|
30.11.2018
Los últimos testigos
directos de la Shoá van desapareciendo poco a poco. Según Liliane Apotheker , los judíos y los cristianos deben
cooperar para transmitir juntos la memoria y el significado de esa tragedia a
las nuevas generaciones y a las personas que tienen una historia diferente.
Lo que está en juego
Mucho se dijo ya a propósito de la Shoá, y sin embargo, a veces parece que aún
falta lo esencial. Los historiadores nos han explicado cómo sucedió, los
hechos en su brutalidad son conocidos y estudiados, abundan los films, los
documentales y los libros sobre este tema. Quien desee saber más puede tener
acceso a enormes cantidades de información, incluso demasiada información,
dicen algunos…
Pero todos sabemos que un día, el último testigo habrá contado
su historia personal por última vez. ¿Podemos entonces dedicarnos a esta tarea
con la seguridad de que lo que ocurrió será transmitido correctamente a las
generaciones que nos siguen? ¿Y por qué serían precisamente esos relatos
personales los únicos que puedan convencer a las jóvenes generaciones del
horror de lo que sucedió?
Cuando leía la Biblia en mi infancia, siempre me sorprendía ese
versículo que habla del endurecimiento del corazón del Faraón, enfrentado a los
sufrimientos de los hebreos. ¿Qué significaba eso de que Dios o el propio
Faraón endurecieran su corazón?
Y me pregunto en la actualidad: ¿están tan endurecidos nuestros
corazones que necesitamos oír un testimonio personal de sufrimientos y extremas
humillaciones para tomar conciencia de lo que pasó? ¿O es que el hecho mismo,
definido con el vocablo hebreo Shoá,
está más allá de las palabras, es imposible de contar? Como sea, esos dos
argumentos nos obligan a encontrar maneras de superar esa fosa abismal en el
curso de la memoria y reparar nuestra humanidad herida.
Las dificultades
Las dificultades son muchas. Más de dos generaciones después de
los hechos, las teorías conspirativas, las “fake news” (noticias falsas o
engaños mediáticos), el negacionismo (la negación de la Shoá) y su alternativa, el
relativismo, son más fuertes que nunca.
Como hijos y nietos de sobrevivientes de la Shoá, vivimos con el trauma
de una memoria hecha de silencios, de ausencias, de secretos, envueltos en una
tristeza que nos ha privado de la feliz despreocupación de la infancia. Sabemos
demasiado bien que debemos permanecer por siempre vigilantes, alertas, y
asegurarnos de que nadie use ni abuse de la memoria de la Shoá para su conveniencia
personal, que nunca se convierta en un instrumento al servicio de una causa
cualquiera, que siga siendo algo “aparte”, sin ser por eso “sacralizada”.
Siempre oscilo entre estas dos palabras con la impresión de que es importante
diferenciarlas. Merecen una mejor definición que la que yo aporto, y por eso,
espero que los trabajos sobre esa memoria, que podemos compartir gracias al
diálogo, sean de gran ayuda para clarificar esa distinción.
Aparte, pero no sacralizado
¿Qué significa “aparte, pero no sacralizado”? La memoria de ese
acontecimiento histórico sin precedentes les pertenece solamente a las
víctimas, no a nosotros, ni siquiera a quienes somos hijos de sobrevivientes.
Muchos cambios, que consideramos beneficiosos para la humanidad,
se produjeron tras esos años terribles. La Declaración Universal de los
Derechos del Hombre es un ejemplo de ello, la mejora de los derechos de las
minorías en muchos países, la expansión de la democracia como modelo de régimen
político en el mundo, la toma de conciencia del bienestar de las poblaciones
gracias al seguro social, a las leyes laborales, etc., y para nosotros los
judíos, el acercamiento con los cristianos y la creación del Estado soberano de
Israel como hogar para todos los judíos que lo deseen.
