“La transmisión a las jóvenes generaciones de la fe recibida de nuestros Padres: ¿un desafío actual?”
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31.12.2018
Es una gran alegría y un gran honor reunirme
con ustedes en este lugar, en el cual, soy muy consciente de ello, forjan, a
través de una enseñanza exigente, nuevas generaciones para que la fe y la
tradición judías puedan ser transmitidas y vividas en nuestro mundo
contemporáneo.
Quiero honrar la memoria del rabino Norman
Lamm, que fue el primero en recibir al cardenal Lustiger en esta Yeshiva
University, cuyo nombre, en sí mismo, significa ese doble desafío en el que
ustedes trabajan: formar jóvenes para que puedan conocer la Tradición Judía y
seguir al mismo tiempo una carrera secular.
También quiero honrar la figura del rabino
Joseph Soloveitchik, especialmente por su papel decisivo en el seno de la
Yeshivah University, y por ofrecerle a la ortodoxia judía moderna un marco
posible para el diálogo con la Iglesia Católica, para trazar caminos de
encuentro con justeza, sobre todo durante la redacción de la declaración Nostra Ætate.
El desafío de ustedes es también el de la
Iglesia, para que, en la complejidad del mundo moderno, los jóvenes puedan
aprender y vivir la fe y la tradición, aportando cada uno sus competencias en
el más alto nivel para responder al llamado del Señor a la santidad. Como dice
el primer salmo, queremos que cada joven sea “como un árbol plantado junto a
corrientes de agua, que da a su tiempo el fruto y su follaje jamás se marchita”
(Sal 1, 3). Dichoso ese hombre, dice el salmo: es una promesa de felicidad a la
que todos aspiran legítimamente, y en particular, las jóvenes generaciones.
Por eso, me alegro por el tema que se ha
elegido para nuestro encuentro: “La transmisión de la fe en una cultura marcada
por un creciente individualismo”.
Creo que, para comprender la altura y la
profundidad de este tema, debemos volver en primer lugar a lo que hemos
recibido en común, en nuestras diferentes tradiciones: nuestra fe en Aquél que
se reveló a Abraham, Isaac y Jacob. Estos nombres de personajes ilustres pueden
evocar sin duda a individuos que han cincelado hasta nuestros días el paisaje
de nuestra fe. Pero ¿podemos realmente circunscribir a Abraham, Isaac y Jacob a
individuos cuyo nombre habría sido glorificado como destinatarios aislados del
diálogo del Creador con la humanidad? No solamente están vinculados entre sí
por una filiación que no es únicamente humana, sino que además, si cada uno de
ellos sigue siendo singularmente conocido miles de años más tarde, es porque
supieron elevar los ojos, contar las estrellas y los granos de arena para
comprender la amplitud de aquellos y aquellos a quienes estaba destinada la
Promesa. Su singularidad se vio reforzada y explicada al ser objeto de la
elección del Creador. Al mismo tiempo, su universalidad tiene la magnitud de
los dones del Señor. La singularidad de la elección de Dios y la universalidad
de la Promesa ¿no están acaso en el corazón de lo que estamos encargados de
transmitir en cada una de nuestras tradiciones, para que los jóvenes descubran
la riqueza de la herencia recibida y transmitida de generación en generación, y
su pertinencia para aclarar y guiar las elecciones y las decisiones más
delicadas y cruciales de hoy?
No cabe duda de que en nuestro mundo
occidental, la modernidad, o incluso la posmodernidad, crearon una nueva relación
entre las generaciones, que a veces se califica como de incomprensión o de
ruptura, pero que es también más compleja de lo que parece. Son muchas y
variadas las expresiones de un deseo de vivir más fraternidad y solidaridad,
incluso entre las generaciones. Sin embargo, esa demanda choca muchas veces con
un individualismo erigido como única norma social. De modo que transmitirles a
los jóvenes nuestros tesoros al nivel de la fe, de una fe vivida y referida a
una ética, se convirtió en un verdadero desafío. ¿Cómo hacerlo posible?
Los judíos y los cristianos tenemos en común
el deseo y la exigencia de transmitirles “a nuestros hijos” la fe de nuestros
Padres: una fe recibida de generación en generación, una fe expresada como
Palabra de un Dios Creador y Salvador, una fe viva y vivida cotidianamente a
través de elecciones éticas responsables que nos comprometan personalmente y
contengan en ellas consecuencias sociales. Esta transmisión a los hijos es un
mandamiento expresado en la oración del Shemá: “Queden en tu corazón estas
palabras que yo te dicto hoy; se las repetirás a tus hijos, les hablarás de
ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado”
(Dt 6, 6-7). La Palabra de Dios se transmite a través de palabras humanas: Dios
habla el idioma de los hombres. La Palabra de Dios consiste ante todo en
escucharla. Esa Palabra, dicen los profetas, es “un fuego ardiente” (Jr 20, 9)
que el hombre no puede guardar para sí. Contiene un llamado, una exigencia de
transmisión. “Por amor de Sion, no callaré, por amor de Jerusalén, no
descansaré” (Is 62, 1). Sabemos que no podemos callarnos, y sabemos que esas
palabras deben hacerse vivas y resplandecientes a través de nuestra manera de
actuar. Y sin embargo, vemos con mucha frecuencia que ante los efectos de un
ateísmo práctico, que toma el rostro de un relativismo apacible y filantrópico,
el uso mismo de la palabra y el actuar que deriva de ella se pierden y se
olvidan. Por un camino de educación, queremos contribuir a encontrar y
compartir el pensamiento, la vida y la fe por medio de palabras, un lenguaje,
una palabra que los transmitan y establezcan relaciones.
