sábado, 30 de abril de 2011

¡Felices Pascuas!

Feriados, conejos, huevos, góndolas llenas de chocolate… ¿Será que solamente esto es la Pascua? Con alegría puedo afirmar que no.

La Fiesta de la Pascua es la celebración de que Dios, en medio del sufrimiento, en medio del agobio y la miseria, hace nacer la esperanza y la vida. Cuando en los días de Semana Santa festejemos Pascua con nuestras tradiciones y costumbres propias no debiéramos olvidar que ante todo festejamos que hay oportunidades, que hay esperanza, que hay vida porque Dios no abandonó ni se cansó de este mundo. Todo lo contrario, afirma una y otra vez la vida plena, abundante y digna para todas y todos.


Luego de la muerte en la cruz de Jesús hubo una gran oscuridad, una larga noche. Aquellos que siguieron a Jesús en vida pensaron y sintieron que todo había terminado. El dolor y la incomprensión eran demasiado grandes. ¿Cómo alguien que lo dio todo por demás, que amó sin condiciones, pudo morir así, tan cruelmente? Pero Dios irrumpe en la historia. Algo sucede contra todas las expectativas. Algo que nadie esperaba pasa. Cuando los discípulos llegan al sepulcro no encuentran el cadáver que esperaban, sino una tumba vacía, donde ya no hay nadie. El poder de Dios se manifestó de una manera increíble, que aún hoy, tanto tiempo después, nos hace estremecer. Esa tumba vacía luego de la cruz que fue la señal de la derrota, es ahora el símbolo de la victoria sobre el pecado y la muerte, la resignación, sobre el sinsentido. Es la victoria de la esperanza, del amor, de la vida plena, de la solidaridad, de la alegría.


Hoy día nosotros, dos mil años después, podemos decir que porque Cristo resucitó, porque triunfó la alegría, el movimiento y la fuerza de la esperanza, es que vale la pena vivir la vida, que vale la pena comprometerse y que vale la pena seguir luchando por un mundo mucho mejor para todas y todos.


Pastora Sonia Skupch

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