viernes, 16 de enero de 2015

La importancia del diálogo interreligioso en el dramático presente


Rector del Seminario Rabínico Latinoamericano
El siglo XX se caracterizó por la consagración de las ideologías antropocéntricas, que tomaron cuerpo en un proceso que comenzó a gestarse algunas centurias antes. El individuo pasó a ocupar el lugar de Dios. Las viejas religiones quedaron reducidas a meras tradiciones y rituales, la presencia de una creatividad espiritual fue constreñida. La proclama de Nietzsche acerca de la muerte de Dios, los escritos de Kierkegaard, y hasta la dura conclusión marxista que las religiones son el opio de los pueblos, deben verse más como clamores de crítica contra instituciones religiosas que detentaban un poder dentro de sociedades con gran injusticia social, que contra la religiosidad en sí misma. En el seno de la judería de la Europa oriental se gestó en el siglo XVIII un movimiento que enfatizaba el desarrollo espiritual a nivel de todas las capas sociales, especialmente las más menesterosas. El movimiento jasídico. Tuvo grandes maestros de quienes llegaron  a nuestras manos escritos y relatos fragmentarios, pero que aún así, se percibe en ellos una profundidad superlativa, que testimonia, por otra parte, la crisis frente a la cual respondían.




Los avances de las ciencias y técnicas y los múltiples descubrimientos que éstos propiciaban deslumbraban a entendidos y neófitos. Las instituciones religiosas, en general, no generaron un diálogo dinámico con el intelecto secular. Más bien siguieron sosteniendo una postura dogmática, antitética a aquello que se denominó “libre pensamiento”. Para muchos en occidente, lo religioso comenzó  a ser sinónimo de oscurantismo.

En el siglo XX se plasmaron dramáticamente las pasiones confusas de las sociedades europeas en dramáticos conflictos que dejaron tras de sí más muertos y destrucción como nunca antes, según los registros conocido de las distintas conflagraciones acaecidas en el seno de la historia.

Todos los frenos que limitan la conducta humana a un ámbito civilizado, fueron quebrados. La devastación de armenios en los albores del siglo XX, los horrores de la primer guerra mundial, la sangrienta guerra civil española, la segunda guerra mundial, en el seno de la cual se perpetró la Shoah, el crimen más espantoso jamás cometido contra un pueblo, fueron la consecuencia de una realidad en la que el hombre expulsó toda presencia del Dios bíblico de su realidad. Se erigieron semidioses, como en el pasado pagano, que sustentaban concepciones idolátricas que debían, al decir de ellos, redimir al hombre y a las sociedades de sus sufrimientos existenciales. Los nuevos paradigmas de civilización y cultura habían fracasado..

A partir de los setenta del siglo pasado se produjo un retorno en el seno de las religiones abrahámicas, hacia lo religioso, pero no en una versión espiritual renovada, sino a una recreación fundamentalista, extrema, de las mismas. Se dejó de lado la necesaria dialéctica entre fe y razón, que permite el hallazgo de un equilibrio existencial que sabe manifestar lo mejor de lo humano. Gilles Kepel describió este proceso en su famoso ensayo “La revancha de Dios”. 

El “factor religioso”, como lo denominó Saramago, comenzó a jugar nuevamente un papel importante en la escena de la humanidad. Y nuevamente nos hallamos ante el cuadro de estructuras religiosas que detentan en sus manos un gran poder político, económico y militar, que incitan a la violencia y son generadoras de actos de violencia.

¿Cuál debe ser realmente el rol de las religiones? El de construir barreras civilizatorias en el seno de lo humano. Todos los actos de violencia y barbarie reflejan una bancarrota de la cultura, y cuando la religión es componente constitutivo de la misma, refleja el fracaso de su proceder.

Uno de los versículos más significativos de toda la Biblia se halla en las palabras que Dios le dice a Caín al verlo con ira y frustración por no haber recibido el beneplácito de Él a su ofrenda. El Creador le dice: “¿Por qué te hallas iracundo y por qué ha decaído tu semblante? Ciertamente, si has de hacer el bien te erguirás. Mas si no hicieres el bien, el pecado yace a la puerta y hacia ti se dirige su incitación, más tú lo podrás dominar.” (Génesis 4:7)

Dios invita a Caín a dominar su ira, sus impulsos o si se prefiere, en el léxico freudiano, su pulsión de muerte. Uno de los mensajes esenciales de la Torah se halla en el clamor de Dios al hombre a dominar sus impulsos destructivos. Cuando le prescribe a los Hijos de Israel colocar franjas de hilos rodeados por un hilo violáceo –tzitzit- en los cuatro extremos de sus vestimentas, el texto bíblico explica que es para que al ser vistos se tenga presente la omnipresencia divina, lo cual debe conllevar a recordar los preceptos por Él ordenados a fin de no ir en pos de aquello que ven los ojos y es susceptible de pervertir al hombre. Uno de los últimos desafíos que antepuso Moisés al pueblo de Israel, de acuerdo al texto deuteronomista, es el de elegir la vida por sobre la muerte.     

