LA NAVIDAD DE UN CRISTIANO
Horacio Varela Roca
La fe nos viene de arriba e impregna nuestra vida: corazón,
pensamiento y acciones.Es como la
lluvia que empapa la tierra.
Desde la experiencia de fe, Duccio di Buoninsegna, que vivió
en Siena, Italia (1255-1319), nos habla de la Natividad de Nuestro Señor
Jesucristo. Dejó su mirada en la
Catedral de su ciudad, en el centro del altar mayor, unos pocos años antes de
su muerte.
Porque un niño nos ha nacido,
un hijo nos ha sido dado.
La soberanía reposa sobre sus hombros
y se le da por nombre:
“Consejero maravilloso, Dios fuerte,
Padre para siempre, Príncipe de la paz”.
Sobre la derecha, habla el profeta Ezequiel sobre la
condición virginal de la Madre del Niño:
“Esta puerta permanecerá cerrada. No será abierta, y nadie
entrará por ella, porque el Señor, ha entrado por ella. Por eso permanecerá
cerrada”.
En el centro de la escena, están un buey y un asno en serena
compañía. Representan a los opuestos,
que quedan reconciliados por la presencia del recién nacido.
Arriba, una estrella de ocho puntas, todo el cosmos allí
presente, atrapa la mirada del Niño y lo cobija con sus rayos.
La Madre y su Niño están en la caverna, para iluminar la
oscuridad del mal, para que toda noche de angustia y dolor se convierta en
Nochebuena.
También el negro de la caverna indica, místicamente, la
entrega del Padre, que al darse todo en su Hijo, es nada más que Silencio de
amor. Como dirá Jesús después: “El que
me ha visto, ha visto al Padre”.
José, al costado, es un anciano, en el sentido más pleno de
la ancianidad: un sabio. Sus sueños son
revelaciones, como la mirada de Duccio es una enseñanza sobre la Navidad.
Los pastores son hombres sencillos, entregados a su
rutinaria labor, pero con el alma encendida, atenta. Y cuando ven la señal, acuden. Llevan a sus ovejas, y también a un humilde
perro, que llevan la presencia de todo lo viviente al espacio de salvación.
El Niño Dios, en el pesebre, está envuelto en pañales, como
en una mortaja. Abajo, dos parteras lo
bañan sumergiéndolo en un cáliz. Un
anuncio de la muerte y resurrección, un misterio de amor y de servicio que nos
conmueve. Nuestra vida humana, sin
excluir a nadie bajo ninguna circunstancia, se llena con la misericordia de
Dios. Para siempre, para siempre.
El Misterio se insinúa en el arco de círculo azul de la
parte superior, un color que envuelve a la Virgen Madre como un manto de
gracia, de compasión. El Misterio de
Dios se muestra con su característica principal: la ternura.
Los ángeles convocan a los cristianos a contemplar y rezar.
¿En favor de quienes se hacen estas oraciones y se celebra esta Festividad?
“Paz a los hombres amados de Dios”.
¿Quiénes? Todos los hombres,
mujeres y varones, de todas las edades, de todo el planeta, de todas las
religiones, de todas las convicciones.
Nadie está afuera del amor de Dios.
Por esto, ¡Feliz Navidad!

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