María Andrea Green
“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el
mismo lugar…” (Hech 2,1-4)
Reunidos en el
mismo lugar, reunidos en comunidad… Allí
están los apóstoles, haciendo memoria del acontecimiento que los hizo pueblo en
el Sinaí. Porque allí, en el desierto, en el lugar de lo inhabitable, que es siempre
paso, Dios se hace Presencia, Dios hace Alianza con su pueblo, 50 días después
de la Pascua.
Y esa alianza que
supone el amor entrañablemente Misericordioso de Dios por su pueblo, se expresa
en la Ley… y esa Alianza expresada en la Ley se conmemora en la Fiesta de
Pentecostés.
Y es la memoria de
esa fiesta que encuentra a los apóstoles reunidos… Y la Presencia velada del
Señor se hace viento, fuerte ráfaga que resuena en toda la casa y lenguas como
de fuego, que descienden sobre todos y cada uno…
Celebrar
Pentecostes, es celebrar la Promesa de Dios que nos asegura su Presencia
Celebrar
Pentecostes, es celebrar que esa Presencia nos hace siempre comunidad
Celebrar
Pentecostes, es celebrar que en comunidad vamos descubriendo la misión a la que
El nos envía, misión que siempre es anuncio de vida y un anuncio posible de ser
expresado y capaz de ser entendido.
Celebrar
Pentecostés, es celebrar que el Espíritu es el “para siempre” de Dios con
nosotros.
Señor, Dios de la
Vida, que en tu soplo, en tu aliento, te quedas con nosotros,
haznos comunidad.
Ven a nuestro país,
a nuestro pueblo herido por tantas divisiones
y transforma
nuestra Babel en encuentro de hermanos,
que te reconocen
como Creador y Señor de la Historia.
Danos la gracia de
reconocer que no caminamos solos
Y que la vida es
siempre posible.

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