El principal objetivo de toda cultura y la religión como uno de sus constituyentes, es la de construir los diques que saben contener las pasiones destructivas del hombre. Aquello que establece el límite entre civilización y barbarie.

Hubo una generación de Profetas, la de Isaías, Oseas, Amós y Miqueas, en la que se enfatizó el concepto que la base del honor a Dios es el respeto por cada individuo. Esta generación marcó por siempre la esencia del judaísmo, aquella que profundizó y desarrolló el rabinismo y fue inspiración de la prédica de Jesús en su tiempo.

El mundo desgarrador del presente, en el que la satanización del otro es tan común, paso  previo a su eliminación, requiere dramáticamente de una respuesta a su crisis.

Es el momento en el que los líderes religiosos de todos los credos, junto a todos aquellos que a partir de su intelecto marcan líneas de pensamiento en gran parte de la humanidad, en las ciencias, en las artes y en todas las otras formas de creatividad humana, breguen conjuntamente, explícitamente, inequívocamente, por la actitud de respeto y cuidado que cada uno debe tener para con su prójimo, independientemente de la disparidad de creencias, pero aunados en los valores de equidad y justicia.

Es el momento de tener el coraje de desarrollar un diálogo religioso que sabe aunar los corazones de tal modo que cada uno reconozca en el otro a su hermano. Es el tiempo de concretar la propuesta de Dios a Caín: de superar el instinto destructivo con nuestras fuerzas espirituales y afectivas. Es el tiempo de unirse para comenzar a materializar la visión de Isaías y Miqueas: trocar las espadas en hojas de arado y las lanzas en hoces.

O de seguir viviendo en una humanidad en la que el odio divide a los hombres, la pulsión de muerte sigue siendo incentivada conformando un realidad sin sentido cierto, de la cual pretenden escapar millones mediante fatídicas drogas que obnubilan sus mentes.

Es el tiempo -como le escribió el rabino Abraham Joshua Heschel al presidente Kennedy al reclamarle por el sufrimiento de los negros en Estados Unidos- que nos llama para una elevada grandeza moral y audacia espiritual.

Estas reflexiones fueron escritas mientras en París se realizaba una multitudinaria manifestación en contra de la violencia que busca corroer los valores que sustentan a la república francesa, que convocó una multitud que no se veía en la ciudad desde la liberación de la misma del nazismo. Las mismas emergen de una experiencia de diálogo interreligioso desarrollada en Buenos Aires durante cuarenta años, y fueron publicadas en la edición del 12 de enero del L´Osservatore Romano, fruto del mismo diálogo que sigue desarrollándose, ahora con uno de sus centros en Roma.

He aprendido acerca de la importancia del diálogo del rabino Marshall Meyer, uno de los discípulos dilectos de Abraham Joshua Heschel, y a través de los escritos de Heschel mismo. No religion is an island fue uno de los escritos que más me han impactado en general y en este tema en especial. Comprendí a través de las acciones de Meyer y de Heschel cómo se pragmatizan los conceptos dialogales de Buber y Levinas. Heschel fue un luchador por los derechos de los negros en EEUU, profesor del Jewish Theological Seminary. Mayer, fundador del Seminario Rabínico Latinoamericano, fue un adalid en la lucha por los derechos humanos en los años oscuros de Argentina.

El tema de los derechos humanos y del diálogo como herramienta fundamental para su desarrollo fue y es uno de los pilares fundamentales del Seminario Rabínico Latinoamericano, y del Movimiento Masortí en Latinoamérica. La indeleble huella dejada por Heschel sigue marcando sendas en la historia. 

Quiso Dios que mi compañero de ruta más íntimo en el diálogo haya sido el hoy Papa Francisco. Su compromiso con el diálogo interreligioso es notorio y manifiesto. El diálogo lo entendimos no meramente como actos de simpatía del uno para con el otro, sino la realización de acciones que requieren de coraje y arrojo, a fin de tratar de labrar –hasta donde se pueda- un punto de inflexión en la historia. 

El libro de diálogos que escribimos juntos, los programas de televisión grabados, el viaje compartido a Tierra Santa, y tantas cosas más son testimonios de nuestros esfuerzos por cumplir con el compromiso que entendimos que debíamos asumir. Humildes ofrendas para la construcción de una realidad humana que sepa de paz, de espiritualidad y de Dios.





No hay comentarios: