En Clarín, 11 de marzo de 2015, p.28
Tribuna
Ignacio Pérez del Viso
Sacerdote jesuita
Todo gobernante, al asumir,
disfruta de una luna de miel. Necesita un tiempo para implementar las reformas.
Pero a los dos años tiene que rendir examen, incluso en las urnas. Debe mostrar
que está cumpliendo las promesas formuladas. Los papas no hacen promesas electorales para ser elegidos. Sin embargo,
sienten la necesidad de prometer un futuro mejor. Juan XXIII, a los pocos meses
de ser elegido, anunció la convocación de un concilio. Esa fue su gran promesa.
El Papa Francisco, recién elegido, dijo que deseaba “una Iglesia pobre y para
los pobres”. No sólo “para” los pobres, como una gran institución de
beneficencia, sino ante todo “de” los pobres, que serían los dueños de casa. Y
nos preguntamos, ¿cumplió esa doble promesa? Estos dos años nos han permitido
prescindir de gestos de gran impacto mediático, como el viajar en subte en
Buenos Aires o el continuar usando unos zapatos viejos en Roma, para centrarnos
en lo esencial.
Observamos
que “pobre”, para Francisco, no es sólo el que está bajo la línea de pobreza,
un poco mejor que el “indigente”, líneas que en la Argentina ya no se miden
para no quitarle brillo al Relato oficial. “Pobre”,
En la marcha por el fiscal Nisman, hemos
percibido el anhelo de una Justicia mejor. Ese anhelo está por encima de las
discrepancias
para el Papa, es el que
carece de un bien fundamental, en lo social, lo cultural o lo religioso. Una
Iglesia “de” los pobres es entonces una comunidad que busca acrecentar sus
bienes, como la paz. Los degollados por el Estado islámico, que no es “Estado”
ni es “islámico”, son pobres e indigentes. Francisco
ha reconocido el derecho a una legítima defensa para protegerlos, aunque bajo
la autoridad de las Naciones Unidas. Pobres son también los que no pueden
acceder a una justicia elemental. En la
marcha por el fiscal Nisman, bajo un diluvio, hemos percibido el anhelo de una
justicia mejor. Los obispos evitaron quedar atrapados en un enfrentamiento
del gobierno con la oposición, ya que ese anhelo está por encima de las
discrepancias partidarias, pero hablaron claramente, como lo hizo el arzobispo
Arancedo, presidente de la conferencia episcopal. Y el Papa los respalda plenamente. Todas las religiones mueven
mucho dinero, tanto por el funcionamiento del culto como por la atención a los
más pobres. El Papa ha procurado que el famoso banco del Vaticano sea más
transparente. Pero las críticas son inevitables donde se maneja mucho dinero,
aun con un fin muy noble. Francisco nunca propuso una iglesia “en la calle”,
celebrando en los galpones de una villa de emergencia. Pero ya desde que era
cardenal iba a las villas, no de “visita” pastoral sino de encuentro fraternal,
como al compartir un mate. En muchos
terrenos estamos aún muy lejos de una iglesia de los pobres. Pero el papa
Francisco nos ha abierto el horizonte para encontrar a los pobres donde no los
imaginábamos, como en los matrimonios o parejas en conflicto. Y el Sínodo
del próximo octubre permitirá que esos pobres no miren a la iglesia desde
afuera.

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