Hace
14 años, corría el año 2000, mi hermana de la
vida me envió estas líneas que tienen gran actualidad. Hoy las comparto con los
lectores de nuestro blog. M de A
Un mensaje de luz y esperanza para los días de hoy
Marta Bauchwitz, nds
(Recuperando el sentido de los símbolos)
Se acerca la Navidad y casi todos
nosotros tenemos la costumbre de colocar un árbol, en general un pino o un
abeto, en nuestros hogares. Tradición pagana dirán algunos, hábito sin sentido,
dirán otros. La mayoría tal vez ni siquiera nos preguntamos por qué lo
colocamos, por qué lo adornamos. Sin embargo, tanto las leyendas como los
cuentos y el folklore son importantes en nuestras culturas y siempre podemos
dar más sentido a la vida y entender mejor algunas actitudes si conocemos las
antiguas costumbres y maneras de proceder, los refranes, proverbios, hábitos,
etcétera que representan a la humanidad en búsqueda de valores, en búsqueda de
su origen, en búsqueda de la procedencia de los dones que ha recibido. Que
estas costumbres sean paganas o no depende de nosotros.
En la antigüedad, el culto
a la frondosidad en invierno, período de muerte aparente, respondía a la
necesidad que tenía el hombre de celebrar la vida. Reflejo de un sentimiento
religioso que habita el corazón del hombre y atribuye un poder divino a las
mutaciones de la naturaleza.
El hombre quiere creer en
la vida a pesar de las apariencias de muerte. La naturaleza le ofrece un
sostén, un fundamento a esa intuición: la experiencia del ciclo de las
estaciones que se suceden sugiere que la muerte es sólo aparente y provisoria y
que la vida volverá y se manifestará nuevamente.
Para marcar esta creencia
en la “vida que va a volver”, cuando la casa estaba sumida en las tinieblas del
invierno, el hombre primitivo tenía la costumbre de llenarla con follaje, con
ramas verdes. Un acto de fe en la vida que siempre vuelve.
En esta visión de
esperanza, podemos situar al abeto o el pino de Navidad.
En el Extremo Oriente, el
pino es siempre un símbolo de inmortalidad explicado por la perennidad del
follaje y la incorruptibilidad de la resina. Siempre verde, porque sus hojas
nunca caen, aparentemente insensible al frío del invierno, representa todo lo
que no muere. Por su presencia, da testimonio de una vida que continúa en
secreto.
El solsticio de invierno es
una realidad natural sobre la que se injerta el sentido de la vida que vuelve.
Hay una unidad fundamental entre el universo creado por Dios y el misterio de
Dios que se desarrolla en ese universo.
En esa oscuridad del
invierno, en esa noche más larga del año, Jesús, “Dios con nosotros”, va a
venir. Es como decir que Dios viene en lo más profundo de la tiniebla humana.
En la Biblia , el árbol de la vida
está plantado en el medio del Paraíso, árbol rodeado de cuatro brazos “Y el
Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, que eran atrayentes
para la vista y apetitosos para comer; hizo brotar el árbol de la vida en medio
del jardín...” (Gn 2,9-10), texto que anuncia la salvación mesiánica y la
sabiduría de Dios (Ez 47,12; Prov. 3,18).
El símbolo del árbol fue
cristianizado cuando unió dos realidades en una: el de la luz de Navidad, luz
siempre escondida en la noche del solsticio de invierno y el árbol de la vida
del Paraíso.
¿Cómo llega la costumbre de
colocar un pino en nuestras casas? En la Edad Media , a partir del siglo XI, se
representaba en los atrios de las catedrales el misterio muy popular del
“Paraíso”. Se evocaba la creación del hombre, el pecado de Adán y Eva, su
expulsión del jardín del Edén. Y el misterio se terminaba con el anuncio de la
venida del Salvador y su encarnación. El jardín del Edén estaba representado
por un pino, del que colgaban manzanas. (En varias culturas, las manzanas
simbolizaban la inmortalidad).
Más tarde, cuando se
prohibieron los misterios, los fieles que continuaban creyendo en el simbolismo
de esas representaciones del árbol del Paraíso y que no podían verlo en la
iglesia, se acostumbraron a introducirlo en sus casas –por lo menos una vez al
año- en honor de Adán y Eva. En la iglesia oriental, el 24 de diciembre, en las
casas de los fieles de varios países de Europa, se podía ver el árbol del
Paraíso: un pino decorado únicamente con una manzana roja.
¿Cómo recuperar hoy el
verdadero simbolismo del árbol de Navidad, símbolo de vida y esperanza?
Cuando instalamos un árbol
en casa ¿por qué no hacer una pequeña liturgia que consistiría simplemente en
contar o leer en la Biblia
la historia del árbol que Dios plantó en su jardín, remarcando que ese árbol
había sido testigo de la vida armoniosa que reinaba en el Paraíso entre el
hombre y los animales... y que todo eso había sido arruinado por el pecado, la
desobediencia, pero que hoy nos gustaría encontrar la misma armonía que reinaba
en el jardín...? ¿Por qué no recordar que este pino, que mantiene siempre sus
hojas verdes, es símbolo de la vida que nunca acaba a pesar de las apariencias
de muerte a su alrededor?
Introducir en nuestras
casas ese árbol-memorial es recordar que debemos tratar de restaurar sobre la
tierra esa armonía, esa vida, buscando acciones susceptibles de restablecerlas.
Tal vez pueda ayudarnos el hermoso texto de Isaías 11,6-9:
El lobo habitará con el cordero
y el leopardo se recostará junto al cabrito;
el ternero y el cachorro de león pacerán juntos,
y un niño pequeño los conducirá;
la vaca y la osa vivirán en compañía,
sus crías se recostarán juntas,
y el león comerá paja lo mismo que el buey.
El niño de pecho jugará
sobre el agujero de la cobra,
y en la cueva de la víbora
meterá la mano el niño apenas destetado.
No se hará daño ni estragos
en toda mi Montaña santa,
porque el conocimiento del Señor llenará la tierra
como las aguas cubren el mar.
Las luces y las velas que
iluminan la noche se transforman, al colocarlas en el árbol, en el símbolo de
la verdadera Luz que viene al mundo:
...porque mis ojos han visto la salvación
que preparaste delante de todos los pueblos;
luz para iluminar a las naciones paganas
y gloria de tu pueblo Israel (Lc 2,30-32).
La estrella que, en
general, colocamos en la parte superior del árbol de Navidad indica, por una
parte, que el árbol sube hasta la bóveda celeste, hasta el cielo, es decir que
puede convertirse en un “mediador” entre Dios y los hombres. Y no olvidemos
que, en toda la tradición bíblica, la estrella es un signo mesiánico. Colocar
la estrella en el árbol nos debe hacer recordar el texto de Mateo 2,2.9-10:
(los Magos) preguntaron: ¿Dónde está el rey de los
Judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a
adorarlo... He aquí que la estrella que habían visto en Oriente los precedía,
hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella
se llenaron de alegría.
En el Nuevo Testamento, la
estrella reemplaza a la nube y la columna luminosa que conducían al pueblo en
su peregrinación por el desierto. Los Magos, esos paganos, se pusieron en
camino porque habían visto la estrella.
Nosotros, los cristianos,
herederos de la revelación bíblica, creemos que todos los hombres están hechos
a imagen de Dios. Por consiguiente, toda expresión humana consciente da sentido
a los gestos de la vida y ese sentido nos dice algo del misterio de Dios. Las
costumbres y las tradiciones religiosas son mil maneras que tenemos a nuestra
disposición, nosotros y los hombres de todas las razas, bajo todos los cielos,
para expresar algo del misterio que nos habita. Ese misterio es la imagen de
Dios que llevamos en nosotros. Sólo depende de nosotros encontrarles sentido a
todos los símbolos que utilizamos y convertir así, nuestra Navidad en una
fiesta de vida, armonía y esperanza.

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