lunes, 8 de septiembre de 2014

Estimados amigos,
Comenzamos a publicar en nuestro Blog, las Ponencias recibidas,  en el marco del Congreso Internacional Bs. As. 2014 del ICCJ, nuestra institución “Paraguas”.
Reunidas todas, serán publicadas en el libro que  estamos comenzando a armar. 


El diálogo judeo-católico a cincuenta años de ´Nostra Aetate´.
 Una perspectiva latinoamericana.

Rabino Dr. Abraham Skorka
Rector del Seminario Rabínico Latinoamericano “Marshall T. Meyer”
Rabino de la Comunidad “Benei Tikva”

 Argentina fue un polo inmigratorio muy importante desde las postrimerías del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Muchos que supieron de persecuciones tanto ideológicas como religiosas, junto a míseras condiciones de vida en Europa así como en el Medio Oriente, alcanzaron estas latitudes para encarar una nueva vida. Anarquistas, comunistas y muchos otros  identificados con el espectro de los lineamientos ideológicos de fines del siglo XIX, arribaron  a Latinoamérica,  en las primeras olas  inmigratorias. Exilados de la guerra civil española, perseguidos por el nazismo y fascismo, conformaron las olas inmigratorias posteriores. El hambre y la compleja problemática europea que conllevaba a odios entre clases sociales, pueblos y religiones, fueron las razones esenciales que convencieron a muchos a aceptar el duro desafío del desarraigo.

 Buenos Aires fue, sin duda alguna en aquellos años, el epicentro cultural en el que se desarrollaron luchas ideológicas y encuentros de diálogo muy significativos.
 La presencia de una gran y diversificada inmigración europea se reflejó en un caleidoscopio de fenómenos sociales en la que se iba transformando la gran urbe de Latinoamérica. La guerra civil española tuvo sus activistas de todos los bandos en la misma. El nazismo, el fascismo y el comunismo tuvieron sus órganos periodísticos, centros de reunión y activismo. Era un medio en punga entre muchos que seguían viendo a Europa como el centro cultural de sus existencias.
 Por otra parte, el trauma del desarraigo, las duras condiciones de lucha por la subsistencia, fueron factores que incentivaron a que se tiendan puentes de ayuda, comprensión y contención entre todos los inmigrantes. En los barrios, conventillos y demás polos inmigratorios, convivían el odio, la suspicacia y la solidaridad entre sus habitantes, arribados de múltiples latitudes con idiomas y costumbres profundamente disímiles.
 Por lo cual, no es de extrañar, que los inmigrantes arribados, los asentados por varias generaciones, los mestizos y la población originaria, hayan conformado una sociedad multifacética en busca de su propia identidad. Ésta sigue siendo parte substancial de la problemática que afecta a las naciones latinoamericanas en busca de su identidad.
 América Latina siguió mirando hacia Europa y considerándose parte de su cultura, por generaciones. Las denominaciones religiosas cristianas, al igual que las organizaciones de los demás credos  se estructuraron según los esquemas de sus respectivos lugares de origen. Del mismo modo en que el diálogo interreligioso fue una materia pendiente en el pasado del cual provenían los inmigrantes, siguió siéndolo en estas tierras hasta la segunda mitad del siglo pasado.
 Argentina fue un caso particularmente excepcional en la historia de Latinoamérica. Los afectos que se gestaron entre los hijos de los inmigrantes y la población local, conformaron una fuente de solidaridad mutua y especial sensibilidad social, que supo generar movimientos superlativos en la lucha por la justicia social. Es de este medio que se desarrollaron dos fenómenos sociales que definieron la historia argentina de la segunda mitad del siglo XX: la movilidad social y el peronismo.
 Este espíritu de cambio tuvo, con el transcurso del tiempo, sus logros – y no pocos fracasos- en los múltiples aspectos de la vida, y por supuesto, también en el religioso.

 Los albores de un diálogo interreligioso manifiesto y comprometido en Buenos Aires, se caracterizaron por la labor de líderes religiosos influenciados por los aires de cambio locales y aquellos que provenían de la Europa de la posguerra. Fueron emprendimientos personales en los que se tendieron puentes entre comunidades locales. Un ejemplo que merece ser recordado es el diálogo desarrollado por el Padre Pooli de la parroquia Nuestra Sra. de La Guardia y el Rabino Paul Hirsch de la comunidad Lamroth Hakol en Florida, Provincia de Buenos Aires, que se proyectó en el seno de sus respectivas instituciones.
 En 1956, por iniciativa del presbítero Dr. Carlos Cuchetti, el rabino Dr. Guillermo Schlesinger y el pastor Adam Sosa, es creada la Confraternidad Judeo-Cristiana, primera en su tipo en América Latina. En los principios de los sesenta se desarrolla en el canal televisivo estatal el ciclo: Mesa de Credos, que reunía en derredor a una mesa a representantes de distintas denominaciones cristianas junto a rabinos, para el intercambio de visones referente a múltiples temas, bajo la dirección del periodista Mariano Perla.
 Esfuerzos similares se desarrollaron en distintos países de Latinoamérica. Eduardo Zaffaroni, actualmente en Bahía Blanca, Argentina, relata en una comunicación privada:
Nací en Montevideo en 1941 y allí viví unos 55 años de los 72 que llevo de vida. Conocí los inicios de la Confraternidad Judeo Cristiana del Uruguay (1958), pues formaba parte (entre los años 59 y 60) de un grupo (Betania, filial de Emaús) fundado por el P. Justo Asiaín Márquez, gracias al cual pude participar en sus actividades. Recuerdo haber escuchado entonces al pastor Emilio Castro y al Prof. Nelson Pilosof.
 El Concilio Vaticano II y específicamente el documento Nostra Aetate, impulsó significativamente el avance dialogal entre judíos y cristianos. En 1967 se estableció la Confraternidad Judeo-Cristiana como entidad con personería jurídica. Su primer comisión directiva tuvo como presidente al Capitán de Navío (RE) Rafael A. Palomeque, y como secretario general al Dr. Samuel Tarnopolsky. Los fundadores fueron nombrados presidentes honorarios. El 11 de diciembre de 1967 se funda el Instituto Superior de Estudios Religiosos (ISER) que sirvió de importante ámbito de encuentro académico para representantes de las religiones abrahámicas[1]. Los inicios de su gestación se remontan a 1965 cuando los rabinos Marshall T. Meyer y Marcos Edery convocan a sacerdotes e intelectuales cristianos para analizar temas referidos  a la teología de la Biblia Hebrea.
 Del 20 al 21 de agosto de 1968 se realizó un importante encuentro judeo-católico  en Bogotá, que contó con participantes de EEUU, Venezuela, Panamá, Colombia, Argentina, Brasil, Perú, Uruguay, Chile, Costa Rica y México. El encuentro fue organizado por la Anti-Defamation League de Nueva York y el CELAM, a través de su Departamento de Ecumenismo. Entre los presentes se hallaban el Arzobispo de Santiago de Chile, Cardenal Raúl Silva Henríquez, Antonio Quarracino, Obispo de Avellaneda, José Alberto López de Castro Pinto, Obispo auxiliar de Río de Janeiro, los Presbíteros Jorge Mejía y Luís Heriberto Rivas, de Argentina, entre otros. Por la parte judía se hallaban, entre otros, los Rabinos Isidoro Aizenberg, de Venezuela, León Klenicki de Argentina, Morton Rosenthal de EEUU, David Sharabani, de Colombia.
 En el número del 10 de octubre de 1968 apareció en la revista Criterio de Buenos Aires una reseña del encuentro escrita por León Klenicki y Jorge Mejía.
 Jorge Mejía realizó una labor mayúscula en el diálogo judeo católico, que comenzó a vislumbrarse ya en su accionar durante aquellos años, luego de haber sido un testigo presencial del Concilio Vaticano II. En su exposición en Bogotá desarrolló magistralmente las bases para la labor futura del diálogo. Entre otras cosas afirmó:
