Celebrar la
Pascua en otoño tiene su encanto. Los colores ocres comienzan a teñir el verde
del verano y los amarillos anuncian que ya llega el tiempo del desprendimiento.
Vivir la
Pascua en otoño, nos conecta con otras metáforas y otras imágenes que nos
sumergen con realismo en el misterio que celebramos, la vida brotará allí
donde hubo muerte. La vida brotará allí, donde supimos soltar a tiempo y
aventurarnos a dejarnos llevar por la suave brisa de la Ruah.
Hacer
memoria del paso de Dios por nuestras vidas nos lanza a un éxodo a veces
incierto, pero siempre renovado: soltar, sin apegos, sin aferrarnos a lo
conocido, sabiendo que en los caminos que va abriéndonos nuestro buen Dios
vamos a encontrar más de lo que esperábamos, reconociendo su amor desbordante
aún en el dolor del fracaso y de la muerte.
Hacer
memoria del paso de Dios por la vida de nuestros pueblos nos invita a reconocer
la entraña solidaria de nuestra frágil humanidad, que sigue en pie gracias a
las manos tendidas y a los abrazos que nos cuidan con ternura.
Hacer
memoria del paso de Dios nos revela una vez más su amorosa condescendencia y su
confianza inquebrantable en nuestra libertad, capaz de recrear el mundo
haciéndolo más fraterno y habitable.
Con nuestros
sí a sus invitaciones celebremos esta pascua con el convencimiento de que en la
corriente de sus inspiraciones florecerá la primavera y en la mañana de un
domingo, otoñal, lleno de sol la vida triunfa resucitada, una vez más y
ya comenzamos a disfrutar de aquello que se nos promete, en comunidad, en
familia.
Prof. Andrea Sanchez Ruiz

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