| 01.02.2016
Queridos hermanos y hermanas:
Me siento feliz de estar hoy aquí con vosotros en
este Templo Mayor. Doy las gracias por sus amables palabras al sr. Di Segni,….
y os agradezco a todos vuestra cálida bienvenida, ¡gracias! ¡Tada Todà rabbà,
gracias!
Durante mi primera visita a esta sinagoga como
Obispo de Roma, deseo expresaros, extendiéndolo a todas las comunidades judías,
el saludo fraterno de paz de esta Iglesia y de toda la Iglesia católica.
Nuestras relaciones ocupan un lugar muy especial
en mi corazón. Ya en Buenos Aires solía acudir a las sinagogas para encontrar a
las comunidades que se reunían allí, seguir de cerca las fiestas y las
conmemoraciones judías y dar gracias al Señor que nos da la vida y nos acompaña
a lo largo de la historia.
Con el tiempo se creó un vínculo espiritual, lo
que favoreció el nacimiento de auténticas relaciones de amistad e incluso inspiró un compromiso compartido.
En el diálogo interreligioso es fundamental que nos reunamos como hermanos y
hermanas ante nuestro Creador y lo alabemos, que nos respetemos y valoremos los
unos a otros y tratemos de colaborar. Y en el diálogo judeo-cristiano hay un
vínculo único y especial, en virtud de las raíces judías del cristianismo:
judíos y cristianos, por lo tanto, deben sentirse hermanos, unidos por el mismo
Dios y un rico patrimonio espiritual común (cf. Decl. Nostra Aetate,
4), sobre el cual basarse y seguir construyendo el futuro.
Con mi visita sigo los pasos de mis predecesores.
El Papa Juan Pablo II vino aquí hace treinta años, el 13 de abril de 1986; y el
Papa Benedicto
XVI estuvo entre vosotros hace ya seis años. Juan Pablo II, en aquella ocasión, acuñó la hermosa
expresión «hermanos mayores», y de hecho sois nuestros hermanos y hermanas
mayores en la fe. Todos ellos pertenecen a una sola familia, la familia de
Dios, quien nos acompaña y nos protege como pueblo suyo. Juntos, como judíos y
como católicos, estamos llamados a asumir nuestra responsabilidad con esta
ciudad, contribuyendo, sobre todo en lo espiritual, y favoreciendo la
resolución de los diversos problemas actuales……”
Acabamos de conmemorar el 50º aniversario de la
declaración Nostra
Aetate del Concilio Vaticano II,
que ha hecho posible el diálogo sistemático entre la Iglesia católica y el
judaísmo. El pasado
28 de octubre, en la Plaza de San Pedro, tuve la oportunidad de saludar a un gran número de
representantes judíos, a quienes me dirigí de este modo: «Merece una especial
gratitud a Dios la auténtica transformación que ha tenido en los últimos
cincuenta años la relación entre los cristianos y los judíos. La indiferencia y
la oposición dieron paso a colaboración y benevolencia. De enemigos y extraños
hemos pasado a ser amigos y hermanos. El Concilio, con la declaración Nostra Aetate
trazó el camino: “sí” al redescubrimiento de las raíces judías del
cristianismo; “no” a cualquier forma de antisemitismo, y en consecuencia la
condenación de toda injuria, discriminación y persecución». Nostra Aetate
definió teológicamente por primera vez, de forma explícita, las relaciones de
la Iglesia Católica con el judaísmo. Naturalmente ésta no resolvió todas las
cuestiones teológicas que nos afectan, pero hizo referencia de modo alentador,
proporcionando un importante estímulo para las necesarias reflexiones
posteriores. En este sentido, el 10 de diciembre de 2015, la Comisión para las
relaciones religiosas con el judaísmo publicó un nuevo
documento que afronta las
cuestiones teológicas que han surgido en las últimas décadas transcurridas
desde la promulgación de Nostra Aetate. De
hecho, la dimensión teológica del diálogo judeo-católico merece ser cada vez
más profundizada, y deseo animar a todos los que participan en este diálogo a
continuar en esta dirección, con discernimiento y perseverancia….”
Conflictos,
guerras, la violencia y las injusticias abren profundas heridas en la humanidad
y nos llaman a fortalecer el compromiso con la paz y la justicia. La violencia
del hombre contra el hombre está en contradicción con toda religión digna de
este nombre, y en particular con las tres grandes religiones monoteístas. La
vida es sagrada, como don de Dios. El quinto mandamiento del Decálogo es: «No
matarás» (Éx 20, 13). Dios es el Dios de la vida y quiere siempre
promoverla y defenderla; y nosotros, creados a su imagen y semejanza, estamos
llamados a hacer lo mismo. Todo ser humano en cuanto criatura de Dios, es
nuestro hermano, independientemente de su origen y de su pertenencia religiosa.
Cada persona debe ser vista con benevolencia, como hace Dios, que da su mano
misericordiosa a todos, independientemente de su fe y de su origen, y que se
ocupa de las personas que más lo necesitan: los pobres, los enfermos, los
marginados y los indefensos. Allí donde la vida está en peligro estamos
llamados todavía más a protegerla. Ni la violencia ni la muerte tendrán jamás
la última palabra frente a Dios, que es el Dios del amor y de la vida.
Tenemos que pedirle con insistencia para que nos
ayude a practicar en Europa, en Tierra Santa, en Oriente Medio, en África y en
cada parte del mundo la lógica de la paz, de la reconciliación, del perdón y de
la vida.
El pueblo judío, en su historia, ha querido
experimentar la violencia y la persecución, hasta el exterminio de los judíos
europeos durante el Holocausto. Seis millones de personas, sólo por el hecho de
pertenecer al pueblo judío, fueron víctimas de la más inhumana barbarie
perpetrada en nombre de una ideología que quería reemplazar a Dios por el
hombre. El 16 de octubre de 1943, más de mil hombres, mujeres y niños de la
comunidad judía de Roma fueron deportados a Auschwitz. Hoy deseo recordarlos de
todo corazón: especialmente sus sufrimientos, sus angustias. Sus lágrimas nunca
se deben olvidar
Queridos hermanos mayores, tenemos que estar
verdaderamente agradecidos por todo lo que ha sido posible realizar en los
últimos 50 años, porque entre nosotros han crecido y se han profundizado la
comprensión recíproca, la mutua confianza y la amistad. Recemos juntos al
Señor, para que conduzca nuestro camino hacia un futuro bueno, mejor. Dios
tiene para nosotros proyectos de salvación, como dice el profeta Jeremías:
«Pues sé muy bien lo que pienso hacer con vosotros: designios de paz y no de
aflicción, daros un porvenir y una esperanza» (Jer 29, 11). Que el
Señor nos bendiga y nos proteja. Haga resplandecer su rostro sobre nosotros y
nos dé su gracia. Dirija sobre nosotros su rostro y nos conceda la paz (cf. Nm
6, 24-26).
¡Shalom alechem!

No hay comentarios:
Publicar un comentario