| 01.11.2019
Os recibo con placer
con motivo del 110 aniversario del Pontificio Instituto Bíblico, y agradezco al
Rector sus amables palabras. Cuando en 1909 San Pío X
fundó el “Biblicum”, le encomendó la misión de ser «un centro de altos estudios
de las Sagradas Escrituras en la ciudad de Roma, para promover con la mayor
eficacia posible la doctrina bíblica y los estudios con ella relacionados según
el espíritu de la Iglesia católica» (Litt. Ap. Vinea electa, 7 de mayo de 1909: AAS 1 [1909], 447-448).
Desde entonces, este
instituto ha trabajado para permanecer fiel a su misión, incluso en tiempos
difíciles, y ha contribuido enormemente a promover la investigación académica y
la enseñanza de los estudios bíblicos y de los campos relacionados con ellos
para los estudiantes y futuros profesores que provienen de unos setenta países.
El cardenal Augustin Bea, durante mucho tiempo rector del “Biblico” antes de
ser creado cardenal, fue el principal promotor de la Declaración conciliar Nostra Aetate, que sentó las nuevas bases para las
relaciones interreligiosas y particularmente para las judío-católicas En los
últimos años, el Instituto ha intensificado su colaboración con estudiosos judíos
y protestantes.
Doy la bienvenida a
los participantes en la Conferencia “Jesús
y los fariseos. Una revisión interdisciplinaria”, que pretende
abordar una pregunta específica e importante para nuestro tiempo y se presenta
como un resultado directo de la Declaración Nostra Aetate. Su objetivo es comprender los relatos, a veces
polémicos, acerca de los fariseos en el Nuevo Testamento y en otras fuentes
antiguas. Además, aborda la historia de las interpretaciones eruditas y
populares entre los judíos y los cristianos. Entre los cristianos y en la
sociedad secular, en varios idiomas la palabra “fariseo” a menudo significa
“persona hipócrita” o “presuntuosa”. Para muchos judíos, sin embargo, los
fariseos son los fundadores del judaísmo rabínico y por lo tanto sus ancestros
espirituales.
La historia de la
interpretación ha favorecido las imágenes negativas de los fariseos, incluso
sin una base concreta en los relatos evangélicos. Y a menudo, a lo largo del
tiempo, esta visión ha sido atribuida por los cristianos a los judíos en
general. En nuestro mundo, estos estereotipos negativos se han vuelto,
desgraciadamente, muy comunes. Uno de los estereotipos más antiguos y más
dañinos es precisamente el de “fariseo”, especialmente cuando se usa para poner
a los judíos bajo una luz negativa.
Estudios recientes
reconocen que hoy sabemos menos de los fariseos de lo que pensaban las generaciones
anteriores. Estamos menos seguros de sus orígenes y de muchas de sus enseñanzas
y prácticas. Por lo tanto, la investigación interdisciplinaria sobre las
cuestiones literarias e históricas concernientes a los fariseos tratadas en
esta conferencia contribuirá a adquirir una visión más veraz de este grupo
religioso, y también ayudará a combatir el antisemitismo.
Si analizamos el Nuevo
Testamento, vemos que San Pablo afirma que antes de conocer al Señor Jesús, uno
sus motivos de orgullo era el hecho de ser «en cuanto a la Ley, fariseo» (Flp
3, 5).
Jesús tuvo muchas
discusiones con los fariseos sobre preocupaciones comunes. Compartía con ellos
la fe en la resurrección (ver Mc 12,18-27) y aceptó otros aspectos de su
interpretación de la Torá. Si el libro de los Hechos de los Apóstoles asegura
que algunos fariseos se unieron a los seguidores de Jesús en Jerusalén (ver 15,
5), significa que tenía que haber mucho en común entre Jesús y los fariseos. El
mismo libro presenta a Gamaliel, un líder de los fariseos, que defiende a Pedro
y Juan (ver 5, 34-39).
Entre los momentos más
significativos del Evangelio de Juan se halla el encuentro de Jesús con un
fariseo llamado Nicodemo, uno de los líderes de los judíos (ver 3,1). Jesús
dice a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que
todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (3, 16). Y
Nicodemo defenderá a Jesús ante una asamblea (ver Jn 7, 50-51) y asistirá a su
sepultura (Jn 19, 39). Sea cual sea la forma en que consideramos a Nicodemo,
está claro que los diversos estereotipos sobre los fariseos no se le pueden
aplicar, ni encuentran confirmación en ninguna otra parte del Evangelio de
Juan.
Otro encuentro entre
Jesús y los líderes religiosos de su tiempo se narra de diferentes maneras en
los Evangelios sinópticos. Se trata de la cuestión del “gran” o “primer
mandamiento”. En el Evangelio de Marcos (ver 12, 28-34) la pregunta la hace un
escriba, no identificado de otro modo, que establece un diálogo respetuoso con
un maestro. Según Mateo, el escriba se convierte en un fariseo que intentaba
poner a prueba a Jesús (ver 22, 34-35). Según Marcos, Jesús concluye diciendo:
«No estás lejos del reino de Dios» (12, 34), lo que indica la gran estima que
Jesús tenía por los líderes religiosos que estaban realmente “cerca del reino
de Dios”.
Rabí Aqiba, uno de los
rabinos más famosos del siglo segundo, heredero de la enseñanza de los fariseos[1],
indicaba el pasaje de Lev 19, 18: «amarás a tu prójimo como a ti mismo» como un
gran principio de la Torá[2].
Según la tradición, murió como mártir con la Shema
en sus labios, que incluye el mandamiento de amar al Señor con todo
el corazón, el alma y las fuerzas (ver Dt 6, 4-5)[3].
Por lo tanto, hasta donde podemos saber, habría estado en armonía sustancial
con Jesús y su interlocutor escriba o fariseo. Del mismo modo, la llamada regla
de oro (ver Mt 7, 12), aunque en diferentes formulaciones, se atribuye no solo
a Jesús, sino también a su contemporáneo más anciano Hillel, generalmente
considerado uno de los principales fariseos de su tiempo. Esta regla ya está
presente en el libro deuterocanónico de Tobías (ver 4,15).
Por lo tanto, el amor
al prójimo constituye un indicador significativo para reconocer las afinidades
entre Jesús y sus interlocutores fariseos. Sin duda, constituye una base
importante para cualquier diálogo, especialmente entre judíos y cristianos,
también hoy.
Efectivamente, para
amar mejor a nuestros vecinos, necesitamos conocerlos y para saber quiénes son
debemos encontrar a menudo el modo de superar viejos prejuicios. Por eso,
vuestra conferencia, relacionando credos y disciplinas con la intención de
alcanzar una comprensión más madura y precisa de los fariseos, permitirá que se
les presente de una manera más apropiada en la enseñanza y en la predicación.
Estoy seguro de que estos estudios, y los nuevos caminos que abrirán,
contribuirán positivamente a las relaciones entre judíos y cristianos, en vista
de un diálogo cada vez más profundo y más fraternal. Ojalá encuentre una amplia
resonancia dentro y fuera de la Iglesia Católica, y que vuestro trabajo reciba
abundantes bendiciones del Altísimo o, como dirían muchos de nuestros hermanos
y hermanas judíos, de Hashem.
Gracias.

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