martes, 2 de abril de 2013

La caricia de lavar los pies




Por Ignacio Pérez del Viso, sj                      (San Martín de Porres - Jueves Santo 2013)

Jesús lavó los pies de sus discípulos, tarea que era propia de esclavos. Nos dio ejemplo, para que hiciéramos lo mismo. ¿Se trata sólo de practicar la virtud de la humildad y sentirnos esclavos de los demás? En realidad, más que un acto de humildad es un acto de amor. Las mamás lavan a sus bebés sin sentirse esclavas. Los voluntarios lavan a los enfermos en los hospitales, a los ancianos en los geriátricos, por puro afecto solidario. La humildad nos recuerda que todos necesitamos afecto.

         Simón Pedro le dijo a Jesús: “No sólo los pies. Lávame también las manos y la cabeza”. Nosotros, ¿tenemos que lavarnos sólo los pies? Los que venimos a misa, parece que necesitamos lavarnos sólo los pies. En cambio, los que están en la cárcel, necesitan lavarse más, quizás todo el cuerpo. El Papa Francisco lavó hoy los pies a doce jóvenes de una cárcel. ¿Se habrá limitado sólo a los pies?




         Si nos creemos mejores que los demás, no será suficiente que nos laven sólo los pies. Los que bautizamos, sentimos el poder de hacer renacer a los pequeños y a los grandes como hijos de Dios. Por eso, necesitamos un lavado completo para comprender que es Dios, nuestro Padre, el que nos adopta a todos como hijos. El se vale de nuestras manos para hacer visible su trabajo, como se vale del agua del bautismo para simbolizar la vida que nos está dando. Se valió de las mamás y los papás para darnos la vida. Que aprendamos de ellos, que los papás y las mamás nos bendigan y nos laven el corazón, como el Papa Francisco pidió que lo bendijeran a él, el primer día, desde el balcón.

         Los sacerdotes, al celebrar la Misa , no podemos evitar el sentimiento de haber sido elegidos para algo tan sublime. Qué gran necesidad tenemos entonces de un bautismo completo para comprender que los sacerdotes somos los servidores en el banquete del Reino. El Papa es el mayordomo que mira dónde hace falta un servidor, dónde están levantando la mano los comensales. Y nuestroPapa Francisco adivina dónde hace falta algo, aunque no levanten la mano, como cuando enviaba curas a las Villas. En el banquete del Reino, Jesús mismo moja un bocado en la salsa y se lo da a cada uno, como en la Última Cena.

Los sacerdotes, al perdonar los pecados, ¿no tenemos acaso un poder espiritual que los demás no poseen? Necesitamos un lavado completo para comprender que no somos nosotros los que perdonamos sino que Dios mismo nos perdona y nos infunde el Espíritu Santo para que podamos perdonarnos unos a otros. Y a pesar de eso seguimos con odios. Miramos a los adversarios como enemigos a los que hay que eliminar, como en el fútbol. La Argentina no se reconciliará con Dios y con toda la familia humana mientras no nos reconciliemos entre nosotros. Con un pequeño lavado de los pies no alcanza. Ha habido algunos gestos de reconciliación, inspirados en el Papa Francisco, y esperamos que esos gestos continúen.

         En Roma, Francisco lavó los pies a doce jóvenes de diversas nacionalidades. Algunos eran musulmanes. Dos eran mujeres. Les dijo: “Cada uno piense: ¿Estoy dispuesto a ayudar al otro?” Y el que lo haga, piense que es “una caricia de Jesús”, porque Él vino justamente para ayudarnos. De la tarea obligatoria de los esclavos pasamos primero al servicio de los voluntarios y ahora a la caricia de Jesús, como la de mamá o la del amigo. Francisco besó cada pie después de lavarlo, porque el beso simboliza la caricia de Jesús.

         En la Provincia de Buenos Aires y en otros ámbitos, los chicos no tienen escuela. No me corresponde aquí asignar responsabilidades, como no le correspondía al Papa determinar si los jóvenes encarcelados habían sido condenados con justicia. El fue a hacerles una caricia, la caricia de Jesús. Y nuestros chicos necesitan eso, la caricia de la escuela, con sus comedores y sus juegos. Todos somos responsables por esa dureza de nuestro corazón.

         Al terminar la misa en la cárcel, el Papa y los jóvenes reclusos pasaron al gimnasio. Allí Francisco le regaló a cada uno un huevo de pascua y un pan dulce, recibiendo de ellos un regalo simbólico. Un acompañante dijo: “Nos impresionó la alegría de estos jóvenes”. Y el Papa les advirtió: “No se dejen robar la esperanza, ¿entendido?” Y me pregunto: ¿Lo dijo sólo a los reclusos o también a nosotros? Porque a veces perdemos la esperanza y nos desanimamos. Pero ocurre también que nos roban la esperanza y nos dejan sin ilusiones.

Nos roban la esperanza los que nos invitan a buscar placeres que no nos enriquecen, como el beber sin moderación. Nos roban la esperanza los que nos llevan por el camino fácil, de estudiar sólo lo justito, lo necesario para aprobar. Nos roban la esperanza los que nos hacen olvidar la vocación, la mía, la que Dios me propone. Dios se ilusiona conmigo y, sin advertirlo, le roban también a El la esperanza.

Tener fe es creer en Jesús resucitado. Pero tener fe es, sobre todo, tener esperanza, sabiendo que Jesús camina con nosotros, como caminaba con los discípulos de Emaús. Para conservar viva la esperanza, nos ayudamos unos a otros. Esto lo hacemos sin necesidad de tener un cargo. Incluso los encarcelados, que tienen todo controlado, pueden ayudarse unos a otros. Ese fue el mensaje que les dejó Francisco.

Los grandes cuidan a los chicos pero también es verdad a la inversa: los chicos cuidan a los grandes, al ayudarlos en las pequeñas cosas, como al poner la mesa o ir a comprar algo. Cuando responden de buen modo a las preguntas de mamá y de papá, sobre cómo les fue en el colegio, mantienen en ellos la esperanza de verlos crecer y madurar.

         Ahora serán lavados los pies de sólo doce personas. Pero sentiremos que nos están lavando a todos. No nos dividimos en buenos y malos, justos y pecadores. Todos somos hermanos en una misma familia. Es como si la Virgen María , que lavó al Niñito Jesús, se pusiera a hacer lo mismo hoy con todos nosotros.-

(Centro Compartir. Carta 145)


No hay comentarios: