“Los
líderes”, escribe el profesor Trainer, “parecen alejarse de compromisos
políticos y encuentros sociales sanos y mesurados”. Dejar los salarios
congelados mientras el capital crece rápidamente es echar gasolina al fuego.
Esto nos recuerda la observación del reverendo Martin Luther King Jr. de que en
los Estados Unidos hay “socialismo para los ricos y capitalismo para los
pobres”. En esto se basa mi meditación sobre la contribución de Michael
Trainer.
En
las tres últimas décadas, la religión fue criticada como causa de guerras y
odio, y también reconocida como una inigualable fuente de significado. La
cáustica observación de Jonathan Swift: “Tenemos suficiente religión como para
odiarnos unos a otros pero no la suficiente como para amarnos unos a otros”
sintetiza la primera posición y parece tan pertinente en la actualidad
como en la época de Swift (1667-1745). Desde los ataques del 11 de septiembre a
los Estados Unidos se publicaron muchos libros que reforzaron la posición de
Swift. Autores como Richard Dawkins, Daniel Dennet, Sam Harris, Stephen Hawking
y Christopher Hitchens quieren mostrar, en cierta forma, los defectos o la
irrelevancia de la fe religiosa.[1]
En general, sus libros son nietos espirituales de la interpretación sesgada de
Sigmund Freud sobre la religión como una ilusión.
En el mundo moderno, y también en el posmoderno, la religión es ridiculizada
por haber perdido supuestamente su credibilidad.
Sin
embargo, una de las verdades que surgen de la matanza del 11 de septiembre y de
la demografía rápidamente cambiante de los Estados Unidos es que las certezas
tradicionales sobre la civilización han sido seriamente impugnadas. Agreguemos
a esto el miedo a la inmigración que agita a Europa, que generó
alternativamente la política de la rabia y el estilo paranoico de gobierno que
apela a las emociones y rechaza la razón. La religión también sufrió una gran
transformación. Aparece con frecuencia en forma de fundamentalismo: una
creencia que absolutiza lo que según determinado grupo de creyentes es la
Verdad y que enfrenta a los “verdaderos creyentes” con el otro, definido como un
no-creyente o un secularista.
Las
versiones fundamentalistas de la religión están aumentando. Cuando se combinan
con el populismo político, constituyen un doble ataque a la racionalidad. El
sociólogo Peter Berger sostiene que la Modernidad “tiende a subvertir las
certezas con las que vivió la gente durante la mayor parte de la historia.”[2]
“Esta es una realidad incómoda”, afirma Berger, “y, para muchos, intolerable, y
los movimientos religiosos que aseguran ofrecer certezas resultan muy
atractivos”.[3]
Por supuesto, no hay mayor certeza que la que posee el fanático. Berger
argumenta en forma sagaz: “Muy probablemente, en el mundo moderno, la religión
promueve a menudo la guerra, entre naciones o dentro de ellas”.[4]
Pero como se sabe, la religión es un arma de doble filo. Por un lado, la
religión puede servir como un “palio sagrado” para adherentes, al proveer una
“estructura plausible” contra el absurdo del mal, además de darle sentido a sus
vidas y un propósito transcendente a su muerte.[5]
Pero por otro lado, la religión también puede ofrecer una justificación para el terror
y los asesinatos en masa de aquellos que son definidos como religiosamente
infieles o irremediablemente otros.
La
religión también puede ofrecer una llave vital para abrir la puerta hacia una
coexistencia pacífica. En 1989, en una conferencia de la UNESCO sobre la paz
mundial y el diálogo entre religiones, el pensador católico Hans Küng señaló
con precisión: “No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones,
pero no puede haber diálogo entre las religiones sin que cada religión
reexamine sus supuestos básicos”. Esta poderosa afirmación de Küng es tanto un
estímulo como una advertencia. Por una parte, llama al pluralismo religioso. La
modernidad significa interacción entre pueblos y culturas que antes estaban
aislados unos de otros. Existe una necesidad de aprendizaje mutuo y enseñanza
informada. Por otra parte, sus palabras suenan como una advertencia contra
afirmaciones triunfalistas. Después del Holocausto y otros genocidios, ninguna
religión que reivindique determinadas ideas morales puede arrogarse un
monopolio cognitivo en cuanto a la verdad teológica o la salvación.
Otro
importante punto primario sobre el fundamentalismo religioso contemporáneo. El
pluralismo religioso y la propia modernidad se encuentran seriamente atacados
por absolutistas religiosos que no tienen interés en el diálogo. Así como
la cultura secular que, sin reconocer límites, termina con frecuencia en
tiranía y fascismo, los adherentes a la religión fanática están convencidos de
que solo ellos conocen la verdad teológica. Esto da lugar a enseñanzas
triunfalistas. Los fanáticos están convencidos de que actúan en nombre de su
Dios o, peor, que ellos mismos han reemplazado a su divinidad. Si uno tiene
todas las respuestas, no necesita diálogo.
En
este momento histórico nos enfrentamos a un gran rechazo al objetivo de universalismo de la
Ilustración y a un giro hacia un tribalismo
exclusivista que promueve odio hacia el otro o, en forma igualmente destructiva,
indiferencia. La modernidad ofrece tecnología sofisticada, pero parece incapaz
de proveer sentido.
La religión les ofrece una identidad a sus adherentes. Pero cuando esa
identidad degenera en una concepción del mundo del tipo “nosotros contra
ellos”, se produce tensión en vez de diálogo. Esto se ve con claridad en el
caso de los migrantes, convertidos en los temidos otros, catalogados como criminales contra los
que se debe luchar.
