por ahí, preparaba una
especie de sopa horrible que sin embargo sirvió de alimento para
muchos.
Lo
que sigue a esta historia tiene que ver con la ansiada liberación.
Llegó al lugar una autoridad de la cancillería alemana y constató
la autenticidad de nuestros pasaportes costarricenses. Hacia 1944 nos
trasladaron entonces a un campo de refugiados en Francia llamado la
Bourboule. Una semana después se produjo el desembarco en Normandía
y, qué emoción me da contarlo ahora, nos
abrazamos todos llorando y corrimos hacia los alambrados de púas,
los cortamos casi con los dientes y
gritamos la palabra libertad, libertad, libertad, una, dos, cien
veces. Una nueva vida empezaba para mí en ese instante. Y lo vivido
entonces fue inolvidable para mí, para mis padres y para las demás
víctimas judías o de otro origen que habían conseguido sobrevivir
a una vida espantosa en el mejor de los casos …
o a una muerte segura.
Dado
que conocíamos a gente amiga y familiares en Uruguay nos embarcamos
hacia ese país, más precisamente a Montevideo, donde, en el barrio
de Pocitos, permanecimos alojados durante aproximadamente nueve meses
en una pensión. Queríamos ingresar a la Argentina pero eso no
parecía posible por razones políticas:
sabemos que la Argentina puso trabas para la inmigración de los
judíos durante esa época.
Es entonces cuando se produce la tercera y nuevamente milagrosa
aparición de Alberto Enrique Grimoldi, a quien por supuesto no
olvidábamos. Él tenía contactos a diferentes niveles
gubernamentales de Argentina y actuó como garante personal para
permitir nuestra llegada a este país. Parece que le dijo al
gobierno, presidido entonces por Perón, que nuestro conocimiento era
fundamental para potenciar sus planes en la empresa. Acto seguido
Grimoldi devolvió a mi familia el dinero y todo el patrimonio de los
negocios de Holanda que habían quedado a su nombre, un gesto que mi
familia conoce muy bien y que rescato
en mi memoria como un tesoro inapreciable y eterno.
Es
curioso lo que pasó después o... lo que no pasó. Junto a mi marido
me dediqué a la actividad turística, llegamos a organizar el primer
contingente de viajeros argentinos a la Antártida, la vida siguió
su curso. Pero lo cierto es que finalmente perdí
todo contacto con los Grimoldi.
Alcancé
a saber que el hombre que nos había ayudado tanto en momentos de
grave riesgo para mi familia había muerto si no me equivoco en 1953.
Todo lo vivido pareció entonces perderse para siempre en el olvido.
Un día, no sé por qué, me puse en campaña junto a Virginia, una
gran amiga y asistente, para ubicar a los Grimoldi. Fue como
querer retomar
en parte el hilo que se había roto.
Ayudó en tal sentido un artículo aparecido en un diario donde se
mencionaba a esa familia y su historia con algún detalle. Virginia,
bastante más moderna que yo en el manejo de Internet y esas cosas,
se ingenió para dar con Grimoldi hijo, el actual presidente gerente
de la empresa.
Le
enviamos juntas un mensaje electrónico y así se retomó el vínculo.
Fui invitada
a una reunión convocada en la fábrica con toda la familia para
que yo contara el comportamiento que tuvo Alberto con nosotros. Eso
fue muy emocionante para todos. Lo que dije en ese encuentro lo
repito ahora. Ojalá todos los hombres actuaran como lo hizo
Grimoldi. Su hijo, Alberto Luis, es el actual presidente y gerente de
la empresa y más allá de eso es, debo decirlo con todas las letras,
un amigo permanente de la familia que nunca se olvida de nosotros.
Tengo
94 años y pese a todo lo pasado y sufrido estoy feliz de estar aún
en el mundo. ¡Me gusta la vida! Y si me toca morir preferiría que
fuera de repente, sin dolor… y rodeada por todos mis seres
queridos.

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