 Finalmente, un diálogo religioso no es un fin en sí mismo. De lo contrario degenera en autocomplacencia. Debe saber de entrada la realidad de nuestra situación mutua, el alejamiento secular que nos separa, las justas quejas que se mueven contra los católicos, antiguas o recientes. No debe soslayar esta penosa situación, sino proponerse remediarla, para ser fieles a la voluntad de Dios, a nuestro deber para con el mundo y a la honestidad para con nosotros mismos. Esta actitud de base nos llevará a decisiones concretas acerca de lo que nuestras respectivas comunidades piden reformar en relación con la otra. El diálogo sin propósito de reforma corre peligro de acabar en mentira. Pero por la misma razón hay que excluir de él todo propósito, abierto u oculto, de proselitismo.
Estos conceptos echaron raíces en muchos miembros e instituciones que entendieron la relevancia e importancia del diálogo interreligioso y comenzaron a obrar en tal sentido. Sin embargo, estos pasos resultaron ser de muy corto alcance a mí entender, tal como testimonia un artículo que redacté para servir de análisis del tema, a los movimientos de Scoutismo y Guidismo en la Argentina,  en 1977:
 En los últimos tiempos han habido intentos de diálogo entre los representantes de distintos credos, en reuniones calificadas de “importantes” y publicitadas por los distintos medios de difusión masiva.
 Pero todas estas muy dignas asambleas y parlamentos están lejos, demasiado lejos del entendimiento masivo; su idioma es demasiado escolástico; sus repuestas demasiado sutiles. Los sacerdotes y predicadores de las distintas comunidades no explican con mediana claridad a sus correligionarios el sentido profundo y la necesidad urgente de un diálogo generoso y sincero entre los distintos credos. Los teólogos se hallan confundidos por resquemores y dudas. Los que deben hablar callan, los que debieran explicar han sellado sus labios.
 Pero, ¿qué es lo que debe ser ya, urgentemente explicado?  ¿Qué es lo que el judío debe saber de un cristiano y un cristiano de un judío? ¿Qué es lo que urge?
 Tanto el judío como el cristiano, como el musulmán o budista, a través de un diálogo franco volcarían el uno al otro sus dudas existenciales, comunes a todo ser viviente, y las repuestas que a través de su fe da a las mismas. No pretendo ni admito que en éste diálogo exista el más mínimo espíritu de convencer al prójimo de la verdad de una creencia y el error de la otra. Si ello ocurriere, dejaría de ser un diálogo para transformarse en disputa, como las ya tristemente habidas durante la Edad Media. Lo que pretendo es que el cristiano sepa por qué soy judío; y que yo sepa por qué él es cristiano. Sólo así podremos respetarnos mutuamente y crearemos una realidad en la cual impera un AMOR MADURO. Conocer y amar son sinónimos en hebreo (Ver: Gen 4,1; 1R 1,4; Os. 4,1)  
 Esta visión mía de aquél entonces refleja las dudas propias y recoge las de aquellos que se hallaban en los primeros pasos de un largo encuentro que se desarrolló durante años. Lo dramático de mi llamado emerge de la realidad argentina de entonces, en la cual el nihilismo ocupaba el espacio existencial de la sociedad y la concepción bíblica de la fe se hallaba constreñida. Es en el espíritu de los conceptos de Abraham Joshua Heschel en su ensayo: Ninguna religión es una Isla, que escribí aquél llamamiento.
 En las décadas del 80 y 90, muchas instituciones se comprometieron con la idea del desarrollo del diálogo interreligioso,  a la vez que, por otra parte el tema de lo religioso comenzaba a cobrar notoriedad en el mundo a través de una de sus manifestaciones más oscuras y denigrantes: el fundamentalismo. Gilles Kepel[2] describe magistralmente en su tesis: La revancha de Dios, el surgimiento de tal postura en las religiones abrahámicas, haciendo énfasis en el fundamentalismo islámico, que tanta alevosía manifestaba a la sazón. Este factor impulsó a muchos a multiplicar sus esfuerzos por el diálogo, a fin  de instalar en el seno de una sociedad carente de valores religiosos, una faceta cuerda y edificante del fenómeno religioso.
