En preparación al encuentro que estamos
preparando para el próximo Jueves 27 de
octubre, a las 18,30, la Confraternidad Argentina Judeo Cristiana, La Orden de
Frailes Menores (Padres Franciscanos) y Diálogo Ciudadano -Mesa de Diálogo Interreligioso-, les hacemos llegar algunos de los párrafos
expresados por el Papa ayer, 20 de septiembre, en la tierra de San Francisco:
ASÍS, 20 Sep. 16 / 11:17 am (ACI).- El Papa Francisco dirigió un especial
discurso a los participantes en la ciudad italiana de Asís por la Jornada
Mundial de Oración por la Paz titulada “Sed de paz, religiones y culturas en
diálogo”.
Entre otros comentarios, expresó: “Queridos hermanos y hermanas:
Os saludo con gran respeto y afecto, y os agradezco vuestra
presencia….hemos venido a Asís como peregrinos en busca de paz. Llevamos dentro
de nosotros y ponemos ante Dios las esperanzas y las angustias de muchos
pueblos y personas. Tenemos sed de paz, queremos ser testigos de la paz,
tenemos sobre todo necesidad de orar por la paz, porque la paz es un don de
Dios y a nosotros nos corresponde invocarla, acogerla y construirla cada día
con su ayuda.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5,9). Muchos de
vosotros habéis recorrido un largo camino para llegar a este lugar bendito.
Salir, ponerse en camino, encontrarse juntos, trabajar por la paz: no sólo son
movimientos físicos, sino sobre todo del espíritu, son respuestas espirituales
concretas para superar la cerrazón abriéndose a Dios y a los hermanos.
Dios nos lo pide, exhortándonos a afrontar la gran enfermedad de
nuestro tiempo: la indiferencia. Es un virus que paraliza, que vuelve inertes e
insensibles, una enfermedad que ataca el centro mismo de la religiosidad,
provocando un nuevo y triste paganismo: el paganismo de la indiferencia.
No podemos permanecer indiferentes. Hoy el mundo tiene una ardiente
sed de paz. En muchos países se sufre por las guerras, con frecuencia
olvidadas, pero que son siempre causa de sufrimiento y de pobreza. En Lesbos,
con el querido Hermano y Patriarca ecuménico Bartolomé, hemos visto en los ojos
de los refugiados el dolor de la guerra, la angustia de pueblos sedientos de
paz.
Pienso en las familias, cuyas vidas han sido alteradas; en los
niños, que en su vida sólo han conocido la violencia; en los
ancianos, obligados a abandonar sus tierras: todos ellos tienen una gran sed de
paz. No queremos que estas tragedias caigan en el olvido. Juntos deseamos dar
voz a los que sufren, a los que no tienen voz y no son escuchados. Ellos saben
bien, a menudo mejor que los poderosos, que no hay futuro en la guerra y que la
violencia de las armas destruye la alegría de la vida.
Nosotros no tenemos armas. Pero creemos en la fuerza mansa y
humilde de la oración. En esta jornada, la sed de paz se ha transformado en una
invocación a Dios, para que cesen las guerras, el terrorismo y la violencia. La
paz que invocamos desde Asís no es una simple protesta contra la guerra, ni
siquiera «el resultado de negociaciones, compromisos políticos o acuerdos
económicos, sino resultado de la oración» (JUAN
PABLO II, Discurso, Basílica de Santa María de los Ángeles, 27
octubre 1986, fuente de la comunión, el agua clara de la paz, que anhela la
humanidad: ella no puede brotar de los desiertos del orgullo y de los intereses
particulares, de las tierras áridas del beneficio a cualquier precio y del
comercio de las armas.
Nuestras tradiciones religiosas son diversas. Pero la diferencia no
es para nosotros motivo de conflicto, de polémica o de frío desapego. Hoy no
hemos orado los unos contra los otros, como por desgracia ha sucedido algunas
veces en la historia. Por el contrario, sin sincretismos y sin relativismos,
hemos rezado los unos con los otros, los unos por los otros.