Todos nos encontramos ante una sociedad en
pleno cambio. Hemos entrado en particular a una cultura del sujeto. La
individualidad, el carácter propio de cada uno están muy valorizados. La fe
supone no solo una relación interpersonal, sino una comunidad de vida que lleva
a preguntarse cómo transmitir el amor al otro como un hermano con quien soy
llamado a unirme. La Palabra de Dios reúne a un pueblo y nos vuelve atentos los
unos a los otros. La expresión de la fe tiene que ver con una responsabilidad
colectiva.
Nuestra sociedad pregona la libertad, pero
¿cómo ejercer esa libertad interesándose por el otro? ¿Cómo ejercerla en un
mundo que se volvió tan complejo y cambiante? La información es sobreabundante
y las opiniones suelen ser muy contradictorias, a veces violentas, a menudo
inmediatas y sin perspectiva. Se volvió muy difícil formarse una opinión, y sin
embargo es más necesario que nunca aprender a elaborar un discernimiento, un
juicio, en el trabajo de una conciencia lúcida.
Autonomía, individuación, incluso en el plano
religioso: la sociedad impulsa a cada uno a encontrar su camino y se produce un
bricolaje de creencias diversificadas, frágiles, pues cada uno toma lo que
quiere para fabricarse su propia visión del mundo. Asistimos entonces a
una profusión de creencias diferentes en un mundo pluri-religioso. Al ver esta
pluralidad de religiones, muchos jóvenes se construyen su mundo religioso
personal.
Actualmente, a la cultura le cuesta trabajo
transmitir la fe. Un joven francés es incapaz de descifrar hoy el tímpano de
una catedral y muchos pasajes de la literatura que se refieren a personajes
bíblicos que desconoce. Nuestra cultura es científica y técnica. En esta
cultura, la fe es relativizada, con la idea, para cierta cantidad de personas,
de que la verdad es perceptible por la ciencia, y que el resto, el arte, la fe,
la moral, no son más que una construcción cultural. Los jóvenes están abiertos
a la ciencia y a la cultura científica desde muy temprana edad. Conscientes de
que el progreso técnico no es suficiente para asegurar por sí mismo el
crecimiento del hombre y su ética, ¿cómo pueden posicionarse la fe y nuestras
tradiciones frente al discurso científico y entrar en diálogo con él?
La sociedad occidental valoriza igualmente la
novedad, el progreso. En esta cultura de la novedad, puede parecer que la fe
pertenece a un mundo antiguo. ¿Cómo manifestar que nuestras tradiciones de fe
son para el mundo actual, que ofrecen respuestas a los interrogantes de los
hombres y las mujeres de hoy, a sus angustias, a su tentación de desesperar?
Nuestra sociedad está construida también
sobre una cultura económica y social liberal, basada en la competencia y el
consumo. Las cuestiones de la fe y el sentido tienen dificultades para emerger
de ese ambiente. ¿Cómo proponer, en nombre de nuestra fe, una alternativa
y un incremento de “ser” en el seno de esta cultura que fija el deseo en el
consumo de las cosas y en la competitividad como si “tener” bastara para ser
feliz? Se trata de transmitirles a las jóvenes generaciones el amor a la
Sabiduría, venerada por el Rey Salomón y deseada por todos los hombres, porque
es la única que puede llevarlos por los caminos de la felicidad, como tan bien
lo expresa el Libro de los Proverbios: “Hijo mío, si das acogida a mis palabras
y guardas en tu memoria mis mandatos, prestando tu oído a la sabiduría,
inclinando tu corazón a la prudencia; si invocas a la inteligencia y llamas a
voces a la inteligencia, si la buscas como la plata, y como un tesoro la
rebuscas, entonces entenderás el temor al Señor y la ciencia de Dios
entenderás. Porque el Señor es el que da la sabiduría, de su boca nacen la
ciencia y la prudencia. Reserva el éxito para los rectos, es escudo para
quienes proceden con entereza, vigila las sendas de la equidad y guarda el
camino de sus amigos. Entonces entenderás la justicia, la equidad y la
rectitud, todos los senderos del bien” (Pr 2, 1-9).
Por ese sendero de Sabiduría y de bien
queremos enseñar a caminar a nuestros hijos. Para eso, como un viajero, debemos
hacernos tres preguntas. ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Con quién caminamos
por ese sendero de la transmisión?
