Leonardo Boff
Publicado en Servicios Koinonía el
16/11/2012
Estamos celebrando los 50 años del
Concilio Vaticano II (1962-1965). Él supuso una ruptura del rumbo
que la Iglesia Católica venía siguiendo desde hacía siglos. Era
una Iglesia que venía a ser una fortaleza sitiada, a la defensiva de
todo lo que venía del mundo moderno, de la ciencia, de la técnica y
de conquistas civilizatorias como la democracia, los derechos humanos
y la separación entre Iglesia y Estado.
Pero vino una bocanada de aire fresco
de la mano un papa anciano del que no se esperaba nada: Juan XXIII
(+1963). Él abrió las puertas y las ventanas. Dijo: la Iglesia no
puede ser un museo respetable, tiene que ser la casa de todos,
aireada y agradable para vivir.
Ante todo, el Concilio representó, en
expresión acuñada por el mismo Juan XXIII, un aggionamento, es
decir, una actualización y una reconstrucción de la manera de
entenderse a sí misma y su forma de presencia en el mundo.
Más que enumerar los principales
elementos introducidos por el Concilio, nos interesa ver cómo ese
aggiornamento fue recogido y traducido por la Iglesia latinoamericana
y por Brasil. A este proceso se le llama recepción y consiste una
relectura y una aplicación de las intuiciones conciliares en el
contexto latinoamericano, muy diferente del europeo, en el que se
elaboraron todos los documentos. Señalaremos solamente algunos
puntos esenciales.
El primero fue sin duda el gran cambio
de la atmósfera eclesial: antes del Concilio predominaba la «gran
disciplina», la uniformización romana y el aire sombrío y
anticuado de la vida eclesial. Las Iglesias de América Latina, de
África y de Asia eran Iglesias-espejo de la romana. Y de pronto
empezaron a sentirse Iglesias-fuente. Podían inculturarse y crear
lenguajes nuevos. Se irradiaba entusiasmo y ánimo para crear.
En segundo lugar, en América Latina se
dio una redefinición del lugar social de la Iglesia. El Vaticano II
fue un Concilio universal, pero según la perspectiva de los países
centrales y ricos. Ahí se definió la Iglesia dentro del mundo
moderno. Pero existía un sub-mundo de pobreza y de opresión que fue
captado por la Iglesia latinoamericana. Ésta debía desplazarse del
centro humano hacia las periferias sub-humanas. Si en ellas hay
opresión, su misión debía ser de liberación. La inspiración vino
de las palabras del Papa Juan XXIII: “la Iglesia es de todos pero
quiere ser principalmente Iglesia de los pobres”.
Este cambio se tradujo en las distintas
conferencias episcopales latinoamericanas desde Medellín (1968)
hasta Aparecida (2007) por la opción solidaria y preferencial por
los pobres, contra la pobreza. Opción que se transformó en la marca
registrada de la Iglesia latinoamericana y de la teología de la
liberación.
En tercer lugar está la concretización
de la Iglesia como Pueblo de Dios. El Vaticano II colocó esta
categoría por delante de la de la Jerarquía. Para la Iglesia
latinoamericana Pueblo de Dios no es una metáfora; la gran mayoría
del pueblo es cristiana y católica, por tanto es Pueblo de Dios,
gimiendo bajo la opresión como antiguamente en Egipto. De ahí nace
la dimensión de liberación que la Iglesia asume oficialmente en
todos los documentos desde Medellín (1968) hasta Aparecida (2007).
Esta visión de la Iglesia-pueblo-de-Dios hizo posible el surgimiento
de las Comunidades Eclesiales de Base y de las pastorales sociales.
En cuarto lugar, el Concilio entendió
la Palabra de Dios contenida en la Biblia como el alma de la vida
eclesial. Esto se tradujo en la lectura popular de la Biblia y en los
miles y miles de círculos bíblicos. En ellos los cristianos
comparan la página de la vida con la página de la Biblia y sacan
conclusiones prácticas en una línea de comunión, de participación
y de liberación.
En quinto lugar, el Concilio se abrió
a los derechos humanos. En América Latina fueron traducidos como
derechos a partir de los pobres y por eso, en primer lugar, derecho a
la vida, al trabajo, a la salud y a la educación. A partir de aquí
se entienden los demás derechos, el de movilidad, entre otros.
En sexto lugar, el Concilio acogió el
ecumenismo entre las Iglesias cristianas. En América Latina el
ecumenismo no se enfoca tanto a la convergencia en las doctrinas
cuanto a la convergencia en las prácticas: todas las Iglesias juntas
se empeñan en la liberación de los oprimidos. Es un ecumenismo de
misión.
Por último, estableció el diálogo
con las religiones viendo en ellas la presencia del Espíritu que
llega antes que el misionero, debiendo por eso ser respetadas con sus
valores.
Finalmente, hay que reconocer que
América Latina fue el continente donde más en serio se tomó el
Vaticano II y donde produjo mayores transformaciones, proyectando la
Iglesia de los pobres como un desafío para la Iglesia universal y
para todas las conciencias humanitarias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario