Por Sergio Bergman | Para LA NACION-30 de Julio 2014
El
conflicto
de Medio Oriente nos
duele y nos preocupa a todos. La
guerra, la violencia y la muerte
no pueden ser justificadas nunca. Reclamamos un cese inmediato de la
confrontación y un reconocimiento recíproco de los pueblos, ya que
tanto el pueblo de Israel como el palestino deben dividir la tierra
para tener dos Estados independientes, con fronteras seguras y
convivencia pacífica.
No
con la violencia, sino con la paz, el diálogo y la cultura del
encuentro podrá resolverse este trágico conflicto que lleva tantos
años de dolor. Para lograrlo, debemos asumir una premisa: Mahmoud
Abbas no es Hamas. En otras palabras, la paz sólo es posible con la
Autoridad Palestina liderada por hombres que, consagrados a sus
causas, aceptan la existencia del otro y no tienen como objetivo su
destrucción. Ése es el caso de la Autoridad Palestina encabezada
por Abbas, con sede en Cisjordania, y es lo contrario de Hamas, el
movimiento islamista palestino que gobierna la Franja de Gaza.
Aun
cuando sabemos que el pueblo palestino tiene una causa justa y que
mucha de su población civil está siendo diezmada en esta lucha y es
utilizada como escudo humano, no hay que confundir la justicia de la
causa palestina con la condena que merece el grupo terrorista Hamas,
que actúa con las metodologías de destrucción, de violencia y de
negación del otro.
Al
mismo tiempo, esperamos y aspiramos a que el Estado de Israel,
precisamente por ser un Estado, por ser una democracia, por ser
civilización y no barbarie, se aleje de respuestas que no podemos
justificar, aunque entendamos las razones.
Gaza
no está ocupada por Israel; lleva casi veinte años en manos de los
palestinos; ahora, bajo el mando de Hamas. Está aislada de Israel
para garantizar la seguridad de sus habitantes, aunque no es ésta la
visión compartida del futuro al que aspiran palestinos e israelíes
de buena voluntad. Unos y otros anhelan erradicar el terror y firmar
la paz. Pero hoy tanto los civiles palestinos como los israelíes son
víctimas de Hamas, que conduce a Gaza a la violencia y a la muerte.
Aunque
no es comparable con el terrorismo de Hamas, y aun actuando
legítimamente para defender a sus habitantes, Israel debe responder
por su ejército. No puede desentenderse de la responsabilidad ante
las víctimas civiles. No puede mantenerse el silencio ante las
injustificadas muertes como consecuencia de su respuesta militar. Se
trata de víctimas inocentes del terror, en la trampa mortal de Hamas
y como consecuencia repudiable de las acciones militares de defensa
de Israel.
Si
los organismos internacionales, siempre listos para declaraciones y
condenas, pero ineficientes para anticipar y prevenir, no pueden
velar por la paz, hace falta que los moderados de ambos lados se
sienten a negociar. La Autoridad Palestina es reconocida no sólo por
Israel, sino por todo el mundo, y tiene que ser la que lidere y
encauce una oportunidad malograda. El liderazgo del pueblo palestino
no puede estar en manos de un grupo terrorista financiado por Irán,
cuya carta orgánica pide la destrucción del Estado de Israel, a
diferencia de la Autoridad Palestina, que quiere diálogo y paz.
Por
lo tanto, el pueblo palestino tiene que dirimir quién lo representa:
¿estadistas o terroristas?, y el pueblo israelí tiene que asumir
ciertas renuncias para lograr resultados conducentes a un tratado de
paz como los que logró con Egipto y Jordania.
Esto
no significa anular las diferencias. Pero sostener opiniones
diferentes no debe llevarnos a la confrontación. Tenemos que evitar
traer a la Argentina conflictos que no son nuestros; como argentinos,
somos todos hermanos, cristianos, judíos y musulmanes. Justamente,
hemos sido bendecidos como sociedad en el diálogo interreligioso,
que venimos practicando desde hace años y del que el papa Francisco
es uno de sus máximos exponentes.
Sin
embargo, hay que alertar sobre voces que se alzan en determinados
medios de comunicación, que no toman una posición ecuánime de
condena a ambas partes. No corresponde condenar al ejército israelí
omitiendo el terror de Hamas o presentarlos en un plano de simetría.
Una organización terrorista que tiene como objetivo destruir a
Israel y aplica como método el terror no puede ser comparado con el
ejército de defensa de un Estado que es la única democracia en la
región, aunque esto no impide juzgar las acciones de Israel y de su
ejército, que deben ser motivo de rendición de cuentas dentro y
fuera del Estado de Israel.
Quienes
condenan a Israel sin condenar a Hamas, que lanza misiles a
poblaciones civiles e invierte millones en armas postergando el
bienestar de los civiles, no sólo faltan a la verdad, sino también,
en muchos casos, pregonan un antisionismo que es una expresión
contemporánea de antisemitismo.
Estamos
convencidos de que el mensaje universal del papa Francisco en su
visita a Belén y Jerusalén, cuando nos convocó a rezar por la paz
y a trabajar para lograrla, es el camino a seguir de todas las
personas que anhelamos vivir como hermanos, en paz.
Esta
escalada de violencia es una trampa mortal para unos y para otros. Es
Caín y Abel en versión contemporánea. No se puede habilitar
cualquier método para luchar por una causa, y no hay causa que
admita el uso del terrorismo y la profanación de lo sagrado de toda
vida humana, sin distinción.
Caín
fue artífice del primer fratricidio y nunca respondió por su
hermano, sino que negó toda responsabilidad por su crimen con la
pregunta: "¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?"
Nosotros deberíamos poder responder unos por otros, sin ceder
posiciones, pero nunca habilitándonos a matarnos por ninguna causa
que, seguro, se enarbola como justa y deja de serlo cuando en su
nombre elimino a mi hermano.
Sólo
así, en lugar de fomentar el odio y la muerte, podremos migrar al
abrazo fraterno y reconciliador entre los dos hijos del patriarca
Abraham. Uno de ellos, Isaac, que tiene descendencia en Israel como
pueblo y como Estado soberano, democrático, próspero y seguro en la
tierra prometida a los patriarcas bíblicos, y el otro, Ismael, que
dio origen al islam, donde Palestina tendrá también un hogar
nacional para coexistir y progresar en su bien común; tal como hoy
lo hacen judíos, cristianos y musulmanes como ciudadanos que viven
en el Estado de Israel.
Para
lograrlo, no sólo debemos desarmarnos de violencia, sino aprender a
razonar juntos y amarnos como hermanos. Reencontrar en la paz el
abrazo de Isaac con Ismael, como el que se dieron Shimon Peres con
Mahmoud Abbas, al rezar juntos con Francisco en el Vaticano.
Un
abrazo que, esperamos, pronto sea recuperado, ya no para rezar, sino
en una tregua que conduzca de la guerra al tratado de paz.
Lejos
estaremos de lograrlo si confundimos a Abbas, que es Ismael, con el
terrorismo de Hamas, que sigue siendo Caín. Un grupo terrorista no
sólo para Israel, sino, como podemos atestiguar en estos días,
victimario de los civiles palestinos, a quienes condena en Gaza a
vivir y morir en un infierno.

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