 Las Conferencias Episcopales Latinoamericanas, a través de sus comisiones para el diálogo interreligioso, las Hermanas de Sión[3], los movimientos de los Focolares y San´Egidio, por el lado católico y la Benei Berith, las confraternidades judeo cristianas en los distintos países del continente, el Seminario Rabínico Latinoamericano, etc, por el lado judío, junto a la denodada labor de individuos que abrazaron esta causa, desarrollaron una tarea superlativa en la segunda mitad de la década del 90 y en la primera del nuevo siglo[4].
 El 8 de noviembre de 2000 participé, por invitación de Mons. Estanislao Esteban Karlik, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina al Encuentro de Oración Ecuménica e Inter-religiosa, en ocasión de la 80ª asamblea Plenaria del Episcopado Argentino, en la Casa María Auxiliadora de San Miguel. Supongo que fue la primera vez que en el marco de tales festejos se invitaba a representantes de distintos credos para una oración interreligiosa.
 La labor de Juan Pablo II fue de significativa ayuda para impulsar el diálogo hacia nuevos estadios. El 1º de septiembre de 2001 publiqué en el matutino argentino La Nación un artículo intitulado: El diálogo interreligioso. Finalizo el mismo diciendo:
Las religiones fueron utilizadas frecuentemente en el pasado como elemento político, siendo tergiversado su mensaje, sus fines y esencias, por líderes carentes de escrúpulos, incautos o espiritualmente superficiales. Es por ello que a partir de los tiempos modernos las religiones fueron acerbamente enjuiciadas, y frecuentemente no se solía distinguir en las críticas entre la religión como institución, y la religión como la universal expresión de un profundo componente del espíritu humano.
 En estos tiempos postmodernos en los que alegremente se proclamó el fin de los ideales, luego de las tragedias que la ceguera espiritual pergeñó en el siglo XX, una asfixiante vacuidad espiritual agobia a gran parte de la humanidad. La propuesta dialogal que antepone la Biblia al hombre de todos los tiempos, permanece cual dramático desafío pendiente en la realidad humana. La misma conforma la esencia que le permitirá al individuo reconocer lo sublime que se halla en él, pues para poder dialogar con el otro se debe aprender primeramente a dialogar con uno mismo. Tal actitud, por otro lado, le permitirá reconocer plenamente a su prójimo y a su Creador.
 Es bajo esta perspectiva que deben analizarse los esfuerzos de Juan Pablo II junto a los de muchos otros hombres de fe de todos los credos que buscan afanosamente levantar las barreras de desencuentro enclavadas en un pasado oscuro y que impiden el alcance de un futuro en el que las profecías, que les permitieron a nuestros ancestros mantenerse incólumes aún en los momentos más oscuros, puedan materializarse.
   El avance del diálogo a partir de la segunda mitad de la década de los noventa y primera del nuevo siglo se vio testimoniada en el número de libros editados al respecto, entre los cuales cabe citar:  Monseñor Justo Laguna – Rabino Mario Rojzman: Todos los caminos conducen a Jerusalem . . . y también a Roma, Sudamericana, Argentina, 1998; Guillermo Marcó, Daniel Goldman, Omar Abboud: Todos Bajo  El Mismo Cielo, EDHASA, 2005; Rafael Velasco S. J. – Marcelo Polakoff: En el nombre del Padre y del Rabino. Dilemas desde ambos bandos, Sudamericana, Buenos Aires, 2010; Cardenal Jorge Bergoglio – Rabino Abraham Skorka: Sobre el Cielo y la Tierra, Sudamericana, Buenos Aires, 2010, Rabina Silvina Chemen – Francisco Canzani: Un diálogo para la vida, Grupo Editorial Ciudad Nueva, 2013.
 Los nombrados, no son textos que teorizan acerca del diálogo, sino que reflejan diálogos directos entablados a través de encuentros espirituales profundos. 
 En julio de 2004, del 5 al 8, tuvo lugar en Buenos Aires la 18ª reunión de la Comisión Internacional de enlace entre católicos y judíos (International Catholic-Jewish Liaison Committee (ICJLC), que tuvo una amplia repercusión y cobertura por los medios. Eran días en los que el terrorismo hacía estragos en la población del estado de Israel. La declaración final del encuentro abordó el tema, criticando acerbamente a los fundamentalistas que desprecian con su acciones la vida,  reafirmando el derecho de existencia del estado de Israel y el de responder a la violencia,  y considerando al antisionismo como una expresión de antisemitismo. Por supuesto que se afirma en el mismo el derecho que también tienen los palestinos a tener su propio estado, en una realidad de relaciones pacíficas entre los vecinos.
