Gracias, Rabina Graciela Grymberg
Compartiendo una historia
Cuenta la historia que había un judío piadoso que, todos los años,
para Iom Kipur, hacía su vidui (confesión) y se debatía preguntándose por qué
no había sido capaz de comportarse lo suficientemente bien durante el año.
Finalmente, decidido a mejorar definitivamente, encaró un ambicioso
proyecto: evitar cometer cualquier desliz y completar el año en tal estado de
pureza que resultase innecesario confesarse. Se trataba de un desafío
mayúsculo: cometer un error es tan fácil como errar al disparar una flecha: ¡el
blanco es tan pequeño!
Temeroso de cometer alguna injusticia en su trabajo, lo dejó y
vivió austeramente de sus ahorros.
Para asegurarse que no dañaría inadvertidamente a ningún ser vivo,
por pequeño e invisible que fuere, se recluyó en su casa.
Deseoso de evitar cualquier falta hacia sus semejantes, evitó el
contacto con otras personas –salvo el imprescindible durante los rezos, en los
que era acompañado por nueve amigos que completaban su minián. Redujo al mínimo
su comida y bebida, y sostuvo durante doce meses un estado de retiro casi
absoluto.
Cuando llegó el siguiente Iom Kipur, comprobó con satisfacción que
había logrado cumplir su propósito, y que nada ni nadie había sido capaz de
distraerlo de su plan. A la hora del vidui, cerró su Majzor y se dispuso a
escuchar las confesiones de los demás con la tranquilidad de quien tiene su
conciencia libre de toda culpa.
En lugar del coro de “Ashamnu, bagadnu…”, escuchó otra voz que le
decía:
“Deberías redoblar tus confesiones”.
“¿Acaso no he evitado todo mal?” se preguntó sorprendido, “¿en qué pude haber
errado?”.
“No erraste con ninguna de tus flechas porque te negaste a lanzarlas.
Cometiste, así, el peor de los pecados al evitar el desafío de vivir”.
Vivir es saber que como seres humanos tenemos virtudes y
defectos, que nos equivocaremos y que también habrá cosas que haremos
bien, siempre y cuando no evitemos el desafío de vivir.

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