Vino para siempre, para no irse más, para ser parte
inseparable de nuestra vida humana. Porque el Hijo de Dios es y será para toda la eternidad,
humano.Ya no podemos sentirlo ajeno a nuestra vidas. Se
expuso tanto a nosotros, se hizo uno
más de tal
manera, que lo despreciaban por
su origen, lo trataban de loco, de hombre de malas juntas, de borracho.
Durante treinta años fue uno más del montón, en el pequeño pueblo de Nazaret. Hoy está aquí
para llevarnos de nuevo a la
fuente, donde se puede beber agua de vida, paz, amor y esperanza.
Aparentemente débil, ese niño es mi seguridad, mi fuerza, mi
roca.
Aparentemente
inútil, ese niño es lo que más
necesito. Acepto que venga a salvarme,
que vuelva a rescatar mi vida y a devolverme el sentido de
todo.
¡Feliz Navidad!
Con afecto.
Pbro. Víctor Manuel Fernández
Rector

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