O en otras palabras, que un árbol no impida ver todo el bosque
La visita del Papa
Francisco a Cuba y USA ha sido cubierta por todos los medios en forma tan
amplia y profusa, que nos pareció interesante transcribir en nuestro blog, lo
publicado en “Caminos Religiosos,
información para el Diálogo”, en el día de fecha, 29 de septiembre de 2015 .-
Por MATTHEW
BECKLO
San Francisco, como escribió G.K Chesterton,
puede entenderse desde tres perspectivas distintas. La primera es como un
hombre que anticipa todo lo que hay de generoso y compasivo en el espíritu
moderno: el amor por la naturaleza, el amor por los animales, el sentido de
compasión, el sentido del peligro de la prosperidad económica y los bienes
materiales.
El segundo es como hombre de estigmas y
calaveras. Un asceta que incidía en el valor, la moral y la liturgia, tan
austera como la figura de santo Domingo.
La tercera es una combinación de ambas.
Chesterton decía que para entender realmente lo
que significaba la figura de san francisco -y no lo que queremos que sea-
necesitamos considerar tanto su alegría como su austeridad. Necesitamos ver al
hombre de Las Florecillas de San Francisco, cuyo activismo radical
era inseparable de su fe.
Francisco observaba al mundo con un amor
inmenso, pero también se negaba a sí mismo placeres básicos. Como muchos
grandes santos, su pasión por la creación se alimentaba de los sacramentos.
Su Cántico al sol nos habla de la “madre tierra” y del “hermano
viento”, pero también de la “hermana muerte del cuerpo” y del “pecado mortal”
(“¡Ay de los que mueren en pecado!”).
Algunos reducen la compasión de san Francisco a
excentricidad personal. Les gustaría destacar esto sin dejar espacio para nada
más. Pero Francisco era el que era. No un religioso estoico o un seglar
hippie, sino alguien enamorado locamente de Cristo.
El análisis de Chesterton no está lejos cuando
pensamos en Papa
Francisco, el primer papa en tomar su nombre. Los americanos somos
gente pragmática, nos gusta separar las cosas en dos y poner cada una en su
sitio, especialmente en política, por tanto no es raro que hagamos lo mismo con
Francisco.
Los políticos liberales lo consideran una
“bocanada de aire fresco” en una Iglesia retrógrada, un papa progresista que (a
pesar de algunas posturas inevitables de “extrema derecha”) se preocupa del
medio ambiente, nos previene del capitalismo feroz y declara: “¿Quién soy yo
para juzgar?”.
Mientras tanto los políticos conservadores
alaban el liderazgo de Francisco en temas como la familia, la sencillez, la
dignidad humana, pero consideran sus inclinaciones “izquierdistas” como
falibles en el mejor de los casos. Peligrosas en el peor de ellos.
Una de las grandes ironías de la era digital es
que crea salas insonorizadas al mismo tiempo que información objetiva. En
América estas dos facetas de Francisco resuenan infinitamente en ellas. Vemos a
un Francisco al que no se le deja decir mucho, vacío de su alma religiosa, o a
Francisco al que se le permite hacer poco, aislado en sus palabras.
Cada una de los dos ofrece una imagen parcial de
su misión, pero no el cuadro entero: cada una de ellas “corta un trozo de
madera y lo llama bosque”.
Yendo más allá de los titulares, las entrevistas
y las encíclicas, nos hallamos ante un hombre que, como los santos y como Jesús
mismo, no se preocupa mucho de las vacas sagradas de la política. Incluso
llamarlo “el último forastero de Washington” es equivocado, porque lo coloca en
el horizonte de nuestra vida política. Peter Leithart no se equivoca cuando
dice que Franciscono solo trasciende nuestra política, sino que actúa en un
universo intelectual y moral diferente”, el de la Iglesia.
Lo que esconde una visión superficial del Papa
Francisco es que él, en realidad, “piensa con la Iglesia“. En
sentido literal, esto significa continuar en la línea de sus predecesores.
Probablemente, lo que los medios de comunicación no ven cuando cubren a
Francisco es que sustancialmente dice lo mismo que Benedicto
XVI y que san Juan Pablo II.
En sus entrevistas, Francisco ha destacado que
pensar con la Iglesia significa pensar con los fieles, no con los
teólogos. Con afirmaciones así, se entiende que al Papa
Francisco se le llame el “Papa de la gente”. Huele a
oveja más que ningún pastor de la época reciente.
Pero pensar con la Iglesia también
significa aprender a ver a través de las falsas contradicciones del
mundo.Superficialmente, la Laudato Si nos trae temas muy amplios,
justicia para los pobres, la abolición del aborto, la lucha contra el cambio
climático, la sospecha del paradigma tecnocrático.
Su primer discurso pronunciado en la Casa Blanca
no fue distinto.Expresó su apoyo tanto a la institución del matrimonio como a
la difícil situación de los inmigrantes. Esta facilidad para moverse en los
polos opuestos impregna la Iglesia, que elogia la fe y la razón, la justicia y
la misericordia, el amor y la verdad sin dejarse llevar por ninguna ideología.
“La Iglesia no solo parece aceptar cosas
aparentemente incompatibles -escribió Chesterton- sino que también permite
estallar con una violencia artística y casi anárquica”.
Podría parecer que esto mantiene
estas tensiones entre discursos opuestos, pero paradójicamente conduce a
la unidad.
Con la alegría del Evangelio y como criatura de
Dios, san Francisco se enamoró de lo despreciable para convertirse en un medio de
paz y libertad. Murió a sí mismo como un grano de trigo, porque solo así podía
dar fruto. Este es el mensaje. Ya era polémico en su época, lo es ahora y lo
será siempre. Y lo que el Papa
Francisco está haciendo en América es simplemente una cosa: seguir
esas huellas e invitarnos. “Venid y lo veréis”.
Matthew Becklo es esposo y padre, un
filósofo amateur y columnista de cultura en Aleteia y Word on
Fire. Sus escritos están First Things, The Dish, and Real Clear
Religion.

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