Padre
Ignacio Pérez del Viso,SJ *
Entre
los creyentes de ambas religiones hay muchos puntos de contacto,
comenzando por la Biblia judía, que forma parte de nuestras Sagradas
Escrituras. En la liturgia cristiana, en la celebración de la
Pascua, se percibe el trasfondo de la liturgia judía. En el diálogo
con nuestros “hermanos mayores” vamos descubriendo la riqueza del
patrimonio común, no sólo en las grandes líneas, como la fe
monoteísta y el código de los Diez Mandamientos, sino también en
las pequeñas líneas, como la conducción de la comunidad por los
ancianos o presbíteros. Pero un punto en el que parece que no puede
haber aproximación es el del mesianismo, ya que, o se admite o se
niega que Jesús es el Mesías anunciado por los profetas. En el
imaginario popular cristiano, los judíos “se quedaron” en el
Antiguo Testamento, privados de la luz del Evangelio.
Sin
embargo, no debemos limitarnos a la diferencia, como si estuviéramos
en las antípodas. Algo similar ocurrió con el llamado “Antiguo”
Testamento. Habíamos acentuado tanto que debe ser interpretado desde
el “Nuevo”, que nos imaginábamos a los judíos leyendo las
Escrituras sin comprender su significado profético. Por suerte, la
Pontificia Comisión Bíblica, en un documento de 2001, presentado
por el entonces cardenal Ratzinger, nos recuerda que “los
cristianos pueden y deben admitir que la lectura judía de la Biblia
es una lectura posible, en continuidad con las Sagradas Escrituras
judías de la época del segundo Templo, una lectura análoga a la
lectura cristiana, que se desarrolla paralelamente. Cada una de esas
dos lecturas es coherente con la visión de fe respectiva, de la que
es producto y expresión” (El
Pueblo Judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia Cristiana, n.
22). De modo similar, podemos
preguntarnos si no existe un sentido válido, para los cristianos, de
la expectativa mesiánica del actual pueblo judío. Mi respuesta es
positiva y la expondré en función de tres paradigmas, prescindiendo
de las variantes que se dan en ambas religiones sobre la figura del
Mesías.
1.
El mesianismo escatológico
Judíos
y cristianos aguardamos la plenitud mesiánica del final de los
tiempos. Por ese motivo, somos un mismo pueblo que peregrina en la
historia, padeciendo las enfermedades y la muerte, inherentes a la
naturaleza de los vivientes, así como el odio y las persecuciones,
engendrados por nuestros repliegues más sombríos. La paz mesiánica
nos aguarda en el futuro, como un don de Dios.
La
justicia bíblica, que no se basa en el reparto conflictivo de los
bienes sino en el compartirlos fraternalmente, nos atrae desde un
mañana ultra terreno. La Tierra Prometida será siempre un horizonte
que nos invitará a caminar juntos. Los primeros cristianos no tenían
el sentimiento de pertenecer a otra religión. Eran del mismo pueblo
elegido, reflexionaban sobre los escritos de los profetas y oraban en
el mismo Templo.
Como
leemos en el libro de los Hechos (2,
46-47), aquellos discípulos, “íntimamente unidos, frecuentaban a
diario el Templo, […] alababan a Dios y eran queridos por todo el
pueblo”. Poco después se dice que “Pedro y Juan subían al
Templo para la oración de la tarde” (3,1). Y aunque fueron
reprendidos por las autoridades judías, que no veían con buenos
ojos el nacimiento de una nueva “secta”, los apóstoles “todos
los días, tanto en el Templo como en las casas, no cesaban de
enseñar y de anunciar la Buena Noticia” (5,42). Este “apego”
al Templo no se dio solo en los comienzos, a partir del año 30 de la
Era Común. Cuando el apóstol Pablo completa su último viaje por
Grecia y el Asia Menor, se dirige a Jerusalén. Como algunos
murmuraban que Pablo criticaba lo enseñado por Moisés, los
dirigentes de la comunidad cristiana le dijeron: “Aquí tenemos a
cuatro hombres que están obligados por un voto: llévalos contigo,
purifícate con ellos y paga lo que corresponde para que se hagan
cortar el cabello. Así todo el mundo sabrá que no es verdad lo que
han oído acerca de ti, sino que tú también eres un fiel cumplidor
de la Ley. […] Al día siguiente, Pablo tomó consigo a esos
hombres, se purificó con ellos y entró en el Templo. Allí hizo
saber cuándo concluiría el plazo fijado para la purificación [de
siete días], es decir, cuándo debía ofrecerse la oblación por
cada uno de ellos” (21, 23-26). Esto ocurrió por el año 58,
cuando aún se mantenía firme el apego de los cristianos al Templo.
Poco
después tuvo lugar la primera sublevación de los judíos contra el
dominio romano (66-73), en la que no participaron los judíos
cristianos. Esta rebelión, reprimida severamente, ocasionó la
destrucción del Templo, en el año 70, y la muerte de un millón de
judíos. Por esa época, la identidad cristiana se va perfilando como
diferente de la identidad judía. La diferencia tiende a convertirse
en antagonismo, como se refleja en el 4º
Evangelio, escrito a finales del
siglo primero. En el cristianismo comienza una relectura del
significado del Templo, cuya destrucción aparece como un castigo
divino contra los judíos, por no aceptar el Evangelio de Jesús. Esa
interpretación perdura aún hoy en ambientes católicos. En
realidad, aquellos cristianos, en particular los de la región de
Jerusalén, deben haber sentido un dolor inmenso al conocer la
destrucción del Templo, algo así como si nos dijeran hoy a los
católicos que un sismo destruyó el Vaticano.
Mi
sugerencia es que continuemos peregrinando juntos como en los
primeros años, no como dos pueblos o religiones que van por caminos
separados. Compartimos la esperanza de llegar un día a la Tierra
Prometida, a un mundo donde reinen la paz, la justicia y el amor,
anunciados por los profetas. Esa apertura hacia el futuro se refleja
en varios de nuestros escritos bíblicos. En el Apocalipsis
se describe a la Ciudad santa, la
nueva Jerusalén, que descenderá del cielo, “embellecida como una
novia”. “Esta es la morada de Dios entre los hombres: él
habitará con ellos, ellos serán su Pueblo, y el mismo Dios estará
con ellos. El secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte,
ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó” (21,
2-4). Judíos y cristianos juntos podemos compartir la expectativa
mesiánica, secando tantas lágrimas en el mundo de hoy. Es la
dimensión del mesianismo “escatológico”, el de los últimos
tiempos, el de la plenitud del don de Dios.
Judíos
y cristianos hemos padecido persecuciones por la fidelidad a nuestra
fe. Cuando las persecuciones provienen de terceros, nos reconfortamos
mutuamente. Pero es desgarrador el historial de persecuciones
organizadas por cristianos contra los judíos. La Shoá reciente
marca los límites del dolor y del odio. Hemos afirmado a veces, los
cristianos, que esta persecución provino “de afuera”, de una
ideología pagana, la del nazismo, que se ensañó también con
muchísimos cristianos. Pero no supimos aproximamos a la paz
mesiánica, donde no habrá “más muerte, ni queja, ni dolor”.
Para los condenados al exterminio, se iba extinguiendo la esperanza
mesiánica. Muchos pensadores cristianos guardan hoy silencio ante la
Shoá, como si cualquier reflexión reabriera la herida. Este
silencio nos recuerda que compartimos con temor, los judíos, los
cristianos y todos los miembros de la familia de Dios, una misma
angustia escatológica, nacida de las promesas mesiánicas.
2.
El mesianismo comunitario
Lo
común es hablar de “el” Mesías, como una sola persona. Ha
habido muchos profetas, pero solo puede haber un Mesías. Sin
embargo, este enfoque no suprime la dimensión comunitaria del
Enviado. No sólo del mesianismo, como filosofía compartida, sino
del Mesías mismo. Los cristianos, inspirados en textos del apóstol
Pablo, hablamos del Cuerpo “místico” del Mesías (= Ungido =
Cristo). Se nos explica que, así como en un solo cuerpo tenemos
muchos miembros, mas no todos los miembros tienen un mismo oficio,
así nosotros, aunque seamos muchos, formamos en el Mesías un solo
cuerpo, y “en lo que respecta a cada uno, somos miembros los unos
de los otros” (Rom 12,5).
La relación “vertical” de los creyentes con el Mesías engendra
una relación “horizontal” entre todos los hermanos. Formamos un
cuerpo, en el que “somos miembros los unos de los otros”. Como en
una familia, cuando un miembro sufre, todos sufren con él, y cuando
alguien se alegra, todos participan de su alegría.
Ahora
bien, la afirmación de que todos los miembros de la Iglesia, digamos
todos los bautizados, forman parte del Cuerpo Mesiánico, parece
dejar afuera a los no cristianos. Pero la Iglesia es signo del Reino
de Dios, aunque no un mero signo que remita a algo exterior. El Reino
de Dios, como aprendimos de nuestros maestros judíos, es el Reino de
la Justicia y de la Paz que provienen de Dios. Cuando hablamos de
justicia en la sociedad, decimos que consiste en “dar a cada uno lo
suyo”. En cambio, cuando meditamos sobre la Justicia divina,
descubrimos el principio de que Dios ha destinado los bienes de la
tierra para toda la humanidad. Antes del “derecho” de cada uno
para tener bienes en propiedad, se dio el “regalo” de Dios para
toda la familia humana.