 Sin embargo, el tema central de la reunión fue: Tzedek y Tzedaca, Enfrentando los desafíos del futuro: Las relaciones judeo-católicas en el Siglo XXI.
 Buenos Aires fue, probablemente, elegida para el encuentro, por dos razones. Los terribles  atentados terroristas acaecidos en su seno, contra la embajada de Israel, en 1992; y contra la sede de la Comunidad judía de Buenos Aires en 1994. Por otra parte, Argentina había sufrido una de las crisis económicas más dramáticas de su historia en el 2001.
 El Cardenal Kasper, quien presidió la Comisión pontificia para las relaciones religiosas con los judíos y el Vaticano, de 2001 al 2010, enfatiza en uno de sus escritos, el hecho que esta fue la primer reunión en la que el tema central no fue abordar las cuestiones del pasado, sino cómo aunarnos para enfrentar con Tzedek-Justicia- y Tzedaca-caridad, las dramáticas necesidades del presente y del futro[5]
 Desde la segunda mitad de la década del noventa se generó por decisión propia e ignotos misterios de la vida, un profundo diálogo interreligioso, a nivel personal, entre mí y el entonces Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio. Si bien organizábamos encuentros de todo tipo a nivel público, con el propósito de enseñar acerca del sentido profundo del diálogo, paralelamente se fue forjando una sincera y profunda amistad en cuyo marco se desarrollaban las ideas que se exponían en el primero.
 Bergoglio prologó un libro mío, y me eligió como prologuista de El Jesuita, su biografía autorizada. Durante el recitado de las Selijot previas a los años nuevos 5765 y 5768, en 2004 y 2007, respectivamente, acompañó a los miembros de mi Comunidad –Benei Tikva- y desde su púlpito brindó su mensaje para el año nuevo judío a la Comunidad de Buenos Aires.
 En mayo de 2002, con su apoyo, puedo crear la Cátedra de Derecho Hebreo en la Universidad del Salvador, la primera en Argentina y base para la posterior creación de una similar en la Universidad de Buenos Aires. El 11 de julio de 2012, el abogado Martín Alfredo Ignacio Schwab, alumno de dicha cátedra, recibe su doctorado en Jurisprudencia en la Universidad del Salvador, presentando la tesis: El Derecho Penal Hebreo.
 Un libro, Sobre el cielo y la tierra, recoge nuestros diálogos acerca de los múltiples temas que preocupan al hombre del presente. Quisimos instalar en el seno de la sociedad argentina, en la que la capacidad de diálogo se halla muy deprimida, un ejemplo vivo del significado del mismo, en su sentido más amplio. Y, por otra parte, mostrar que las religiones son capaces de dialogar con la filosofía, la antropología, la sociología y las ciencias en general, brindando una alternativa seria en la óptica de cómo encarar la problemática que aqueja al individuo. Al libro le siguieron 31 programas de diálogo televisivo, con el título: La Biblia, diálogo vigente. 
 El 11 de octubre de 2012, siendo Bergoglio Gran Canciller de la Pontificia Universidad Católica Argentina se me otorgó un Doctorado Honoris Causa, en el marco de la celebración del quincuagésimo aniversario del inicio de las sesiones del Concilio Vaticano II. Por primera vez se le otorgaba tal título a un judío, a un rabino. Más allá de mi persona, el gesto manifestaba elocuentemente el valor dado por el futuro Papa al diálogo entre la Iglesia y el pueblo judío.
 Pero, todo lo que realizábamos para brindar a las gentes era el fruto de un peculiar encuentro entre ambos. Cuando llegaban las festividades o fechas recordatorias que celebraba cada uno en el seno de su religión, nos intercambiábamos mensajes con reflexiones y deseos. Transcribo, a continuación, una carta de respuesta que me envió el entonces arzobispo de Buenos Aires, como respuesta a mis saludos y reflexiones para con él y su grey en ocasión de la Navidad de 2000.     