Al
salir de la devastación de la Segunda Guerra Mundial y el horror del
Holocausto, las democracias occidentales trazaron un camino que, en su mayor
parte, contenía valores progresistas en lo económico, lo político y lo
religioso. Pero la erosión de esos valores progresistas empezó a aparecer en
los tres ámbitos.
En
los Estados Unidos, el importante libro del rabino Jim Rudin de 2006 The Baptizing of America se
refiere a la oposición de los fundamentalistas a la separación entre la Iglesia
y el Estado. Derribar ese muro de separación significa que la política tiende a
subordinarse a la religión. Los que pretenden bautizar a los Estados Unidos reivindican la
inerrancia bíblica: si existe algún conflicto entre la Biblia y la
Constitución, se les da prioridad a las afirmaciones bíblicas. Pero allí no hay
nada que se parezca a un estudio bíblico científico. La supremacía bíblica se
basa en lecturas fundamentalistas del texto.
En
forma paralela a todo esto, se produjo una falta de confianza en los políticos
y la democracia política. Asesinatos presidencia les,
renuncias, impeachments
y el avance del Tea Party generaron un cinismo que constituye un suelo fértil
para el surgimiento de populismos. Hace mucho tiempo, Martin Luther King Jr.
señaló tres males en la sociedad norteamericana: el racismo, el excesivo
materialismo y el excesivo militarismo. Estos tres cánceres siguen creciendo.
Hay
algunas buenas noticias para comunicar. Por supuesto, se hicieron oír algunas
voces progresistas. Abraham Joshua Heschel, profesor de misticismo judío y
ética social en el Seminario Teológico Judío de América, marchó junto con el
doctor King en Selma. Luego, Heschel observó: “Incluso sin palabras, nuestra
marcha fue una plegaria. Sentí que mis piernas rezaban”. El gran pensador
protestante Reinhold Niebuhr escribió: “La capacidad del hombre para la
justicia hace que la democracia sea posible, pero la inclinación del hombre
hacia la injusticia hace que la democracia sea necesaria”. De estos ejemplos,
se aprende que la agudeza teológica debe unirse con una acción ética práctica
en la esfera política. Esto incluye la importancia del voto, que es un pilar
del proceso democrático.
Pero
los desplazamientos provocados por la economía, el desempleo, una brecha cada
vez más grande entre ricos y pobres, y la impresión que tienen los menos
afortunados de ser ignorados por las elites se combinaron, formando un clima
propicio para gente como el señor Trump. En su declaración senatorial en
Illinois, Abraham Lincoln describió la situación en términos poéticos: “Una
casa dividida”, dijo, “no puede mantenerse en pie”. En el nivel micro, vemos
los tristes resultados de las palabras proféticas de Lincoln en los Estados
Unidos, donde el espectáculo de la desaparición de la urbanidad y el aumento
del odio es demasiado prominente. En el nivel macro, vemos que esas mismas
fuerzas actúan en la Unión Europea y en el incremento de movimientos políticos
de extrema derecha, antidemocráticos y xenofóbicos.
Me
impactó la referencia de la profesora Judith Frishman a este “triste momento”
en su discurso de apertura. Realmente, es un momento triste.
En
1942, Albert Camus escribió una novela en una granja cercana a la aldea de Le
Chambon-sur-Lignon, donde cinco mil aldeanos protestantes (hugonotes) salvaron
a cinco mil judíos. El título de la novela era La peste. El libro relata hechos ocurridos en
Orán, una ciudad invadida por ratas que salen de sus escondites subterráneos y
propagan una plaga entre los aterrados residentes del lugar. Después de una
larga batalla y muchas fatalidades, las ratas desaparecen y los habitantes de
la ciudad festejan jubilosamente. Pero el Dr. Bernard Rieux, el heroico médico
de Orán, sabe que en algún momento, las ratas volverán a aparecer.
La
peste es una
parábola sobre el antisemitismo y el nazismo. Creo que no está demasiado lejos
de la realidad sugerir que las ratas, simbolizadas por los nombres con los que
Michael Trainor inició su discurso –Donald Trump, Vladimir Putin, Recep Tayyip
Erdogan, Xi Jinping, Kim Jong Un y Rodrigo Duterte–, volvieron a aparecer. No
estoy llamando ratas a esos hombres. Pero creo que tienen instintos de roedores
para sembrar miedo y discordia. Aprovechando la angustia y la intranquilidad
populares, exacerban, en vez de serenar, los sentimientos de malestar, sobre
todo en lo concerniente a los inmigrantes.
¿Qué
pasos hay que dar para combatir el extremismo y el fundamentalismo? La
profesora Ruth Langer señaló que
todas las ramas del judaísmo se unieron (un fenómeno casi mesiánico) para
protestar contra la cruel y despiadada medida del presidente Trump de separar a
los niños migrantes de sus padres: una forma de secuestrarlos. Coaliciones de
grupos católicos y protestantes se unieron contra conductas y acciones racistas
y antisemitas. Otra señal alentadora fue que se unieron secularistas y altruistas no-religiosos en
una fuerte lucha contra el extremismo.
Una última observación. Rebbe Nachman of Bratslav, bisnieto de Israel ben Eliezer, fundador del movimiento jasídico y precursor de Franz Kafka, dijo: “No hay corazón más entero que un corazón roto”. Tomo estas palabras para decir, en la actual crisis, que si conocemos lo peor, podemos luchar con más fuerza por lo mejor. Este es el desafío crucial de nuestro tiempo.
Una última observación. Rebbe Nachman of Bratslav, bisnieto de Israel ben Eliezer, fundador del movimiento jasídico y precursor de Franz Kafka, dijo: “No hay corazón más entero que un corazón roto”. Tomo estas palabras para decir, en la actual crisis, que si conocemos lo peor, podemos luchar con más fuerza por lo mejor. Este es el desafío crucial de nuestro tiempo.

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