El
Cuerpo místico del Mesías, entonces, no queda reducido al ámbito
cristiano. Comprende al conjunto de la familia humana. El riesgo que
corrimos los cristianos de reducir el Cuerpo mesiánico al círculo
de la Iglesia, lo corrieron los judíos al reducir el concepto de
Pueblo elegido al pueblo judío. La elección de Israel es también
un signo de la elección divina, que no excluye a ningún pueblo ni a
ninguna persona. Nosotros, al elegir a uno, excluimos a otros. Elegir
es renunciar. Dios es el único que puede elegir a cada pueblo y a
cada persona como si fuera su hijo preferido, su amigo íntimo. Por
este motivo, el Pueblo judío actual cumple una misión en la
historia, la de ser signo de la elección divina. Y el apóstol Pablo
reafirma que la elección del pueblo judío es un signo permanente,
no provisorio o de una época superada. “Porque los dones y el
llamado de Dios son irrevocables” (Rom
11,29).
Pablo
desarrolla el principio de que en un cuerpo todos los miembros son
necesarios. Ni la cabeza le puede decir a los pies “no los
necesito”, ni éstos a la cabeza. Gracias a la armonía entre los
diversos miembros del cuerpo, podemos vivir, trabajar y construir una
civilización. En la Iglesia primitiva lo institucional estaba menos
desarrollado que hoy, mientras que lo carismático emergía con
vigor. Pero no todos tenían los mismos carismas o cualidades, así
como no son iguales todos los miembros del cuerpo. Algunos recibían
el carisma de hablar en “lenguas” incomprensibles. Otros el
carisma de traducir o explicar lo dicho por los primeros. Y Pablo dio
normas que continúan válidas en nuestra era de la comunicación
social. Si en una reunión no está presente el que traduce y
explica, es mejor que se calle el que habla con categorías
sofisticadas.
Esta
complementación, que los cristianos hemos aplicado al interior de la
Iglesia, distinguiendo, por ejemplo, entre el carisma del teólogo y
el del obispo, podemos y debemos aplicarla al interior de todo el
Reino de Dios. El actual diálogo interreligioso nos muestra el
desafío de coordinar acciones en favor de la paz y la solidaridad,
no sólo aportando cada uno lo suyo, que será siempre valioso, sino
también ofreciendo gestos comunes, como cuando colaboran los de
diferentes religiones para mantener un comedor escolar, un
dispensario o un centro barrial.
Ahora
bien, al interior del diálogo interreligioso se dan múltiples
relaciones, según el espíritu de cada tradición religiosa. Y los
últimos papas nos han recordado que nuestra relación con el pueblo
judío es la más estrecha que podemos tener con los de otra
religión, sin que ello implique una desvalorización de otras
creencias. El tener gestos comunes nos permite una mayor eficiencia
en el trabajo solidario. Pero más importante que la eficiencia es el
simbolismo de hermanos mayores y menores trabajando juntos. Y esta
relación estrecha nos mueve a impulsar acciones comunes también con
nuestros hermanos musulmanes, en un triple abrazo de los que
integramos la familia de Abraham.
En
un reciente encuentro de obispos católicos del Cercano Oriente, el
papa Benedicto invitó a un dirigente judío a realizar una
exposición que fue muy valiosa. Llegará el día en que un papa
invite a un maestro judío a dar un retiro espiritual a obispos
católicos. No sólo a tener una exposición académica sobre temas
de su especialidad, como la arqueología o la historia bíblicas,
sino a transmitir una vivencia, a comunicar una espiritualidad que
alimente nuestra fe. Esto ya se hace localmente, en algunas diócesis
o parroquias, pero lo interesante serían gestos que despertaran la
esperanza en la aldea global. Así daríamos forma visible al cuerpo
místico del Mesías.
3.
El mesianismo transhistórico
Los
eventos históricos no son ideas filosóficas que atraviesan los
siglos. Se ubican en un punto del espacio y del tiempo. Todo
documento comienza indicando el lugar y la fecha. En la historia del
pueblo judío podemos datar con bastante precisión a los reyes y
profetas. Ahora bien, al hablar del Mesías como persona, estamos
pidiendo pista para aterrizar en un tiempo y un lugar determinados.
Pero si partimos del mesianismo comunitario, podemos trascender el
antes y el después de un evento mesiánico. Este proceso lo hemos
aprendido de nuestros hermanos mayores. La liberación de Egipto,
mediante la conducción de Moisés, podría ser ubicada hacia el año
1300. Pero no concluyó entonces. Cada generación tiene que
liberarse del Faraón de su tiempo, cada comunidad tiene que
atravesar el Mar Rojo que se le interpone en el camino. De modo
similar, el ingreso en la Tierra Prometida se realizó bajo la
conducción de Josué. Pero cada generación debe cruzar el desierto
para llegar a ella. Tanto la liberación como el ingreso son
realidades transhistóricas, lo que no significa que sean puramente
míticas o literarias. Son reales, con la realidad propia de la
condición humana.