“….Continuando el camino iniciado hace treinta años en Asís, donde
está viva la memoria de aquel hombre de Dios y de paz que fue san Francisco,
«reunidos aquí una vez más, afirmamos que quien utiliza la religión para
fomentar la violencia contradice su inspiración más auténtica y profunda»
No nos cansamos de repetir que nunca se puede usar el nombre de
Dios para justificar la violencia. Sólo la paz es santa y no la guerra. Hoy
hemos implorado el don santo de la paz. Hemos orado para que las conciencias se
movilicen y defiendan la sacralidad de la vida humana, promuevan la paz entre
los pueblos y cuiden la creación, nuestra casa común.
La oración y la colaboración concreta nos ayudan a no quedar
encerrados en la lógica del conflicto y a rechazar las actitudes rebeldes de
los que sólo saben protestar y enfadarse. La oración y la voluntad de colaborar
nos comprometen a buscar una paz verdadera, no ilusoria: no la tranquilidad de
quien esquiva las dificultades y mira hacia otro lado, cuando no se tocan sus
intereses; no el cinismo de quien se lava las manos cuando los problemas no son
suyos; no el enfoque virtual de quien juzga todo y a todos desde el teclado de
un ordenador, sin abrir los ojos a las necesidades de los hermanos ni
ensuciarse las manos para ayudar a quien tiene necesidad.
Nuestro camino es el de sumergirnos en las situaciones y poner en
el primer lugar a los que sufren; el de afrontar los conflictos y sanarlos
desde dentro; el de recorrer con coherencia el camino del bien, rechazando los
atajos del mal; el de poner en marcha pacientemente procesos de paz, con la
ayuda de Dios y con la buena voluntad.
Paz, un hilo de esperanza, que une la tierra con el cielo,
una palabra tan sencilla y difícil al mismo tiempo. Paz quiere decir Perdón
que, fruto de la conversión y de la oración, nace de dentro y, en nombre de
Dios, hace que se puedan sanar las heridas del pasado. Paz significa Acogida,
disponibilidad para el diálogo, superación de la cerrazón, que no son
estrategias de seguridad, sino puentes sobre el vacío. Paz quiere decir
Colaboración, intercambio vivo y concreto con el otro, que es un don y no un
problema, un hermano con quien tratar de construir un mundo mejor.
Paz significa Educación: una llamada a aprender cada día el difícil
arte de la comunión, a adquirir la cultura del encuentro, purificando la
conciencia de toda tentación de violencia y de rigidez, contrarias al nombre de
Dios y a la dignidad del hombre.
Aquí, nosotros, unidos y en paz, creemos y esperamos en un mundo
fraterno. Deseamos que los hombres y las mujeres de religiones diferentes, allá
donde se encuentren, se reúnan y susciten concordia, especialmente donde hay
conflictos. Nuestro futuro es el de vivir juntos. Por eso, estamos llamados a
liberarnos de las pesadas cargas de la desconfianza, de los fundamentalismos y
del odio. Que los creyentes sean artesanos de paz invocando a Dios y trabajando
por los hombres.
Y nosotros, como Responsables religiosos, estamos llamados a ser
sólidos puentes de diálogo, mediadores creativos de paz. Nos dirigimos también
a quienes tienen la más alta responsabilidad al servicio de los pueblos, a los
Líderes de las Naciones, para que no se cansen de buscar y promover caminos de
paz, mirando más allá de los intereses particulares y del momento: que no quede
sin respuesta la llamada de Dios a las conciencias, el grito de paz de los
pobres y las buenas esperanzas de las jóvenes generaciones. Aquí, hace treinta
años, San Juan Pablo II dijo: «La paz es una cantera abierta a todos y no
solamente a los especialistas, sabios y estrategas. La paz es una
responsabilidad universal» (Discurso, Plaza de la Basílica inferior de San
Francisco, 27 octubre 1986: l.c., 11).
Hermanos y hermanas, asumamos esta responsabilidad, reafirmemos hoy
nuestro sí a ser, todos juntos, constructores de la paz que Dios quiere y de la
que la humanidad está sedienta

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