Rabino Ioni
Shalom
La
festividad de Jánuca recuerda la salvación del pueblo judío hacia
el Siglo II a.e.c., la recuperación de la
independencia y el ejemplo de
autodeterminación de los pueblos. Jánuca
rememora la lucha por mantener la propia
identidad sin imponerla al otro. Jánuca, recuerda que cuando Israel
recuperó el Beit haMikdash (el gran Templo de Jerusalem) de mano de
los griegos y lo purificó, encontró allí tan solo una vasija de
aceite para mantener viva la llama que debía arden dentro. Aquel
aceite alcanzaba solo para un día. Sin embargo, el milagro de Jánuca
logró que aquel aceite durara ochos días y de esa manera dar el
tiempo suficiente para poder producir un nuevo aceite. Por este
motivo, en Jánuca se encienden velas durante ocho días.
Una
de las grandes preguntas que la tradición judía se hizo a lo largo
del tiempo es cómo deben encenderse las luminarias de Jánuca.
Existen dos opiniones al respecto. La escuela del sabio Shamai,
explica que de acuerdo a la simbología de lo que sucedió en el
Templo, se deben encender el primer día ocho velas, el segundo día
siete y así seguir sucesivamente hasta llegar al octavo día con una
sola vela. De esta manera se estaría representando lo que allí
sucedió: al principio había más aceite (y por eso el primer día
deberían haber más velas) y el último día quedó poco aceite
(similar a la única vela del final). En cambio, la casa del sabio
Hillel, sostenía que las velas de Jánuca debían encenderse de
manera ascendente: el primer día una vela, el segundo día dos y así
sucesivamente hasta llegar al octavo día de Jánuca donde se
encienden ocho velas. Esta última es la opción que se estableció
para el encendido de las velas de Jánuca.
La
pregunta es por qué esta discusión fue tan importante? Por qué los
sabios utilizaban tanto tiempo en estas cuestiones técnicas? No
sería lo mismo hacerlo de una manera o de otra, si comprendemos el
simbolismo? O será que las escuelas de Shamai e Hillel estaban
discutiendo alguna otra cuestión más profunda y difícil de
comprender?
De
acuerdo a los sabios de Israel (Tanjuma Vaiesheb 4), la oscuridad es
un símbolo del mal y la muerte y proviene ya desde la época de la
creación del mundo. Si las velas de Jánuca vienen a combatir la
oscuridad, entonces la pregunta que los sabios se estaban haciendo (y
que nos hacen a nosotros) no es cómo encender un candelabro sino que
es: "cómo se combate la
oscuridad"? Dicho de otro
modo: "cómo se combate la
muerte y el mal"? Cómo
podemos hacer nosotros, hombres y mujeres, para poder combatir el mal
en el mundo y traer un poco más de paz?
La
respuesta a esta profunda pregunta de los sabios, está en la
naturaleza misma del fuego con el que encendemos las velas de Jánuca.
Una de las características del fuego es que quema. Al principio, se
muestra como grande y majestuoso. El fuego imponente atrae y llama la
atención. Su poder es total y arrasador. Tal como la opción de la
escuela de Shamai, comienza con mucho… pero qué queda? Tras el
paso del fuego que quema, solo quedan cenizas y la oscuridad vuelve
nuevamente a reinar. Este fenómeno representa a aquellas personas
que desean combatir la oscuridad con el fuego de la intolerancia
destructiva. Con un gran espectáculo y con demostraciones falsas de
poder, intentan arrebatar a todo aquel que tiene una idea diferente.
Con fuego en sus miradas, se proponen destruir todo aquello que sea
distinto y volver nuevamente a la oscuridad, donde tan solo se ve una
sola verdad y por tanto no se ve nada.
En
cambio, está la otra manera de encender el candelabro de Jánuca: de
manera ascendente, tal como enseñaba Hillel. De esta manera, la luz
en lugar de disminuir, se va incrementando e incrementa la santidad.
La luz se contagia y permite iluminar nuevas verdades y enriquecerse
con ellas. Permite mirar las cosas de un modo distinto y encontrar
nuevas visiones nunca antes imaginadas. Las luces cuando se suman y
se combinan, permiten mirarnos el uno al otro desde una óptica
distinta y valorar las diferencias. Esta luz y esta manera de
combatir el mal, suma visiones, entendimiento y diálogo, dejando de
lado la intolerancia y el odio.
Si
todos los pueblos y tradiciones religiosas pudiéramos aprender de
este mensaje, tal vez podríamos traer al mundo una nueva era de paz,
donde todos podamos convivir, respetar y celebrar las diferencias.
Donde todos podamos iluminarnos el uno al otro, dejando de lado la
persecución, el odio y la intolerancia. Un mundo donde la oscuridad
no vuelva a brillar y podamos unirnos a la eterna luz de Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario