martes, 17 de mayo de 2011

Una semilla del diálogo judeo-cristiano


Iglesia
Nº 2370 » Mayo 2011, Revista Criterio


Una semilla del diálogo judeo-cristiano
por de Antueno, Martha


Un recorrido por la trayectoria de la hermana Alda, religiosa de Nuestra Señora de Sión, figura fundamental en la evolución del diálogo entre judíos y cristianos en nuestro país. Su inolvidable entusiasmo y compromiso religioso marcó a toda una generación.


Aquel verano de 1971 fue sumamente tórrido y húmedo en Buenos Aires y ese “bochorno” que tan bien describe Mujica Lainez arrasó con la ciudad del plata, dejándola sumergida en una inercia tal que le costaba emerger. Sin embargo el clima que asustaba a tantos porteños no fue óbice para que la hermana Alda, miembro de la Congregación de Nuestra Señora de Sión, junto a otras dos religiosas, recalaran en estas tierras, tan parecidas por su clima pesado y agobiante a las del estado brasileño de Minas Gerais, que la vio nacer.
Entusiasmada por el llamado de monseñor Antonio Quarracino, traía consigo el corazón cargado de ternura e ilusiones para comenzar la labor para la cual había sido convocada: la imperiosa necesidad de hacer realidad en este suelo las resoluciones del documento Nostra aetate del Concilio Vaticano II. Tarea nada fácil, pero Alda –que poseía la sabiduría y humildad de los grandes– se entregó plenamente a la empresa que le había sido conferida. Las religiosas de Nuestra Señora de Sión tienen presente hoy como ayer que “viven en un mundo en el que se mezclan temor y esperanza, en donde crecen esclavitud y sed de libertad, violencia y esfuerzos de paz, en donde la fe es amenazada por la duda. Un mundo que está cerca y todavía lejos del Reino que viene en las realidades de nuestro tiempo y para combatir las fuerzas que, dentro y fuera de ellas, impiden su plena realización (…) Están llamadas a dar testimonio, con su vida, de la fidelidad de Dios a su amor por el pueblo judío y a las promesas que Él reveló a los patriarcas y a los profetas de Israel, para toda la humanidad. En Cristo se les da la certeza de su cumplimiento final” (Constituciones 12-13). Y la hermana Alda se dio a la tarea de restablecer aquí la relación de amistad y respeto que siempre debió (y debe) existir entre judíos y cristianos.

Comenzó su tarea junto a León Klenicki y los padres Jorge Mejía y Luis Rivas (hoy cardenal y monseñor, respectivamente). Se incorporó al Secretariado de Ecumenismo del episcopado y trabajó en estrecha coordinación con monseñor Guillermo Leaden, encargado del área. Son inolvidables sus enseñanzas en los encuentros anuales de catequesis, en los que abría, para la gran mayoría de los participantes, un nuevo mundo: el diálogo con el judaísmo. Comienza su obra con el apoyo de instituciones de renombre como el Instituto de Cultura Religiosa Superior, el Seminario Rabínico Latinoamericano, B’nai B’rith Argentina e ISEDET, entre otras. Se relaciona con centros de culto evangélicos y judíos, cuyos integrantes advierten su carisma, para dictar seminarios y clases. Y hasta formó parte del grupo de profesores del primer seminario de teología de nuestro país con orientación judeo cristiana, Nuestra Señora de Guadalupe, que fundara el sacerdote José Gallinger. A ellos pronto se sumarán la parroquia de San Patricio y las comunidades de Emanu-El y de Bet-El. Personalmente, tuve el agrado de conocerla en 1982, cuando comenzaba a convocar, en su departamento de la calle Córdoba, a un primer grupo de cristianos quienes, asombrados por lo expresado en el Concilio Vaticano II, deseábamos profundizar el tema. Con esa paciencia y ternura que la hacían única, intentaba abrir nuestras mentes y corazones con dirección al hermano entonces diferente y desconocido, acercando a judíos y cristianos hacia ese Dios que nos ama del mismo modo a todos y que, aún en las diferencias, todos debíamos respetar y amar.

Nos enseñó lo establecido en Nostra aetate sobre la religión judía y nos llevó a comprender que “la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los patriarcas, en Moisés y en los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios… por lo cual la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel Pueblo con quien Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo, en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que somos los gentiles”. La hermana Alda, sin presiones, nos recordó que “la Iglesia cree que Cristo, nuestra Paz, reconcilió por la Cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en sí mismo”.


En especial, remarcó que “no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras”. Y alentó a procurar “no enseñar cosa que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, tanto en la catequesis como en la predicación de la Palabra de Dios”.
¡Cuánto nuevo había que aprender! Y qué trabajo le costó a Alda lograr que cada uno de nosotros, sus alumnos, comprendiéramos e hiciéramos realidad en nuestras vidas todo lo novedoso que los padres conciliares nos marcaban, cuando por tanto tiempo habíamos sido educados en las antípodas. Lejos de amilanarse, nuestra amiga siguió su camino y formó, junto al rabino Reuben Nisenbom y al padre lourdista Andrés Bacqué, un grupo al que llamaron “Encuentro”–origen de la Confraternidad Argentina Judeo Cristiana–, con el objetivo de proseguir con la tarea hasta entonces realizada. Sin escandalizarnos, sin torcer voluntades, sin dejar de responder preguntas a veces inquisidoras, nos fue señalando un maravilloso camino, procediendo con prudencia, serenidad y cautela, pero con la firmeza que le era tan propia.

Así, nuestra querida “maestra” llegó a su tan ansiada meta: instalar en nuestra sociedad la semilla del diálogo entre judíos y cristianos, del conocimiento, de la amistad franca y sincera, sorteando el miedo del desconocimiento entre unos y otros, armonizando las relaciones muchas veces quebrantadas, superando las vallas del antisemitismo y forjando una nueva generación que, de alguna forma, fue legataria del inmenso tesoro que nos había entregado. Tesoro que sólo con el transcurso de los años aprendimos a valorar haciéndolo nuestro, de tal forma de seguir transmitiendo su legado, carisma de Sión, que es llamado a prevalecer a través del tiempo.

Como inertes espectadores, una vez más la vida nos puso frente a aquella vieja disputa filosófica entre las causalidades y casualidades, inexorable oxímoron, cuando el 12 de diciembre del año pasado, día de la Virgen de Guadalupe, el Señor la llevó consigo.


A nosotros nos queda su enseñanza, su ejemplo de vida, de católica comprometida, de mujer generosa y humilde que interpretó, tal vez como nadie, aquellas palabras del Tú y Yo de Martin Buber.


La autora es presidenta de la Confraternidad Argentina Judeo Cristiana (CAJC).

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