lunes, 3 de diciembre de 2012

Adviento "abrir la puerta de la fe" (Cf. Hch 14,27) a la esperanza que por medio del amor permite realizar lo nuevo en esta historia…





 Abrir la puerta de la luz de la fe, que nos haga ver la luz, en medio del caminar taciturno de la noche de muchas historias. Historias, encendidas de sangre, de confrontaciones egoístas, de aburguesamientos insolidarios, de malestares culturales, de gritos constantes y altisonantes que bregan por la vida mientras danzan en medio de tanta muerte…
Creer cuando hay tanto descrédito, en la Iglesia y en la Sociedad civil… invitar a otros/as a creer en la vida y en el Dios de la vida, cuando parece reinar más que nunca la muerte, la saga vampiresa del banal espectáculo, que desacredita aún más las nobles realizaciones humanas… tanto cielo e infierno conviviendo juntos… parece desahuciar, atemoriza, aplaca la esperanza, entibia al amor…
Digamos con Rubén Darío, «en medio del abismo de la duda, lleno de oscuridad, de sombra vana, hay una estrella que reflejos mana, sublime, sí, mas silenciosa, muda… ¿esa estrella brotó del germen puro de la humana creación? ¿bajó del cielo a iluminar el porvenir oscuro? ¿a servir al que llora de consuelo? No sé, mas eso que a nuestra alma inflama, ya saben, ya saben, la Fe se llama»…
Tiempo para abrir la puerta de la fe, la puerta que permite dejar que la novedad humana, como expresión de la novedad divina, se hagan transparentes en el misterio de nuestras vidas. Novedad que huele a esperanza, porque ya se pueden vislumbrar otras posibilidades, en medio de tantos fracasos y caducidades. Novedad que se abre paso por el camino del amor, simple y comprometido, con la novedad de una historia parturienta de vida, en colores, en sabores, en músicas, en poesías y en rostros de hermanas y hermanos que gustosos, con todo y contra todo, celebran la vida.
Necesitamos experimentar que estamos viviendo una «vida nueva» (Rom 6, 4) donde reina la comunión y la solidaridad «pues ninguno pasa necesidad» (Cf. Hch 4, 34) en esta apuesta por una nueva humanidad. El que llega, nos trae una luz (Cf. Jn 8, 12), que es el sol que nace de lo alto (Cf. Lc 1, 78), que es la Palabra que nace en la hondura de la carne (Cf. Jn 1, 14), que viene hacer «nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5) porque nos abre a la posibilidad de «unos cielos nuevos y una tierra nueva, donde habite la justicia» (2Pe 3, 13), donde brille la «alianza nueva» (Lc 22, 10; 1Cor 11, 25; 2Cor 3, 6), en la alegría de colores, en la variedad de entretejidos, en los proyectos de inclusión, de promoción y de liberación, para que en el banquete de la historia, nadie mendigue migajas sino que reciba la vida con posibilidad real de presente y de futuro (Cf. Mc 7, 24-30).
Abrir la puerta de esa fe,  la que nos permite reconocer que en Jesús, Hijo del Hombre-Hijo de Dios, llega una «nueva creación» (2Cor 5, 17) en la que todo es novedad; nos permite saborear la novedad de reconocernos «nueva humanidad» (Ef 2, 15), sin atropellos, ni competiciones, abiertos/as a la pluralidad de expresiones que este proyecto es capaz de generar; nos permite realizar la novedad de la vida dignamente compartida entre la realidad humana y la realidad cósmica; nos permite recibir un «nuevo Espíritu» (Rom 7, 6) que transforma y libera nuestras mentes (Cf. Rom 12, 2), que nos posibilita vivir alentados/as y sostenidos/as por ley del amor (Cf. Jn 13, 34; Rom 13, 8). Así, adviento, es tiempo para entonar un «cántico nuevo» (Ap 2, 17; 5, 9; Sal 149; 40; 96), cada día, desafiados/as por las alegrías y los dolores, de una historia que merece ser caminada en el amor, ese que sana y libera, para amar sin otro límite que el amor sin límites.
En este tiempo, en familia, en comunidad, vayamos armando el pesebre (lugar humano sencillo, quizás hasta pobre y olvidado, en la trastienda de la vida); vayamos viendo qué novedad de vida nos está haciendo falta dejar emerger, dejar nacer, qué luz de fe estamos necesitando, para creer que vale la pena esperar en el amor, amando desde ya el hoy de cada día. Vayamos armando lentamente el pesebre, pongamos en cada personaje del pesebre algún signo de esa novedad y dejémonos invitar, cada día, cada semana, a partir de ese signo, a dar pasos de novedad en nuestras formas de pensar, sentir y actuar. Seguramente hay en nosotros/as (im)posturas, políticas, sociales, religiosas, etc. que no sólo ya no producen novedad, sino que nos esterilizan y paralizan a la hora de dar pasos de cambios liberadores en el entramado de nuestra historia.
Así las cosas, adviento será tiempo de real conversión, para una alegría no de alienación sino de verdadera liberación de la vida en abundancia. Que Mamá María, mujer-virgen-madre del adviento nos ayude y acompañe a abrir las puertas de una fe mucho más profunda que sostenga la esperanza por el hermoso camino del amor fraterno y solidario.

Muy buen Adviento para todas/os… cariños y bendiciones

P. Tony CSsR
Roma - 2012
 

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