Por
Horacio M. Varela Roca
Publicado
en Newsletter "Embajada Abierta"
"En
medio de un cúmulo de informaciones, una noticia inesperada ha dejado una marca
ya indeleble en la historia: la elección del Papa Francisco.
Es
un acontecimiento único en muchos sentidos.
Las generaciones que nos seguirán lo tendrán como una referencia, pero
ninguna podrá vivirlo de nuevo. Es la
primera vez que la Iglesia Católica tiene un Papa que no es un europeo, y esto
queda así para siempre. Es el primer
Papa de la Compañía de Jesús, la Orden fundada por San Ignacio de Loyola. Esta Orden, hasta no hace mucho, no
autorizaba a sus miembros a tener cargos episcopales.
Hay
tres aspectos que nos ayudarán a mirar este acontecimiento histórico, quizás
uno de los mas relevantes en muchos siglos.
El primero es el carácter del nuevo Pontífice, su actitud de fondo ante
el acontecer de la vida. El segundo
aspecto es el estrictamente religioso, vinculado a la intuición y a la
imaginación humanas. Finalmente, es
importante hacer referencia a la relación que hay entre el Papa y el mundo
concreto e histórico.
El
juglar de Dios.
En
el año 1950, Roberto Rossellini filma una de sus más bellas películas:
Francisco, Juglar de Dios. En el año
2013, el Cardenal Jorge Bergoglio asume el Pontificado, imponiéndose el nombre
de Francisco, usado por primera vez, otra exclusividad para nuestro acontecer
que no se repetirá en el futuro. Lo que
muestra Rossellini con aquella película es lo que lleva el nuevo Papa en el
corazón.
Los
actores de la película eran presos comunes, y el Papa Francisco, en el primer
Jueves Santo de su pontificado se dirige a una cárcel de menores en Roma para
allí hacer el ritual del Lavatorio de los Pies.
Más que estas coincidencias externas, hay una sintonía interior, una
actitud que se va manifestando en muchos de sus actos.
Los
viajes en transporte público del antiguo Cardenal Bergoglio, se asemejan al
andar sencillo y ligero del Santo de Asís con sus compañeros. Ningún desprecio salen de sus gestos, pero
tampoco hay ninguna complacencia con el sistema de consumo o de posesión
egoísta. Ya como Papa, la sonrisa es una
marca notable de su presencia ante la gente de variada procedencia. De forma inédita, otra primera vez, pide la
bendición al pueblo reunido en la Plaza de San Pedro.
El
juglar era un artista popular, llamado de esta manera porque era gracioso. En el carácter del Papa Francisco se nota esa
actitud de brindar gracia, de aliviar el alma, de dar paz en la vida. No es algo decidido con su nuevo cargo, sino
que lo ejercía ya en su ministerio como sacerdote, y luego como obispo. Pero se nota, en estos primeros días de
Pontificado, que está acentuada la misión juglaresca. Muchas personas de todo el mundo sienten una
gran emoción y alegría con el Papa, también en gente que no forman parte de la
comunidad católica. Se abre una
esperanza de tener una autoridad que transmita la misericordia y la compasión
divinas con alegría y belleza.
La
realidad religiosa.
Hay
que tener en cuenta que el Romano Pontífice es un ministerio dentro de una
religión. Junto a los aspectos de una
organización que abarca a 1.200 millones de personas, hay otra dimensión que
contempla el imaginario de la gente, su componente intuitivo, distinto del
racional, aunque siempre razonable.
Desde
los estudios modernos sobre la mente humana sabemos que nuestro comportamiento
en la vida se compone de una construcción consciente y libre, con una larga
ejercitación para que lo decidido se convierta en hábito, en virtud. A la vez dependemos de un inmenso
inconsciente, que se manfiesta en símbolos y arquetipos, muchos de los cuales
son comunes a toda la humanidad.
Los
símbolos nos comunican siempre con realidades trascendentes, con lo que está
más allá de lo que se percibe por los sentidos.
La vida religiosa relaciona el mundo consciente con el inconsciente, el
pensamiento basado en silogismos y en la razón, con el pensamiento que se
fundamenta en lo intuitivo y en la imaginación para ingresar en la verdad, el
bien y la belleza.
El
Papa es un símbolo muy fuerte en el inconsciente colectivo. Una comprobación graciosa, aunque precisa y
clara, de esta potencia es el campo de la interpretación de los números. Allí el Papa es el “88” y San Pedro el “29” . Bastaría con buscar la estadística de cuántos
jugaron a esos números en el día de la elección del Pontífice y en los
subsiguientes. En este orden de sentido
está el deseo de la gente de ir a su encuentro, aunque sea en un espacio multitudinario. Muchos se acercan al Papa con la firme
convicción de que serán aliviados en alguno de sus males si lo tocan o
comparten con él una oración.
Un
ejemplo significativo lo dio el dueño de un comercio de la ciudad de Buenos
Aires, Argentina, que se dedica a la venta por mayor de objetos utilizados en
la distintas religiones. Al hacer el
balance de las ventas en Semana Santa del corriente año, dijo que los dos
primeros lugares lo ocuparon dos santos muy populares. El tercer puesto correspondió a toda la
imaginería en torno al Papa Francisco, desplazando a muchos otros santos de la
preferencia masiva.
Es
imposible ver el sentido del nuevo Papa si no se lo pone en el contexto de la
manifestación religiosa de la humanidad.
Aquí el símbolo supera el ámbito católico para llegar a las formas
generales de la espiritualidad humana.
El
Papa y el mundo.
El
nuevo Papa es del mundo. Nació en una
tierra delimitada, tiene una lengua materna, es varón porque así lo exige el
ministerio petrino, fue formado en un país con historia, cultura e idiosincracia
bien determinadas. También se debe tener
en cuenta que fue formado en la Iglesia Católica, que en Argentina tiene
características propias, tal como ocurre en cualquier país en donde está
presente.
La
educación que lo orientó en la vida tuvo su fundamento pedagógico y sus
contenidos básicos específicos de ese tiempo.
Los acontecimientos políticos que vivió le mostraron principios de
convivencia social y de organización institucional para que los pudiera asumir
o desechar según la escala de valores de su propia conciencia. No decidió con manuales o textos teóricos,
sino con la experiencia de la realidad concreta.
Para
entender a Francisco, como a todo ser humano, es necesario vislumbrar su
entorno, las personas y acontecimientos que hicieron de él lo que es
ahora. Nadie llega solo a ningún lado,
todos hemos sido moldeados por nuestros parientes, amigos y especialmente por
la sociedad que nos albergó, lo haya hecho bien o mal. No hay individuo sin comunidad, así como no
hay río sin agua.
El
Papa es del mundo, y en su misión religiosa, es para el mundo. Si miramos los periódicos de los días
siguientes a su proclamación como Pontífice, veremos que la conmoción se dio en
los países latinos. Encontraremos muy
escasas menciones en los diarios del norte de Europa. En Oriente, sobre todo en
China, sucedió lo mismo. La producción gráfica del continente americano lo
destacó en la mayoría de sus primeras páginas.
En África fue muy mezclado, y en Oceanía la presencia de la noticia fue
escasa.
Francisco
es Papa para un mundo intercultural. La
verdad y el bien no son posesión absoluta de nadie. Todos nos podemos sumergir en la verdad, pero
nadie puede declararse su dueño. Las
culturas buscan el bien, pero sabiendo de las limitaciones físicas e históricas
para su plena consecución.
El
Papa Francisco es el Sumo Pontífice del catolicismo. Su tarea, como la de Pedro, nace de su amor a
Jesucristo y desde esa actitud es puesto como pastor del rebaño. Y es también un símbolo espiritual de una cultura de la humanidad,
para construir con diálogo, respeto y paciencia un camino de paz con las otras culturas. El logro de esta misión o su fracaso no
dependerán de él, sino de todos, pues Francisco es solamente un símbolo,
mientras que los artífices de la paz son los miembros de la comunidad humana en
su realidad concreta, con su propia cultura ejercida como una embajada de
humanidad abierta.

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