Hans Küng - Publicado en VALORES RELIGIOSOS *el 3/03/2013
La Primavera Árabe hizo tambalear a toda una serie de
regímenes autocráticos. Con la renuncia del papa Benedicto XVI, ¿no sería
posible algo similar en la Iglesia Católica, una Primavera Vaticana? El sistema
de la Iglesia Católica naturalmente se parece menos a Túnez o Egipto que a una
monarquía absoluta como Arabia Saudita. En ambos casos no hay reformas
auténticas, sólo concesiones menores. En ambas, se invoca la tradición para
oponerse a la reforma.¿Pero esa tradición es verdadera? La iglesia se mantuvo durante
un milenio sin un papado monárquico absolutista del tipo que conocemos hoy. Fue
sólo en el siglo XI cuando una "revolución desde arriba", la
"Reforma Gregoriana" iniciada por el papa Gregorio VII, nos legó las
tres características imperecederas del sistema romano: un papado
centralista-absolutista, clericalismo forzoso y celibato obligatorio para los
sacerdotes. Los esfuerzos de los concilios de reforma del siglo XV, los
reformistas del siglo XVI, la Ilustración y la Revolución Francesa de los siglos
XVII y XVIII y el liberalismo del siglo XIX tuvieron un éxito parcial. El
Concilio Vaticano II, si bien abordó muchas de las preocupaciones de los
reformistas y los críticos modernos, se vio frustrado por el poder de la Curia,
el órgano de gobierno de la iglesia.En 2005, Benedicto mantuvo conmigo una
cordial conversación de 4 horas en su residencia de verano de Castelgandolfo en
Roma, una de las pocas acciones audaces de su papado. Yo había sido colega suyo
en la Universidad de Tubingen y también su más duro crítico. En 22 años,
gracias a la revocación de mi licencia de enseñanza eclesiástica por haber
criticado la infalibilidad papal, no habíamos tenido el menor contacto privado.
Para mí, y para todo el mundo católico, la reunión fue motivo de esperanza. Pero
el pontificado de Benedicto se caracterizó por las malas decisiones. El papa
irritó a las iglesias protestantes, los judíos, los musulmanes, los indios de
América Latina, las mujeres, los teólogos reformistas y todos los católicos
partidarios de la reforma.Los grandes escándalos de su papado son conocidos:
uno fue el reconocimiento de la archiconservadora Hermandad Sacerdotal San Pío
X del arzobispo Marcel Lefèvre y el del obispo Richard Williamson, que niega el
Holocausto. Otro fueron los abusos sexuales de niños y jóvenes por parte de los
sacerdotes, de cuyo encubrimiento el papa fue en gran medida responsable. Y
también estuvo el caso de los "Vatileaks", que revelaron una
espantosa cantidad de intrigas, luchas de poder, corrupción y deslices sexuales
en la Curia y que parecen ser la principal razón de la renuncia de
Benedicto.Ahora todo el mundo se pregunta: ¿El próximo papa podrá, pese a todo,
inaugurar una nueva primavera para la Iglesia Católica?En la situación
dramática que vive hoy, la iglesia necesita un papa que no viva
intelectualmente en la Edad Media, un papa que defienda la libertad de la
iglesia en el mundo no sólo dando sermones sino luchando con palabras y hechos
por la libertad y los derechos humanos dentro de la iglesia, para los teólogos,
para las mujeres y para todos los católicos que quieren decir la verdad
abiertamente, un papa que ponga en práctica una democracia apropiada en la
iglesia.
Como último teólogo activo en haber participado en el
Concilio Vaticano II (junto con Benedicto), me pregunto si, al iniciarse el
Cónclave, como ocurrió al comenzar el Concilio, no habrá un grupo de cardenales
valientes que enfrenten con firmeza a la línea dura del catolicismo y exijan un
candidato que esté dispuesto a aventurarse en nuevas direcciones.
Si el próximo cónclave elige a un papa que siga por el viejo
camino, la iglesia nunca experimentará una nueva primavera sino que caerá en
una nueva era del hielo y correrá el peligro de convertirse en una secta cada
vez más irrelevante.*
* El autor, Hans Küng,
es profesor de teología de la Universidad de Tubingen y autor de numerosos
libros, entre ellos: "Can the Church Still Be Saved?"

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