Relato
que nos envía Horacio Varela Roca para reflexionar juntos. http://www.elmorador.blogspot.com.ar/
El Carro Volcado
Venía un hombre caminado por un estrecho y poco
transitado camino, al girar en una curva, pocos metros más adelante, se
encuentra frente a un pesado carro que había volcado y le impedía el paso.
El campesino que conducía el carro, que había estado
en vano intentando ponerlo nuevamente en pie, le pidió al viajero que le
ayudase a levantarlo.
¿Cómo podrían solo dos hombres levantar una carga tan
grande? se preguntó el hombre.
Y contestó:
-Es inútil. No puedo. Es imposible.
Entonces, el campesino con enojo y en tono de
reproche, le increpó:
-¡Claro que puedes, pero no quieres! ¡Esa es la
verdad! ¡No quieres, en realidad no quieres!
El viajero, al percibir la vehemencia del campesino,
puso manos a la obra. Buscó en la cercanía y encontró unos maderos y ayudó con
esfuerzo a deslizarlos bajo las ruedas. Con otro madero a modo palanca, ambos
hombres, hicieron fuerza y contrapeso con todas sus fuerzas.
El carro osciló, parecía enderezarse pero costaba, se
movió un poco, tomaron aliento y con un nuevo esfuerzo, consiguieron
enderezarlo.
El campesino acarició el lomo de sus bueyes, que
jadeaban y volvió a colocar la carga en su sitio.
Unos pocos momentos más tarde el carro, tirado por los
bueyes, se puso en marcha.
El viajero le dijo al campesino:
-Permíteme que te acompañe durante este tramo del
camino.
-Con gusto, será un placer. ¡Acompáñame!
Se pusieron a andar uno al lado del otro. Tras unos
momentos de silencio, el viajero le preguntó al campesino:
-¿Cómo es que has podido pensar que yo no quería?
- Precisamente
lo he pensado porque tú has dicho que no podías. Nadie sabe que no puede hacer
algo antes de haberlo intentado verdaderamente…
-Pero ¿Cómo has podido pensar que podría hacerlo?
-Era solo una idea. Eso es todo.
-¿Qué quieres decir con eso de una idea, eso es todo?
-¡Pero, que insistencia! ¿En verdad quieres
saberlo? Pues bien, se me ha ocurrido al
ver que te habían enviado a mi encuentro.
-¿Cómo es eso?, pregunto el viajero.
¿Entonces crees que tu carro se ha volcado, sólo para
que yo pudiese ayudarte?
-Por cierto -¿Y qué otra razón podría haber, hermano?
-dijo el campesino.
¿Quién es mi prójimo?
El carro llegó a Europa y Asia occidental en el cuarto
milenio antes de Cristo, y al Valle del Indo hacia el tercer milenio antes de
Cristo. Surgió en la zona de Oriente Medio, cuando se comenzaron los cultivos y
la domesticación de los animales.
Los carros han sido mencionados en la literatura ya en el
segundo milenio antes de Cristo. Un libro sagrado de la India afirma que los hombres
y las mujeres son tan iguales como dos ruedas de una carreta. En realidad, el carro es uno de los símbolos
más antiguos de la humanidad. En algunos
casos representa al sol, en otros es el transporte del héroe mítico, o el
vehículo de los dioses.
En lo que respecta a
la vida humana, representa el conjunto de fuerzas cósmicas y psíquicas que hay
que conducir; el conductor es el espíritu que las dirige. Es que nosotros, como aurigas de nuestro
propio ser, durante nuestro camino en la vida debemos realizar un trabajo de
construcción en los tres mundos: natural, humano y divino. De aquí que en muchas enseñanzas antiguas, el
carro simboliza la conciencia. Es el
vehículo del alma, que muestra el aspecto dinámico de la vida. Como el carro que somos puede tomar variados
caminos, también simboliza aspectos de conflicto.
El
campesino con el carro volcado del cuento citado, es alguien que está en
conflicto, está atascado en su vida y por sí mismo no puede salir. Tal es su necesidad, que provoca al caminante
para que supere el miedo ante la inmensa tarea y se las ingenie para ver cómo
lo ayuda. Y el exigente pedido es respondido utilizando maderos cruzados bajo
las ruedas. De este modo, con gran
esfuerzo, el campesino puede retomar su camino.
Al final del cuento hay una gran lección. Los conflictos de nuestra conciencia, los
atascaderos en los que se encuentra nuestra alma muchas veces, pueden ser
resueltos por nuestro prójimo. Pero
tenemos que estar atentos, pues hay pocos viajantes por nuestro derrotero. Y tenemos que saber pedir, con argumentos
fuertes y claros, para recibir la ayuda que necesitamos.
Ante la
pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”, el relato nos dice que es aquel que va por
el mismo camino en la vida, y que responde a nuestro pedido. Es a quién no tememos desafiar o
importunar. Y con el caminante
aprendemos que las dificultades que pasan los demás son para que podamos ejercer
nuestra fraternidad. Así trata el
campesino a su circunstancial compañero: “¿Y qué otra razón podría haber,
hermano?”

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