Sin embargo, no le podemos atribuir esos progresos de la
humanidad a la Shoá
y a sus efectos. Eso significaría que la Shoá
los originó y que la destrucción del judaísmo europeo tuvo como consecuencia el
éxito de esas causas absolutamente honorables: de alguna manera, un mal por un
bien. Es en cierto modo lo que quiero decir con “la Shoá debe permanecer aparte en el curso de la
Historia”. Somos conscientes de que la Historia está en constante evolución,
pero sin embargo, la Shoá
parece como un punto de ruptura que precipitó un cambio radical en esa
evolución, incluso si el mundo mejoró al menos para algunos.
La memoria de la Shoá
no debe ser sacralizada. Que la Shoá
sea comparada con otros genocidios nos resulta insoportable porque para
nosotros, los judíos, no hay nada que pueda ser comparado con eso. Creo, sin
embargo, que cometemos un error. El dolor de nuestro duelo es único para
nosotros: nadie más que nosotros puede sentirlo, ni compartirlo, ni siquiera
los judíos que no tuvieron que vivirlo en su propia familia.
Sin embargo, la Shoá
debe ayudarnos a ver el sufrimiento allí donde se encuentre y educarnos para
luchar contra él. También debemos percibir a qué excesos de destrucción pueden
llevar los prejuicios y el odio. Muchos museos del Holocausto se dedican ahora
a esto en el mundo, y eso no debe ser percibido como un medio común de
promoción.
Transmitir la memoria juntos
Debemos encontrar la manera apropiada de transmitir la memoria
de la Shoá juntos,
y no por separado. Y esta no es una tarea fácil, cuando “juntos” involucra al
mismo tiempo a los descendientes de las víctimas y de los autores del crimen…
Aunque lo tememos, debemos enfrentarnos a la desaparición de los últimos
sobrevivientes: lo que ellos contaron permanece en nuestras memorias, y sus
relatos llenan también los libros que se leerán por un tiempo más, y luego
serán olvidados. Es de temer que el negacionismo siga en aumento, ya que se ha
infiltrado en la sociedad de diversas maneras. Los propios nazis sembraron esas
semillas mediante el plan diabólico que habían elaborado para nuestro futuro,
independientemente del resultado que tuviera la Segunda Guerra Mundial.
Puesto que nos corresponde contrarrestar ese plan, el pueblo
judío no puede ni debe hacerlo solo.
El peligro es que el “deber de memoria” se convierta en un
edicto incomprensible como lo son otras leyes transmitidas por los períodos o
las culturas del pasado. Algunos dicen estar ya “cansados” de la Shoá. Pero como dice mi
amigo, el padre Patrick Desbois: “otros no están cansados de Hitler”. Nunca debemos
dar por terminado ese combate.
Los desafíos que se deben
enfrentar
¿Qué desafíos nos esperan? ¿Podemos comprender nuestras
respectivas memorias interesándonos más en ellas? Todos desarrollamos
mecanismos de defensa. Descubrí eso cuando empecé a participar en el diálogo
judeo-cristiano, hace unos años en Francia, donde había vivido durante treinta
años: estábamos muy lejos de la comprensión mutua y el muro de esos mecanismos
de defensa era muy alto. Todo el mundo sufrió, me dicen, todo el mundo soportó
la ocupación, todo el mundo tuvo hambre. Algunas personas no querían ver ni
saber nada sobre la deportación y el asesinato del pueblo judío, como tampoco
habían visto nada durante la guerra.
Incluso cuando los obispos franceses proclamaron la notable Declaración
de Arrepentimiento de Drancy en 1997, algunos dijeron que la Iglesia era la
única en arrepentirse. Como dice el proverbio chino, miraban el dedo en vez de
ver la luna que el dedo señalaba. En las conferencias sobre el diálogo
judeo-cristiano, aparecía, por supuesto, el tema de la Shoá, pero era rápidamente
evacuado con esta clase de comentarios: “Es hora de dar vuelta la página”, “Hay
que curarse de eso”, o mucho peor: “Dejen de presentarse permanentemente como
víctimas y tratar de obtener ventajas de eso”. Nadie proponía ningún remedio
para apresurar nuestra curación.
Un día, conocí a una mujer, que más tarde se convirtió en mi
amiga, cuyo padre había sido ejecutado después de la guerra por actos de
colaboración. Para ella, ese recuerdo era muy doloroso, y se sentía despojada
de algo. Necesité tiempo para entender lo que quería decir y hasta qué punto yo
misma estaba afectada por lo decía, pero en cierto modo le estuve agradecida
por su honestidad.
En Europa occidental, la situación demográfica cambia
rápidamente y en su sistema educativo entran personas con una historia
diferente, y que, con más razón, erigen mecanismos de defensa contra la
comprensión de esa memoria dolorosa de un pasado que no es el suyo. ¿Podemos
encontrar la forma de hacerles entender que la enseñanza de la Shoá es una manera de hacer
crecer a nuestra humanidad común? A veces he tratado de plantear esta difícil
pregunta en clases en las que intervine, y confieso que fracasé.
Sé que en Alemania, existe un debate en torno a la cuestión de
la integración a través de la educación y de la visita obligatoria a los campos
de concentración. Pero no hay que disminuir los esfuerzos ni los medios para
promover toda forma de educación en ese sentido.
Es necesario encargarles esa tarea a educadores experimentados
que han desarrollado recursos adaptados a la extrema dificultad del tema. En
muchos países existen instituciones capaces de proveer un excelente material
educativo y de encontrar a los educadores apropiados para eso. Deben ponerse a
disposición todos los medios para proseguir ese trabajo.
Nos espera otro desafío: la reedición de textos antisemitas,
entre los cuales figuran, lamentablemente, autores reconocidos como
Louis-Ferdinand Céline. El problema ético en cuanto a la reedición de esos
escritos no es simple: si no son reeditados, la notoriedad de su autor no se
verá afectada y el corpus de su obra permanecerá inmaculada: sus panfletos no
opacarán su fama. Si son reeditados, incluso con un serio aparato crítico, los
instigadores del odio tendrán acceso fácilmente a un manual de retórica de
odio.
Hacia una redefinición de las
identidades judía y cristiana
Una pregunta fundamental queda sin respuesta. La Historia nos ha
explicado cómo actuó el Tercer Reich, pero no nos dijo por qué eligió al pueblo
judío como víctima. Esta pregunta me sigue obsesionando y quizá sea lo que
deberíamos analizar juntos con franqueza y sinceridad. Sería para mí una manera
de escapar a mi sentimiento de soledad, a mi impresión de estar al margen del
resto de la humanidad, sola con mis preguntas y mi sensación de desposeimiento.
¿Deberé quedarme sola con mi pregunta provocadora o pueden ustedes buscar
conmigo, con nosotros, las respuestas? Eso nos ayudaría tal vez a cambiar el
sentimiento de culpa generalizado, que aparece a cada instante, por la acción
de compartir una relectura honesta de la Historia.
Gracias al diálogo entre judíos y cristianos, al que me dediqué
durante más de veinte años, hemos avanzado por un camino de discusiones francas
y profundas para responder a las preguntas del pasado. Algunas de esas
preguntas representan casos dolorosos para cada una de nuestras tradiciones
religiosas. Sin embargo, tuvieron un efecto beneficioso sobre aquellos que se
comprometieron a explorarlas honestamente.
Esto también me permitió tomar conciencia de la necesidad de
elaborar una nueva identidad judía y sin duda, también una nueva identidad
cristiana, que formarían parte de los cambios inducidos por esa nueva amistad
entre nosotros. Para nosotros, los judíos, se trata de mostrar que ya no somos
un pueblo en el exilio, un pueblo dispersado que permanece solo. Y para los
cristianos, esa nueva identidad podrá reservarle un lugar a la rica complejidad
de los dones de la tradición judía con la que el cristianismo mantiene un
vínculo singular y único.
¿Podemos aportar los
frutos de nuestra experiencia de diálogo a la inmensa tarea de transmitir la
memoria y el significado de la Shoá,
una tarea que debemos realizar juntos, ante la ausencia de los testigos?
Traducción: Silvia Kot.


No hay comentarios:
Publicar un comentario