250. Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe
caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no
cristianas, a pesar de los varios obstáculos y dificultades,
particularmente los fundamentalismos de ambas partes. Este diálogo
interreligioso es una condición necesaria para la paz en el mundo, y
por lo tanto es un deber para los cristianos, así como para otras
comunidades religiosas. Este diálogo es, en primer lugar, una
conversación sobre la vida humana o simplemente, como proponen
los Obispos de la India, «estar abiertos a ellos, compartiendo sus
alegrías y penas».[194]
Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de
ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos
el deber de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en
un criterio básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se
busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo
meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas
condiciones sociales. Los esfuerzos en torno a un tema específico
pueden convertirse en un proceso en el que, a través de la escucha
del otro, ambas partes encuentren purificación y enriquecimiento.
Por lo tanto, estos esfuerzos también pueden tener el significado
del amor a la verdad.
251. En este dialogo, siempre amable y cordial, nunca se debe
descuidar el vínculo esencial entre diálogo y anuncio, que lleva a
la Iglesia a mantener y a intensificar las relaciones con los no
cristianos.[195] Un
sincretismo conciliador sería en el fondo un totalitarismo de
quienes pretenden conciliar prescindiendo de valores que los
trascienden y de los cuales no son dueños. La verdadera apertura
implica mantenerse firme en las propias convicciones más hondas, con
una identidad clara y gozosa, pero «abierto a comprender las del
otro» y «sabiendo que el diálogo realmente puede enriquecer a cada
uno».[196]
No nos sirve una apertura diplomática, que dice que sí a todo para
evitar problemas, porque sería un modo de engañar al otro y de
negarle el bien que uno ha recibido como un don para compartir
generosamente. La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos
de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente.[197]
252. En esta época adquiere gran importancia la relación con los
creyentes del Islam, hoy particularmente presentes en muchos países
de tradición cristiana donde pueden celebrar libremente su culto y
vivir integrados en la sociedad. Nunca hay que olvidar que ellos,
«confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un
Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día
final».[198] Los
escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas
cristianas; Jesucristo y María son objeto de profunda veneración y
es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del
Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de
participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, muchos
de ellos tienen una profunda convicción de que la propia vida, en su
totalidad, es de Dios y para Él. También reconocen la necesidad de
responderle con un compromiso ético y con la misericordia hacia los
más pobres.
253. Para
sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada
formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y
gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean
capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las
inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las
convicciones comunes. Los cristianos deberíamos acoger con afecto y
respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países,
del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en
los países de tradición islámica. ¡Ruego, imploro humildemente a
esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su
culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes
del Islam gozan en los países occidentales! Frente a episodios de
fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los
verdaderos creyentes del Islam debe llevarnos a evitar odiosas
generalizaciones, porque el verdadero Islam y una adecuada
interpretación del Corán se oponen a toda violencia.
254. Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a
su conciencia, pueden vivir «justificados mediante la gracia de
Dios»,[199] y
así «asociados al misterio pascual de Jesucristo».[200]
Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante,
la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos,
expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia
comunitaria de camino hacia Dios.[201]
No tienen el sentido y la eficacia de los Sacramentos instituidos por
Cristo, pero pueden ser cauces que el mismo Espíritu suscite para
liberar a los no cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias
religiosas meramente individuales. El mismo Espíritu suscita en
todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a
sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y
armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza
consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir
mejor nuestras propias convicciones.

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