Buenos Aires, 10 de enero de 2001
Estimado amigo:
                          Su carta me alegró mucho y me llenó de consuelo. Gracias por su cercanía y su delicadeza.
                           Es verdad: hemos compartido momentos de búsqueda espiritual con la misma unción y respeto, cada uno desde su fe y su credo: “Qué hermoso y gozoso que los hermanos estén unidos… Es como fragancia del óleo que baja por las barbas de Aarón”
                           Los desafíos son grandes y hay mucho que hacer por el mejoramiento espiritual de la sociedad argentina. Confío en el Señor: “El es mi pastor, nada nos puede faltar”
                           Le pido que ore por mí. Quedo a su disposición. Shalom

                           Con fraternal afecto (manuscrito)

                            Firma     

 En esa intimidad solíamos teorizar, o soñar, acerca del liderazgo religioso capaz de crear un punto de inflexión en la dramática historia de la humanidad, que había alcanzado los abismos más horrendos durante el siglo XX y proyectaba siniestras sombras al siglo XXI. Coincidíamos en que la Biblia ofrece al ser humano una fórmula clara simple y sencilla, aquella que trata de reflejar en sus homilías y acciones hoy en día en su condición de Sumo Pontífice.
 Ante los umbrales del medio siglo transcurrido desde aquel 28 de octubre de 1965 en que se aprobó la  declaración Nostra Aetate se puede observar un largo camino labrado con esfuerzo, dedicación y devoción espiritual, en el mundo y especialmente en Latino América, de donde fue electo el nuevo Papa en un momento dramático para  la historia, como él mismo lo ha definido. Hay un hilo muy fino que se extiende desde Juan XXIII, pasa por el Cardenal Bea, Abraham Joshua Heschel, Marshall Meyer, y tantos y tantos más, hasta el hoy Papa Francisco junto a todos aquellos que se hallan a su lado comprometidos en cambiar algo en la realidad humana, o por lo menos, dejar una indeleble huella del intento que pueda ser recogida siempre por otros, en algún futuro, hasta que el sueño expresado por los Profetas pueda tornarse en luminosa realidad. 





[1] Celina A. Lértora Mendoza, Instituto Superior de Estudios Religiosos (ISER). Una experiencia interconfesional argentina. Anuario de la Historia de la Iglesia. Universidad de Navarra, Facultad de Teología, Instituto de Historia de la Historia de la Iglesia, XII, 2003; 233-251. 
[2] Gilles Kepel, La revancha de Dios. Cristiamos, judíos y musulmanes a la reconquista del mundo, Anaya y Mario Muchnik Editores, Madrid, España ,1995. Traducción del original francés La revanche de Dieu, Éditions du seuil, Paris, 1991.
[3] A partir de 1971, la hermana Alda desarrolló de las Hermanas de Sión, desarrolló una denodada y muy fructífera labor en el desarrollo del diálogo judeo-católico. Véase al respecto: el artículo de Martha de Antueno en Criterio, Buenos Aires, Mayo 2011.
[4] Cabe destacar que en 1995, con el padrinazgo de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de Sión, la Benei Berith Argentina y el Seminario Rabínico Latinoamericano se fundó la Confraternidad Argentina Judeo Cristiana, institución que desarrolló desde entonces hasta el presente una muy ponderable labor en el diálogo judeo-cristiano. Su primera asamblea general se efectuó en el Seminario Rabínico Latinoamericano el día 16 de mayo de 1995, constituyéndose como una Asociación Civil sin fines de lucro. Desde ese momento hasta el presente la presidencia y la comisión directiva estuvo integrada por judíos y cristianos de distintas denominaciones. La Confraternidad es miembro del International Council of Christians and Jews.
[5] Christ Jesus and the Jewish People Today, P. A. Cunningham, J. Sievers, M. C. Boys, H. H. ´Henrix, J. Svartvik, Editors, Foreword by Walter Cardinal Kasper, Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 2011, página XII.

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