¿De dónde venimos? Hemos recibido la vida de
nuestros padres en la fe, Abraham, Isaac y Jacob, como dijimos antes, y
podríamos prolongar la lista de los testigos que nos engendraron, con Moisés,
Elías, David… Y por supuesto, nuestros padres, abuelos y todos los que nos
enseñaron a recoger la vida como un don original y primigenio, como una feliz
dependencia y una experiencia de la unidad del género humano. “Honrarás a tu
padre y a tu madre”: este mandamiento positivo del Decálogo es también el que
es acompañado por una promesa: “para que tus días se alarguen en la tierra”. La
memoria viva de nuestros orígenes funda la transmisión de una vida siempre
nueva y sorprendente. En este sentido, la familia, en sus alegrías y sus
dolores, es el primer lugar de transmisión.
¿Adónde vamos y a quién transmitimos? En
momentos en que muchas voces anuncian la destrucción de nuestro mundo, el
enfrentamiento final de las civilizaciones o incluso el fin de la historia,
nuestra misión común nos lleva a transmitir a los hombres esa esperanza
aparentemente imposible pero que se vuelve posible por Dios, como dicen los
misteriosos visitantes de Abraham y Sara en el capítulo 18 del Génesis. Nuestro
camino nos lleva a transmitir incansablemente la dignidad de toda persona
humana meditando juntos el salmo 8: “¿Qué es el hombre para que pienses en
él?”. Queremos transmitir especialmente la atención a los más pequeños, a los
más frágiles y vulnerables de nuestro mundo y de nuestro tiempo, “oír el grito
de los pobres y de la tierra”, como dice el papa Francisco.
¿Con quién y de qué manera somos llamados a
transmitir? La confianza y el diálogo, el respeto y la amistad, vividos entre
nosotros: esto queremos transmitir en nombre de nuestras tradiciones de fe más
enraizadas en la Biblia y en nuestras prácticas. Lo que transmitimos está
ligado a la manera en que transmitimos. Nuestro prójimo, el que se hace próximo
a nosotros, como Dios mismo se hace próximo: con él queremos transmitir. La
tradición, otro nombre de la transmisión, es un acto, no es al principio un
contenido: un acto que nos expone y nos vuelve vulnerables, un acto por el cual
tomamos un riesgo, el de no ser oídos, comprendidos, recibidos. Queremos
compartir el tesoro de nuestra fe y la manera en que explica nuestra vida,
nuestra sociedad y este mundo, sin forzar jamás las conciencias y
permitiéndoles abrirse a los interrogantes fundamentales sobre el sentido de la
existencia humana y de los vínculos entre los seres.
Por todas estas razones, como le gustaba
decir al cardenal Jean-Marie Lustiger, la modernidad es un desafío, pero
también es, innegablemente, una oportunidad: se trata de hacerles descubrir a
las jóvenes generaciones, sumidas en la originalidad a veces desconcertante de
la modernidad, las fuerzas y las debilidades de este tiempo y de este mundo, del
que son actores, así como la pertinencia de la fe, el suave poder de la Palabra
de Dios que hace a los hombres capaces de escuchar, hablar, servir, ser más
libres, más fieles y más alegres, y de construir la paz. Esta modernidad es
también una oportunidad porque nos ofrece, a los judíos y los cristianos,
trabajar juntos en esta transmisión, enriquecidos por la diferencias de
nuestras tradiciones y la misión común al servicio de la humanidad.
Ustedes, nuestros hermanos judíos, tienen una
larga práctica de la transmisión de la revelación recibida en el Sinaí,
consignada y compartida en una tradición escrita y una tradición oral: tenemos
mucho que aprender de ustedes. Como señala un documento reciente titulado
“Entre Jerusalén y Roma”, por los 50 años de Nostra
Aetate, un texto firmado por una cantidad importante de rabinos
europeos, publicado en 2016 y entregado al papa Francisco en 2017: “Las
diferencias doctrinales y nuestra incapacidad de comprender realmente el
sentido y los misterios de nuestros respectivos credos no impiden y no podrían
impedir una serena colaboración con vistas a la mejora del mundo que
compartimos”. Podemos avanzar como socios responsables e inequívocos en la
defensa de la dignidad del hombre, de su vida y de su supervivencia, de su futuro
y de su esperanza, dependiendo en gran medida de lo que les transmitimos a las
jóvenes generaciones.
Mons.
Michel Aupetit, arzobispo de París desde enero de 2018,
pronunció este discurso en la Yeshiva University de Nueva York, el 26 de
noviembre de 2018, en el marco del encuentro habitual entre obispos franceses y
rabinos norteamericanos que se realiza desde hace unos 15 años, gracias a una
iniciativa del cardenal Jean-Marie Lustiger. Agradecemos al arzobispado de
París la autorización para traducir y publicar este texto en nuestro sitio.
Traducción del francés: Silvia Kot.
Traducción del francés: Silvia Kot.

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