En
una ocasión, Jesús dijo que Abraham “se estremeció de gozo”
esperando ver el día del Mesías, que “lo vio y se llenó de
alegría” (Jn 8,56).
Cada vez que el patriarca contemplaba el cielo estrellado, recordaba
las Promesas que había recibido y se gozaba, esperando contra toda
esperanza. Abraham, entonces, no vivió simplemente “antes” del
Mesías, como tampoco los judíos actuales. Cuando ellos leen las
Escrituras, contemplan el cielo estrellado y evocan las promesas
recibidas. Con Abraham, ven al Mesías y se alegran. Muchas veces han
llorado, como en la Shoá, y lo añoran. Los cristianos también
sonreímos y lloramos esperando al Mesías, que encarna toda la
alegría y el dolor humanos. Como escribió Ignacio de Loyola en los
Ejercicios Espirituales,
Él encarna todas las consolaciones y desolaciones que
experimentamos.
Pablo
presenta al primer hombre bíblico, Adán, como cabeza de toda la
humanidad alejada de Dios, y al Mesías como cabeza de esa misma
humanidad reconciliada y no sólo como dirigente de los discípulos
que lo seguirán posteriormente. El Mesías estaba presente en Adán.
También en Noé, que al contemplar el Arco Iris sonrió, como
Abraham. Los profetas, más que hacer predicciones, contemplaron
fugazmente la figura del Mesías y se alegraron, a pesar de los males
que denunciaban. Y Moisés fue el mayor de los profetas. Fue el gran
legislador porque fue el gran profeta, que hablaba con Dios cara a
cara. Por ello, necesitamos a los judíos de hoy que nos enseñen a
contemplar el cielo estrellado, como Abraham, y a atisbar el futuro,
como Moisés.
Melitón,
del siglo II, obispo de Sardes, en el Asia Menor, en una homilía
sobre la Pascua, de la que leemos párrafos el Jueves Santo, dice que
el Mesías sufrió penalidades “en la persona de muchos otros: él
es quien fue muerto en la persona de Abel y atado en la persona de
Isaac [cuando iba a ser inmolado por su padre Abraham], él anduvo
peregrino en la persona de Jacob y fue vendido en la persona de José,
el fue expósito en la persona de Moisés [en una canasta para bebés,
en el Nilo], degollado en el cordero pascual, perseguido en la
persona de David y vilipendiado en la persona de los profetas”. De
acuerdo a este texto, el Mesías sufriente ha estado presente en la
historia humana desde el comienzo. La pregunta sobre si algunos han
vivido antes o después del Mesías, queda superada por la pregunta
sobre cómo vivimos el misterio del Mesías en nuestra vida de cada
día, en nuestras penas y alegrías, y cómo aliviamos las penas de
los demás.
Conclusión
Esperar
al Mesías es esperar la alegría de la consolación después de las
pruebas, de la que nos hablan los profetas. Cuando se logre una paz
estable y consensuada entre judíos y palestinos, en el Cercano
Oriente, sentiremos que el Mesías ha pasado por allí. Cuando
concluyan las amenazas de Irán, en carrera nuclear y con dirigentes
acusados del atentado a la AMIA en Buenos Aires, sentiremos también
el paso del Mesías. No se quedará allí ni aquí, sino que pasará,
dejándonos su huella. De momento, todos juntos, judíos, cristianos
y musulmanes lo estamos aguardando. Es una convicción profunda que
el Mesías está viniendo desde el comienzo del mundo y percibimos
sus huellas. Es también cierto que viviremos aguardándolo hasta el
fin de los tiempos.
Compartimos
una memoria del pasado y una esperanza del futuro. Como expresó el
ilustre rabino Abraham Skorka sobre el viaje del papa Francisco a la
Tierra Santa, en La Nación del
21 de mayo, “Hay una profunda convicción que une a judíos y
católicos en las palabras de los profetas, cuando vislumbran un
futuro de paz para la Tierra Santa que será bendición para toda la
tierra”. En síntesis, compartir la esperanza mesiánica no es una
mera posibilidad. Es ya una realidad tangible.
*
Sacerdote jesuita, profesor en la Facultad de Teología de San Miguel
(Provincia de Buenos Aires), perito en la Comisión de obispos
argentinos sobre Ecumenismo, Relaciones con el Judaísmo, el Islam y
las religiones y asesor de la Confraternidad Argentina Judeo
Cristiana.

No hay comentarios:
Publicar un comentario